La hoguera y los intelectuales

A propósito de su muerte, Ciro Gómez Leyva conversó al aire con uno de los mejores amigos de Marcelino Perelló. Joel Ortega compartió generación con él. Polemistas en privado que sus hijas los protegían de sus mismas discusiones. Su espíritu sesentero, aguerrido, se hizo presente hasta en las discusiones de sillón. Ortega comentó que el linchamiento mediático fue la causa de la muerte de su amigo. Si bien es cierto que se encontraba enfermo, la tormenta lo arrojó a la tumba. Vino, se llevó su cátedra, derrumbó su programa de radio y Marcelino pereció. Sus defensas se vulneraron por la tristeza y no resistieron a su padecimiento.

Quise revisitar su última gran entrevista al preguntarme si había sido excesivo el linchamiento. El mismo Gómez Leyva le prestó voz a Marcelino en medio de la tormenta. Era el apestado en cabinas, foros de televisión, periódicos. Un exiliado que cualquier vecino repudiaba. Y hubo una oportunidad única, áurea; lástima que fue desaprovechada. Cuando la escuché en vivo, no pude evitar reírme. Vi a un hombre asfixiándose en sus dichos mientras intentaba librarse de ellos. Trataba de responder a las denostaciones y sólo ofrecía más flancos débiles. Esta segunda vez tampoco pude frenar mi risa, sin embargo sentí pena. Hacia el final la entrevista se vuelve rara y desafortunada. Compartí el mismo bochorno que traslucía el rostro de Gómez Leyva. Entreví los argumentos con que intentaba defenderse. En efecto, no promovía que tomáramos las mujeres del cabello y nos abalanzáramos —contra su voluntad— sobre ellas. No obstante, el descuido en su reflexión y torpeza al hablar defendían la violación. Quizás indirectamente, involuntariamente, pero la defendían. Su honestidad ácida que lo volvía claro y provocador, terminó por arruinarlo.

Ciertos intelectuales creen nutrirse de sus fricciones con el vulgo. Su revolución toma fuerza al dar puntapiés a los reaccionarios. Es aliciente en la búsqueda por la verdad romper los candados; nadar en sentido contrario para gozar del manantial. Confunden la censura y represión con la mesura y prudencia. Perelló recurrió a Bataille en su apología, como si todos fuéramos lectores ávidos de su obra. Peor aún: quiso volver a su costa de origen para protegerse de la tormenta. Desechó el argumento para resguardarse en la falacia de autoridad. No se retractó, no se disculpó por su torpeza. Prefirió echarnos en cara, sutilmente, nuestra ignorancia. Y si no le creíamos, son puras malinterpretaciones. Sus declaraciones no fueron erróneas e imprudentes, en realidad no las entendimos. Las sacamos de contexto. Él no cree la sexualidad monstruosa. Es un gatito que ronronea. Por apachurrados o doblez no lo entendemos. Ciertos intelectuales modernos miran en su público al no-yo. Es decir, a un interlocutor inexistente. La culpa la tiene el vulgo al no consumar el desdoblamiento de la consciencia. Sí, fue excesivo el ardor de la hoguera, pero él mismo se entregó a los tribunales. Nunca imaginó un linchamiento. Otra vez, su honestidad ácida y necedad terminaron por arruinarlo.

 

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