Muñequitas

Ilustre, bella, a ojos de unos perfecta, Jimena Narváez Lino siempre fue orgullo para sus padres. Desde niña fue afable, aguda y pertinaz. Sin impulso de nadie, era visionaria. En la universidad tuvo un desempeño sobresaliente. Al finalizar su carrera le entregaron una medalla por su aprovechamiento. Ella no sabía nada. En la entrega de diplomas realmente la sorprendieron. Entrevistaron a sus padres y compañeros, lo cuales dieron opiniones excelentes y le mandaron felicitaciones. Fue un encomio audiovisual. Lo que a nadie sorprendió fue la presteza con la que consiguió empleo. Al hacerlo, todos le dijeron que lo veían venir y lo merecía indudablemente. En la misma ceremonia de clausura, por suerte, se encontraba el licenciado Hernández de León, quien dirigía uno de los despachos de arquitectos más activos en el Valle Metropolitano. El reconocimiento despertó su curiosidad. Al cabo de un año de graduarse, Jimena ya tenía un trabajo codiciado, bien posicionado, una familia que la presumía y un sinfín de viajes que le dejaron anécdotas divertidas y, tal vez, una que otra enseñanza.

—Están preciosas las matrioshkas, así se les dice, ¿no?

—Sí, o muñequita rusa o mamushka. Da igual, de cualquier modo no las compré en Rusia. Será mi próxima parada, después de China. Me lo propongo.

—¿Este año irás de vacaciones para allá?— preguntó Frida después de guardar su libro de Oscar Wilde en su bolsa.

—No es mi prioridad. Este año se jubila mi papá y coincide con mi período vacacional. Además de la gran fiesta que preparó mi mamá, la cual sinceramente me da mucha flojera, haremos una comida en casa. Quisiera estar para eso. Sé que será algo especial; vendrá mi tío de Mexicali que lleva cinco años sin ver a mi papá. Quiero ver sus rostros. Tal vez después vaya para allá. Aunque debo ahorrar para el viaje.

—No cabe duda que están preciosas— continuaba diciendo admirada Brenda, giraba las esculturitas, observando cada detalle— la otra vez vi que Karla tenía unas en su mesita central, la de la sala. Me dijo que era uno de sus tantos regalos que le dio su novio, el que era su jefe.

—¡Su novio! No me hagas reír. Era ella otra becaria que sólo se anduvo dando. Karla fue hasta modelo, se viste bien, es niña de casa, y ese idiota no la supo conservar.

—Ay, Frida, la estúpida fue ella. Una sabe cuando está siendo utilizada, cuando sólo te buscan para tener sexo. Ni tan niña de casa. Y hubiera estado bien si fuera un poco más honesta. Aun sabiendo lo que le pasó a las otras chicas, ella seguía ahí. Le gustaba ser consentida, tener atención. Así son ese tipo de personas. Su perfil es de alguien que nunca le costó nada y nunca pensó nada. Creció entre bienes materiales, sin esforzarse por nada. Cuando hablas con ella no te dice nada interesante. Siempre me ha parecido muy superficial.

—Se enamoró ciegamente; entiéndela un poco. No la justifico, pero yo la vi llorar cuando él la cortó.

—Puede ser, Jimena, pero en esta vida no todo es el corazón. No puedes vivir visceralmente. Hay que ser racionales y escoger con criterio. Habemos mujeres chingonas; fuertes y conscientes. Actuamos con determinación y resistimos a los influjos perjudiciales. Tú eres una de ellas. ¿Cuándo nos han visto así la cara? Sufriste un engaño, pero no te utilizaron.

—Por eso yo espero a mi hombre ideal, a mi Darcy. Mejor soltera a mal acompañada. Nosotros debemos hacerles ver que lo mejor cuesta. No andarnos acostando a la primera. Deben esforzarse para ganarnos. Los caminos al corazón son pedregosos.

—Tampoco exageres, Frida. Tú quieres que todos sean como tu hombre ideal. Nadie te gusta. Pero ya, sinceramente me da hueva estar hablando de ella. Vayamos a algo más importante…

II

—No, ¡estoy harta! Déjame irme. De verdad discúlpame, no aguanto estar aquí. Odio su fiestecita. Traté de sacar a Brenda, pero me abofeteó. Soporté la fiesta, soporté verla borracha. Lo que no toleraré es su agresión.

—No puedes dejarme con ella. No sé qué hacer.

—Llámame cuando quieran irse y yo paso por ustedes. Sea la hora que sea. Llevo a Karla a su casa y voy a mi casa— sonrió Jimena a Frida intentando tranquilizarla. Después de ello subió a su coche y respiró hondo— Lo siento, Karla, por escuchar lo de afuera. Apenas nos llevamos y andas viéndome así.

—No te preocupes. Pasan estas cosas. ¿No importa hacer una parada antes de tu casa?

—Para nada. Acabo de recordar cuando tu mamá, en la prepa, me llevó a mi casa porque la mía no llegaba por mí. Fue un súper favor. Sólo se habían hablado un par de veces y eso por ir en el mismo club.

Con mejor ánimo, Jimena encendió y arrancó su coche. Al principio habló cordialmente con Karla. La conversación amena sirvió para serenarla y hacer sentir cómoda a su acompañante. Por lo mismo, rápidamente, ella empezó a hablar y llorar por su noviazgo fallido. Con su mano derecha, Karla se limpiaba las lágrimas. A ratos, con su mano izquierda, suplía la comezón feroz de su entrepierna. Sin embargo a Jimena no le importó la pérdida de modales. Su calidez y oídos sirvieron como consuelo de la otra.

III

—¿Supiste que falleció José Luis Cuevas?

—¡Sí! No mames. Gran pérdida para el arte plástico mexicano. Es uno de los últimos grandes, si bien no es el último. Ahora la expresividad nacional no tiene una de sus antorchas. ¿Qué haremos sin el autor de La giganta y Acapulco 72? Ese enfant terrible que, así, valiéndole madres, puso esa representación del citadino en una glorieta. Dime si no los brazos, piernas y extremidades amontonadas de su Figura obscena nos escupe en la cara nuestro caos urbano.

—Un chiste muy sutil. Ay, ese incorregible. Deberíamos ir a su homenaje. No creo que esté tan atestado; ¡vamos!

—Va. Fíjate, en la mesa de enfrente. Pinches fresas, nosotras hablando de arte y ellas echando el chisme con su caramel machiatto. Sólo con verlas me da hueva. Han de hablar pura tontería. Tan bonitas y pendejas— murmuraba una joven que las miraba a lo lejos con desprecio ardiente y vivo.

—Así es hoy en día. Estamos rodeados de burgueses frívolos y tontos.

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