La inhumanidad

La inhumanidad

La locura no es inhumana, porque la posibilidad para que nazca nace de la capacidad de razonamiento, o de alguna alteración de la propia naturaleza humana. Otro caso es el del torturador. Lo inhumano de la tortura está completamente en el ser de quien la ejerce, pues voluntariamente trastoca todo rasgo de sensibilidad para poder ejecutar su trabajo. En los relatos que vienen del bajo mundo del secuestro, la sordidez es la antesala para iniciar la empresa. Confiesa el Mochaorejas que “sin adrenalina no es nada” secuestrar; varias de las víctimas que fueron plagiadas en sus propios autos y llevados a casas de seguridad, narran cómo en cuanto ponen un pie en esa otra realidad, lo que inunda la atmosfera es un ruido infernal, con olor a droga, manos que no parecen las de hombres, voces que no son humanas. Nadie pide perdón, todo es lastimar.

En un sentido muy amplio, la vida es crear, lo verdaderamente humano es la creación, tanto realizarla, como reconocerse como tal. El torturador no crea nada, de hecho encadena toda posibilidad de que su víctima sepa del desarrollo de la creación más allá del saco de su cabeza. El secuestrado, es quizá de los pocos que conocen la náusea existencial, o mejor dicho, el vértigo de dejar de ser. En esta necesidad de seguir creando, nace el síndrome de Estocolmo. El secuestrado se abraza a lo inhumano para salvarse.

La tortura del secuestrador destruye, detiene el tiempo, negocia con el hombre. El perpetrador comienza su labor con su propia humanidad. Se destruye a fuerza de poder trabajar. Su conmiseración la diluye entre alcohol y música estridente. Es un hombre que dejó de ser, para negociar con sus hermanos. Por eso el secuestrador aterra tanto, porque su humanidad ya no existe. Prueba de esto último es lo que nos cuenta una mujer (cito de memoria): “Me desnudaban, me dejaban por horas ahí colgada de brazos, sin tocarme, hacían burla de mí, y de repente, en un segundo se lanzaban contra mí, me violaban, me golpeaban, para después en el silencio decirme que los comprendiera, que era su trabajo”. El torturador se deleita destruyendo, su estética es la demolición como negocio.

¿Qué hacer con los desaparecidos? Buscarlos ¿Qué hacer con estos inhumanos? Justicia.

Javel

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