El brindis del Año Viejo

Es costumbre que los amigos se reúnan. Se complacen de hacerlo. También es usual que lo hagan en ocasiones especiales: cumpleaños, graduaciones, victorias laborales, matrimonios, excursiones a sitios inusitados. Entre estas ocasiones, se encuentra el fin de año. Los amigos definidos por el tiempo celebran que un ciclo más ha concluido. Su amistad ha durado otros doce meses y está listo para durar doce más. El brindis es la ceremonia que confirma la tradición; el pasado se convierte en presente al choque de las copas. Los amigos festejan seguir juntos. Continuar con eso que han venido haciendo y hacer lo que hicieron. Los más lejanos se sientan con los que no pueden ver a menudo.

De esos que poco se sabe, la cena es el momento perfecto para actualizarse. Se hace recurrente la pregunta de qué han hecho. Cuentan sus nuevos proyectos, sus anécdotas en otro lugar, sus aventuras excitantes. Así como las velas de la mesa, resplandece la novedad y alegría. Aun con ellos, los amigos abrevan del pasado. Venturosamente desafían a la distancia y reafirman su lazo. El trabajos, los estudios, la familia, nadie pone en riesgo el afecto habido. El amigo sonríe al saber que al suyo le sonríe la prosperidad. Las conversaciones y risas de siempre iluminan la mesa. Todos crecen, jamás dejan de ser los mismos. Se acicalan, se visten de gala, y los niños elegantes emprenden un juego divertidísimo: ser adultos.

Llega el momento del brindis. Las copas se alzan y auguran un mejor año. El optimismo devoto muestra su confianza en lo mismo. El augurio sobra porque los amigos saben ciegamente que los proyectos terminarán bien, aunque fracasen, lograrán sus propósitos, aunque terminen inconclusos, y volverán a reunirse para presumirlos y contar qué ha sido de su vida. En la antigüedad el vino era disidente. Llevó a Noé a la humillación pecaminosa. En el banquete platónico, fulminó casi con todos. Embriagado, Alcibíades irrumpe los discursos. Más listo, el hombre moderno lo toma con reservas. En la cena navideña no revitaliza o altera; el vino preserva las amistades. La ceremonia no nace del temor de no verse nunca más. Tampoco es de agradecimiento. Ni una cena placentera. Surge como rito para sosegar al tiempo voraz; alienta la melancolía cotidiana.

Espejos en círculo

Espejos en círculo

No es cierto que las miradas sean revelaciones instantáneas. No es posible decir con certeza que haya mirada sin que el observador esté implicado en lo observado. Para mirar en el recuerdo los ojos deben ejercitarse. De la relación entre el pasado y la actualidad del alma, del sello del tiempo en la actividad natural surge el conocimiento “psicológico”. Los esquemas del psicoanálisis son explicaciones que intentan ser certeras, pero que no aclaran su nivel interpretativo: ¿qué nivel de “objetividad” aparece en el fenómeno del alma en su relación entre recuerdos, vivencias, costumbres, palabras, gestos, inclinaciones? ¿Es una causalidad definida? Al mismo tiempo, esa pregunta ya no puede ser abordada por nosotros sin al mismo tiempo interrogarnos por la posible utilidad de ese saber. La versión de la autognosis moderna interpreta la actividad del alma a raíz de algo que le subyace: el movimiento de las afecciones nunca es espontáneo, pues obedece a “estructuras” profundas, insertas en el ser de todo hombre, que se dinamizan en los esquemas de las relaciones personales naturales.

¿Por qué es tan persuasiva la mera idea de que en el alma hay una especie de profundidad que esquiva la mirada primeriza? Esta pregunta no intenta decir que las actividades del alma sean todas ellas sencillas de comprender, sino que busca aclarar si acaso la “profundidad” que buscamos es necesariamente la mejor manera de entender la profundidad de una investigación en torno a qué es el alma. Quizá es pregunta resulta irrelevante, puesto que nosotros hemos dado por sentado que esa palabra es un error interpretativo de lo que experimentamos sin cesar: la sensibilidad, la imaginación, la inteligencia, el deseo y, no nos es fácil asociarla en esta sucesión, la nutrición como exigencia del vivir. Es importante asociarla, porque el hambre muestra perfectamente la relación ínsita entre todas: no sólo es un fenómeno sensible e inteligible como una especie de exigencia dolorosa y motriz, es también posibilitadora del antojo, la cocina y el anhelo, todos ellos imaginativos; sobre todo, sin esa manutención exigida las otras actividades son mermadas. El hambre, dicen algunos, permite que se haga visible plenamente la línea entre la indigencia y la supervivencia para oficios arriesgados, lo cual es cierto sólo a medias.

La profundidad de las observaciones psicológicas, hasta donde he visto, está más revestida de la discreción que de la evidencia del esquema. Observar nuestros propios recuerdos con esa discreción tiene la complejidad que conlleva un auténtico juicio moral: nunca se conforma con la claridad apodíctica de la seguridad puritana o con la relajación de los extremos maniqueos. ¿Obedece eso a la complejidad del entramado que hay en lo que la naturaleza del alma ha experimentado, o al entramado del mundo? Los maestros morales rara vez expresan claramente un juicio, como si quisieran decir que no hay arte mimético de las obras humanas -esa dimensión que implica todas las actividades, hasta la del pensamiento- en revelar el pensamiento sobre lo moral. El arte no estaría en revelar las profundas intenciones de manera directa, sino en manifestar la dificultad de mirar moralmente: el acto nunca habla por sí mismo, entendiendo esto como si todo hubiera de producir el mismo juicio. Quizá por ello la virtud, el problema por antonomasia de la ética clásica, no pueda resolverse con una definición, la cual deja a todos insatisfecho por mostrar la insuperable dificultad de que la predicación apodíctica no conlleva entendimiento. Como si el juicio aquí no se precisara con esa sencillez a la que se reduce fácilmente la lógica del pensamiento griego. El moralismo siempre se escabulle en las miradas a nosotros mismos, y el producto de esa asociación es una ignorancia inevitable. Lo es porque hacemos el camino sabiendo a donde llegaremos. Lo es porque, como podría pensarse, buscamos reafirmarnos. En nuestros propios recuerdos, huimos de nosotros, lo cual es también una huida de los demás. Ahí viven las apariencias y las imágenes que buscamos encarnar, a veces sin saberlo.

 

Tacitus