El socratismo en la muerte

El socratismo en la muerte

La oscuridad para distinguir el alma del espíritu la compartimos en nuestra incapacidad para abordar lo religioso. No se tienen argumentos teológicos (o no los llaman así) contra las religiones desde fuera de ellas. La negación del alma sobrevive a la afirmación de lo espiritual. El espíritu parece la versión laica de la humanidad. Las artes, las ciencias, todo conocimiento, dicen, es producción espiritual. Más allá de la claridad que parece emanar del término que apunta a lo inmaterial de aquello que se reproduce o se expresa en la obra humana, permanece vivo el problema del alma como cuestionamiento de nuestra naturaleza. El alma es, en la experiencia del lenguaje común, una entidad abstracta que se manifiesta expresiva en las emociones, las palabras, las apetencias, pero no tiene realidad más allá de la manera en que esos fenómenos se inscriben en lo que llamamos psicológico. Nuestras ideas o prejuicios en torno al alma, sin embargo, siguen teniendo un peso decisivo en las convicciones ética, políticas y religiosas que defendemos, lo sepamos o no. Quien afirma que el espíritu es un mejor término para la presencia inmaterial de lo humano, no puede evitar confrontarse con el significado que lo “inmaterial” tiene en el caso del hombre. Quien sigue al alma primordialmente como muestra de la humanidad en el conocimiento de lo pasional y lo afectivo, deja de lado la interrogante más radical: ¿es el alma, en tanto viva, inmortal?

La pregunta anterior no deja de mantener para cualquier persona un toque evidente de ridiculez: lo inmortal no existe. Acaso el término inmortal pueda aplicarse a la presencia “espiritual” de los hombres en la memoria, las ideas y las obras que nos permiten tener idea de lo que los hombres fueron o dijeron. Dado que no se procede, como mencione, con argumentos teológicos (o al menos así se cree) en contra de lo religioso, la importancia de la inmortalidad del alma en lo religioso parece cuestión de dogma, que es cuestión de fe, y la fe no es racional, como se suele decir. ¿No hay una trampa moderna ahí? Por un lado, eso ya había sido afirmado antes por un “idealista”: Platón o, mejor dicho, Sócrates; por otro, la relación entre lo platónico y el cristianismo muestra únicamente la falsedad de ambas doctrinas en la práctica: se equivocan al hacer metafísica en torno a la vida del hombre. Existe un inconveniente, mostrado con brillantez en el Fedón en torno a esa manera de proceder. Los argumentos socráticos no evitan el llanto de sus amigos; el único tranquilo ante la muerte es el propio filósofo. Para el cristianismo, la inmortalidad del alma no puede ser algo en lo que se crea fielmente si se reduce, con error, al mito, si el castigo eterno infunde temor pero no basta para hacernos justos. La caridad no nace únicamente de la imaginería del infierno.

Que Sócrates sea el único tranquilo no termina con el problema, sino que lo agudiza. Su temple impertérrito parece indicar que es el único que cree en sus propias ideas. Su fracaso se extiende al lector, que no puede creer en algo que parece imposible y que no le sirve de consuelo. Tiene que lidiar con el hecho de que la palabra alma no tiene un significado preciso y con el inconveniente de que el consuelo le parece innecesario: la muerte es temible, pero no es necesario afirmar la inmortalidad de uno para vivir bien. Sobreviene un misterio: ¿por qué la palabra alma tiene, para los escépticos, un tono de moralidad? La respuesta parece inmediata: es herencia cristiana. Pero eso no reduce la preocupación: Sócrates les dice a sus amigos que lo verdaderamente filosófico brota de la certidumbre de la inmortalidad del alma y que no hay espacio para las lágrimas. ¿Por qué es tan importante para el filósofo la inmortalidad de su alma, más allá de aceptar que dicha creencia otorga probidad a una vida? ¿No hay un mito al final del Fedón en torno a lo que les espera a las almas de los muertos, según la vida elegida? La pregunta más profunda, aunque simple en apariencia, es aquella que indaga si de verdad es posible la buena vida sin que se pregunte por la inmortalidad del alma, sin convertir a ésta en un absurdo: Sócrates no intenta prolongar la hora previa a su muerte, aunque el azar lo permita.

El enigma de la inmortalidad del alma parece un juego platónico, pero esa interpretación no parece satisfacer la inquietud que el mismo Sócrates despierta desde las aporías a las que llega que nunca pueden permanecer en luz y sombre totales. ¿No en eso consiste la práctica de muerte? Sería un absurdo negar que es humano vivir con necesidades materiales; lo que ya no es tan absurdo es pensar en la muerte que pide no reducirnos a eso. El cuerpo, desde esa perspectiva, no es algo despreciable, pero sí algo que oculta más de lo que revela la verdad sobre el hombre. El dualismo que todos dicen hallar en las afirmaciones socráticas nos regresan a nuestra ignorancia: ¿qué fundamento puede haber para sostener el dualismo, si entendemos que el alma es producto de una creencia? Aceptar nuestra perplejidad es necesario si se quiere acceder al enigma socrático. En su descripción de la segunda navegación, el filósofo pide mandar a volar a aquellos que, para responder a toda pregunta, empiezan por lo menos evidente: ignoran que la naturaleza de toda cosa reside en su sustancialidad, en aquello que la hacer ser tal. No sorprende que la “esencia” termine siendo una equivocación, un invento lógico, para quienes hemos seguido el camino inverso a la navegación, afirmando primero el cuerpo. Reducir el alma a la mitad de la experiencia que se tiene de ella es otra manera de renunciar a la navegación.

 

Tacitus

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