Desazón

De verdad me gusta vivir en esta ciudad flotante, vivir de la pesca de aves y dormir entre las nubes. El temor de que las casas caigan ante un terremoto o un tsunami hace mucho que ya no me aqueja. Hasta siento un poco de lástima por los que todavía viven allá abajo, de esos que todavía no saben ordeñar los estratos para abastecerse de agua y que entierran a sus muertos. Aquí lo tenemos todas las comodidades y lujos que la tecnología puede brindarnos, estamos protegidos de las bestias y de los monstruos terribles de la mar. Además siempre tenemos mucho trabajo que nos mantiene alejados de las riñas interpersonales. De allá abajo solo extraño una cosa: la sal. Acá arriba todo es insípido y de mal gusto, desde el arroz hasta los cacahuates. Pero ya ni modo, teníamos que pagar un precio a cambio de vivir a la usanza del Olimpo y no volver a comer sal, en su momento, nos pareció algo bastante razonable.

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