La expresividad de la verdad

La expresividad de la verdad

Se dice que la expresión es un requisito de la genuina libertad. Las obras de arte, desde las literarias hasta las escultóricas, se catalogan, entre la propiedad y el despilfarro, como modos de expresión. La palabra cotidiana, morada de las opiniones y los sentimientos, es el escenario descarnado, a veces decente, en que la expresión se muestra. ¿Qué comparten ambos usos de la palabra expresión? El prejuicio común es que el arte es una manera elevada de la expresión. ¿Y la verdad? El surgimiento de esta pregunta requiere una aclaración. El fundamento expresivo de la palabra cotidiana y de las obras de arte, a las que podemos incluso agregar las obras reflexivas, vale en tanto permite mostrar una opinión, una emoción, una visión. Aquellos que se encolerizan ante esa unificación generalizan el problema del arte y la palabra diciendo que el permitir que todo valor sea últimamente expresivo conlleva al relativismo más agrio; el arte y la reflexión muestran una perfección que no se aprecia desde esa posición. Pero, al mismo tiempo, no queda aclarado en qué consiste la perfección expresiva del arte, ni mucho menos la de la palabra, fuera del talento artístico y reflexivo, que son fundamentales, pero que resultan importante a raíz de otro elemento: aquello para lo que son talentos.

La expresividad del arte es evidente. ¿Está el carácter artístico sólo en expresar algo importante? Evidentemente, no, pues el arte es también una actividad productiva. La expresividad artística de la pintura, por ejemplo, requiere del sentido de la vista y de la imaginación, pero ante todo requiere que dicha imaginación (que no es lo mismo que la creatividad) permita que la reproducción de una imagen sea perfectible: que haya distinción entre la Mona Lisa y los dibujos en una servilleta. El artista puede dibujar con maestría sobre una servilleta, incluso. Si su mano no pudiera ser guiada de manera distinta a aquel que no posee su arte, no habría posibilidad de distinguir certeramente entre su maestría y la expresión del inexperto. La expresividad humana no asegura el arte, aunque sea su fundamento. El arte es una posibilidad de esa misma expresividad. La maestría técnica, no obstante, nunca es abstracta: puede ser enseñada, pero ante todo es modificable: las técnicas de pintado se han configurado a partir de la decisión artística en torno a la aparición de la imagen. La diferencia entre ser e imagen posibilita el arte pictórico, pero obviamente terminaríamos por mentir si decimos que presentar una imagen distorsionada levemente es mentir: ¿cómo sería posible distorsionar la imagen sin verdad? La expresividad de la imagen es a lo que nos afrontamos en el mimetismo de la pintura, incluso en aquellas en las que no aparecen imágenes de “objetos”. Esa expresividad es un enigma que no se aclara en afirmar que toda pintura es “retrato”, por lo que la maestría del pintor no proviene únicamente de la semejanza que imprima. ¿Qué permite la semejanza, si siempre hay una separación indisoluble entre la imagen y lo que representa?

La expresividad artística evidentemente remite a la sensibilidad y el pensamiento de quien produce las obras. En algún sentido tuvo que “formarlas” antes de producirlas. Para los que vemos las obras, esa experiencia no es lo fundamental. Por eso los detalles biográficos son un estorbo para la interpretación. El arte pictórico, por ejemplo, permite que la imagen producida sea la que me haga ver las cosas de manera nueva. Sin la verdad, evidentemente no tendría caso siquiera hablar de arte, puesto que aquello que se me presenta nunca estaría organizado, ni mucho menos dividido. Sin la verdad sería irrelevante decir siquiera que la comprensión del artista es posible. En este caso, la verdad no está sólo en conocer el pensamiento del artista, sin incluso en reconocer el sentido de la manipulación de la imagen. Todos los criterios artísticos responden a la expresividad, pero la expresividad artística es incluso susceptible al lenguaje. La estética moderna pone el énfasis en la producción de emociones, sustentada en la idea moderna de la imaginación, que fundamenta el significado de la “representación”. El mimetismo queda imposibilitado para el noumenismo.

La maestría artística del lenguaje conlleva otro problema igual de interesante. Involucra la relación entre la poesía y la filosofía. No negaremos la maestría del decir filosófico, cuyo ejemplo prístino es el diálogo platónico. Involucra, por supuesto, la cuestión retórica en relación con la palabra, así como la tensión entre el decir poético y el filosófico, como sostenes de la verdad. Sería mejor decir que ambos tipos de palabra se distinguen no porque sostengan en ellos a la verdad, sino por el carácter mismo de la relación entre el hombre y la verdad, que sería imposible sin el carácter dialógico de la relación entre hombres (en plural) y el ser. El carácter expresivo de la filosofía no se resuelve únicamente en afirmar el elitismo de dicho decir, aunque eso no significa, hasta aquí, que la maestría de ese decir no implique siempre una complejidad valiosa para la vida humana. Dicha complejidad es característica de la maestría, aunque, por lo pronto, eso tampoco resuelva la constante de la filosofía: su contraposición necesaria con la sofística. La maestría del decir filosófico permite que la expresividad no sea únicamente pluralidad arbitraria.

Un problema filosófico se alumbra a través de ese decir. Esta peculiaridad debe apuntar a la presencia de la historicidad en la expresión. La diversidad de caminos seguidos por la reflexión filosófica, posibilitada por la precisión y maestría del decir, ¿permite que hablemos de una maestría en relación con la verdad, como en el prejuicio común al interpretar una pintura? Para captar la maestría del decir filosófico se requiere la posibilidad hermenéutica. No una teoría de la exégesis, sino un cuidado del pensar que exige cuidado de la palabra. Sólo así el decir se alumbra. Así, la verdad se extiende como problema a la vez que como evidencia propia de la relación expresiva. Un problema se alumbra en el diálogo, por ejemplo, en tanto que revivir un argumento es un hecho que rebasa la aplicación de una lógica formal: la lógica reúne la naturaleza de la inteligencia en su capacidad para descubrir “razones”, que no para inventarlas. Ese descubrimiento, visto en su nacimiento y límite en el diálogo, requiere de un ethos. La expresividad filosófica depende de dicho ethos: indaga la relación profunda y laberíntica entre palabra y obra. La maestría del decir filosófico guía al alma en la belleza de pensar.

 

Tacitus