Dos mitos, de creación y destrucción

Siguiendo el juego de darle nueva forma a la imagen de la rana y el estanque, ofrezco aquí dos cuentos, uno más seriecito que el otro (ya ustedes dirán cuál es cuál):


El principio de todo

Yacía el más antiguo estanque en un desconocido rincón del bosque, escondido de todo camino, rodeado por árboles altos como peñascos que de viejos no crecían ya un ápice por siglo y cuyo nacimiento nadie podía contar. Sereno. Estático. Uno. Se le diría antiguo pero podría ser antediluviano o incluso antelógico. Su vejez sobrepasaba la de la palabra «viejo» y era anterior a la palabra «antes». Era quieto como la paciencia, estable como el firmamento e inmóvil como el centro del mundo. Lo rodeaban los mismos verdes que habían existido siempre en el bosque, los mismos ocres en los mismos lugares, los mismos pardos salvajes de las cortezas y la tierra yerma; pero su color no era ninguno. Era él el verde, el ocre, el pardo que no eran suyos. Y así como tenía el color del espejo pulido, así también olía a la tierra rodeándolo. Sobre él no circulaba viento alguno ni se posaba ningún Sol paseante, su sueño era más hondo que el olvido y más pesado que la locura. Si hubiera quien caminara una senda que diera con él, en quedándosele mirando se le acabaría la existencia, incapaz de reconocer en su reflejo el orden del tiempo, perdiéndolo todo en un instante que dura la vida entera, sumido en reposo inhumano, en sosiego inmundano. Así yacía el más antiguo estanque.

Y así hubiera sido hasta nadie sabría cuando; mas se cuenta que así empezó todo, ruptura del sueño, cuando cual trueno que rasga el continuo del cielo, la paz reventó con un salto una rana y los trozos de estanque crujieron, brotaron, esquirlas de espejo, astillas de tiempo. Mojaron los alrededores entre chascos, claquidos, chispeos. Y así, como quien ahoga un grito sumergiéndose y vuelve de súbito a la superficie, con agua en el pecho y palabras húmedas borboteando, abriendo muy amplios los ojos llorosos, naciendo cual fuente, así despertó salpicado el estanque y nunca de nuevo sus aguas durmieron, la rana meciendo, de aquí para siempre ondeando y chapoteando y ondeando y chapoteando.


El fin de dos

La ciudad llovida ya estaba acostumbrada a sus goteos, sus humedades y, por supuesto, a sus charcos. Uno de ellos, tal vez más viejo que todos los otros juntos, felizmente crecía y menguaba como la Luna bajo un puente que tan buena sombra daba que ni en época de calor bastaba para secarlo por entero ni en la de lluvias lo llenaba como para perderse en la inmensidad del camino. Muy feliz estaba ahí el charco como un rey cuyo régimen es puro reposo, contento y sosiego, hasta que un mal día un pobre viandante trató de ganarle terreno al chubasco y juzgó resguardarse debajo del puente, donde estaba nuestro charco quietecito cual estanque. Lástima que fue el último día para ambos, pues estaba por ahí tan resbaloso, que el torpe y desafortunado peatón fue a patinarse a tal exacta distancia que la curva con que se abatía la línea recta de su cuerpo erguido daba con toda exactitud en el grueso del charco y, vaciándolo todo en un sordo golpe con la cara cual extremo de una fusta, se metió este pobre como nunca más se ha visto, un tremendo y descomunal ranazo.

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