Meditación sobre el hombre cristiano

Meditación sobre el hombre cristiano

Hace mucho que en lenguaje popular se ha establecido que existe un interior. Esa oscura masa de palabras que hacen de la ética el conocimiento de la conciencia del éxito, la renuncia y la relajación son hoy un camino que todo intelectual fácilmente repudia. ¿Cómo este repudio puede subsistir sin su base ilustrada, que a la vez pide que no se corrompa el entendimiento de la consciencia, que es, a fin de cuentas, una especie de desarrollo espiritual de un interior, cuyo carácter se va comprendiendo a través de lenguaje? La ilustración nos abrió los ojos, dicen, a la existencia de la conciencia: abrió el diálogo entre el conocimiento de la naturaleza y el espíritu. La conciencia es imposible sin historia, y la historia torna innecesaria sin una certeza sobre la orientación del hombre a partir de dicho descubrimiento. El interior del hombre es el jardín de la Ilustración: la historia se juzga mejor una vez se distingue el exterior con la posibilidad de asimilarlo. El exterior parece el evento ajeno; la Ilustración basa su comprensión de la conciencia humana en la tensión que su libertad tiene con la naturaleza, cuyo aprendizaje habla en la voz de lo necesario. El hombre “hace” la historia es un enunciado que parece imposible de juzgar fuera de nuestro aprendizaje básico sobre la conciencia, que apunta al problema de la razón en tiempos modernos. El nihilismo, así, no necesariamente es un problema originado en la falta de normas, en la disipación de la conciencia. El nihilismo se muestra mejor en aquello que Nietzsche describía como la enfermedad por el exceso de la historia: el instrumento que, en la aparente intensión crítica, oscurece la posibilidad de preguntar y responder sobre el supuesto hacedor. ¿En qué sentido la historia es un hacer?

La complejidad de la razón es también un problema político. Creemos actualmente que no hay posibilidad alguna de ser racionales en el aspecto político, aunque extrañamente no seamos nunca ajenos a la política. La razón está, decimos, en bancarrota: la enseñanza práctica más elemental es que el acto se guía sólo por opiniones. Pero la política siempre ha sido la arena más ardorosa de las opiniones. El ágora es el elemento en donde brotan las cuestiones más acuciantes para la moralidad de todo hombre. El interior moderno no es lo mismo que la consciencia de los hombres cristianos. La consciencia del cristiano tiene la radical problemática de que es un saber articulado a partir de la revelación. La consciencia del cristiano es un saber cuya articulación no hace del interior el escenario de Dios. La consciencia del cristiano sería mero dogmatismo si no supiera que la relación con Dios está en su naturaleza: en su ser hombre, palabra que la consciencia no acaba sólo en la distinción moral. La consciencia tiene una relación con el alma, que sólo se piensa adecuadamente tras la encarnación. El interior moderno no es la interpretación del alma, ni su secularización, sino la tesis más opuesta, que termina por difuminar la posibilidad de comprendernos racionalmente (en el sentido actual) como alma. No hay alma ahí en donde es lo mismo que la conciencia. Se difumina el alma porque el alma no es interioridad: es la inteligibilidad de la vida; la consciencia es posible por esa inteligibilidad. Quien niega la inteligibilidad el mundo impide la posibilidad de saber de sí: yace en la oscuridad de su conciencia Ilustrada, naufragando entre la fe moderna y la historia del hombre.

La consciencia no puede ser ajena a la razón. El problema más grave es poder distinguir eso de la interioridad racional. La posibilidad de la consciencia está representada por el amor cristiano. No es un concepto que describa sólo los actos morales del cristiano: es la raíz de su sentido entero, porque es lo que le permite conocerse. Conocerse a sí mismo a la luz del pecado, que no es posible sino por el Bien, es amor, no castigo. Por eso no es imposible ni antinatural el cristianismo. Su verdad yace no en probarse sólo en ciertos actos. Los actos deficientes se comprenden a partir del amor. No usa una vara muy alta, sino la medida más justa. El Bien no es la abstracción moderna, ni yace oculto en la oscura elección predestinada. Que Dios se haga carne es prueba del amor: la predestinación es todo menos caridad. La interioridad de la voz de la conciencia hace irrelevante al lógos, que era en un principio y se hizo carne. La consciencia es posible porque la relación con Dios es lógos, hecha presente en el acto del amor que es la violencia sobre la carne del hombre. El amor no intentó cambiar el mundo. No “hizo la historia”. Por eso la historia moderna no es tampoco interpretación de la consciencia. La encarnación es un hecho único e irrepetible. Comprenderlo es posible sólo si se ve que el amor es todo menos silencio divino y si intentamos pensar esa ausencia de silencio más allá de un destino.

¿Cómo es que la fe conlleva el dar lógos? ¿Cómo el Bien no es una construcción? Volvamos a la relación del alma y la consciencia. El intento de hablar del saber de sí no debe hacerse ajeno al autoconcimiento, que no es necesariamente consciencia y del cual el alma es apenas una dimensión. La consciencia parece siempre un término moral para el saber del mal y el bien, para la distinción de términos morales. Pero fácilmente se ve que eso es limitado: la moralidad de la consciencia es imposible si la fe no da razón. El problema de la consciencia del hombre no se alumbra si no comprendemos que el conocimiento del Bien no es posible sin la presencia de Dios en el hombre. No es que Dios esté en todo hombre, que se haga visible a través de sus actos; saber de sí no es descubrimiento de la riqueza de la interioridad de los movimientos del alma, sino la posibilidad de comprenderlos a partir de Dios, que es razón. La verdad de la consciencia no expresa el conocimiento del yo: lo aquilata confrontándolo en el lógos divino y humano, cuya frontera yace en el mismo hombre. No es la consciencia la divinización del individuo, sino el radical conocimiento de la posibilidad de la verdad fuera de los sótanos de la conciencia. Lo anterior no debe interpretarse como si la disolución del yo fuera una negación de la materia, lo cual llevaría de nuevo a la incoherencia del lógos, sino su elevación. El saber de sí cristiano no “hace” al hombre: intenta comprender qué significa haber sido creado. Esa comprensión aborda el misterio de la trinidad. Sin la relación trinitaria y unitaria la consciencia sería sólo eso que queremos y admitimos: aclaración de la interioridad. La difuminación del yo como sujeto no es sacrificio de la razón. La consciencia es más que la superación de la individualidad en la dialéctica con el mundo exterior. Quien se comprende como consciencia sabe que ese es un dilema falso.

 

Tacitus

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