El reinado de María

María siendo digna hija de Dios se asumió como una esclava,

siendo reina del cielo se dedicó a pedir posada,

siendo madre del salvador, se convirtió en madre de pecadores,

y siendo consuelo dejó que una espada le atravesara el corazón.

 

María entiende de dolores, de abandonos y sin sabores, entendió lo que es el frío y calentó una cueva con el amor que sintió hacia un pequeño niño.

 

Nosotros, en cambio, siendo esclavos nos asumimos como reyes,

negándonos a la salvación, nos preferimos pecadores

y evitando espadas buscamos que nos atraviesen el corazón.

 

Nosotros, no entendemos de dolores, nos abandonamos a nuestros propios dolores, sentimos frío sin entenderlo y somos incapaces de calentar cuevas con amor.

 

Maigo

 

Sobre la educación de los hijos

Me pregunto en qué momento las parejas cuando piensan tener hijos, o están a punto de tenerlos, se preocupan por su educación. Supongo que debería ser su primera preocupación, aunque de no serla ¿eso qué nos dice de los padres? Si su primera preocupación no es la relativa a la educación, ¿eso quiere decir que la educación que intentarán brindarle será deficiente?  Antes de preocuparse por la enseñanza que recibirán sus hijos, ¿los futuros padres se preocuparon lo suficiente por su propia educación y, más importante aún, por el modo en el que su propio aprendizaje incidiría en sus hijos?, ¿qué tan a menudo nos olvidamos de la importancia de cómo nos educamos para vivir bien?

Quizá un padre preocupado por la educación deba preguntarse, ¿para qué nos educamos? Pues si finalmente lo que se aprende es una herramienta con la cual se consigue dinero, la pregunta, y la educación, no son tan importantes. Pero decir que sólo se trabaja para conseguir dinero es una respuesta incompleta, porque el dinero se utiliza para otras cosas, para conseguir cosas. ¿Por qué conseguimos cosas? Un pensador alemán dijo que porque las deseamos, por eso el dinero es el objeto de objetos. A esto se le podría añadir que deseamos de maneras diferentes, por ello nuestra relación con los objetos es diversa; asimismo, el deseo puede ser bien conducido o mal conducido. Por ello el dinero, al ser el objeto de objetos, no es malo. Si la educación es un objeto, quizá pueda ser bien usada. ¿Hay que enseñarles a los hijos cómo usar adecuadamente la educación? Pero es erróneo pensar en la educación como un objeto, pues la educación incide directamente en el modo en el que actuamos. Pensar a la educación como un objeto quizá lleve en última instancia a objetualizarnos.

Una condesa le preguntó a un pensador francés, luego de que éste escribiera sobre los profesores, acerca de la educación de los hijos. La condesa estaba embarazada, así que al leer el escrito del francés quizá le vino la preocupación sobre la educación de su hijo. La primera referencia que hace el referido pensador de la particular petición es que el hijo de la mujer noble será varón, con lo cual nos muestra claramente que así como ella no puede saber ni controlar el género de su hijo, tampoco sabrá si tendrá las capacidades suficientes para educarse y aquello que le convendrá aprender. ¿Depende de los padres que sus hijos sean buenos?, ¿ellos tendrán mayor influencia que sus otros educadores para hacerlos personas justas? ¿Un mal padre podrá educar bien a sus hijos?

Yaddir

La confusa coexistencia citadina

«A quienes así les es ordenada la vida,
¿no les queda alguna actividad necesaria y plenamente apropiada?
¿O cada uno de éstos ha de vivir su vida siendo engordado como ganado?».

–El extranjero ateniense en Las leyes, de Platón.

La convivencia es el latido natural de la comunidad política. Cosa muy distinta es la coexistencia, aunque haya quienes no encuentren la diferencia. Coexisten sin problema muchos animales, siempre y cuando se encuentren rondando en un mismo lugar1. Coexisten minerales en las venas de la tierra y en la carretilla del minero. Coexisten los astros en el firmamento y los neutrones en un núcleo atómico. Coexisten ruecas, tubos, goznes, cadenas, bandas, pistones y perdigones en alguna máquina ruidosa que alguna incomodidad nos ha de resolver. En verdad, si uno se esfuerza bastante, coexiste prácticamente lo que sea, siempre que ahí esté al mismo tiempo que algo más. Por supuesto que coexisten las personas también: se visita cualquier día laboral el transporte público y listo, fin de la investigación. Ahora, que convivan los que están diario metidos en los autobuses y trenes subterráneos… eso es mucho más difícil. Decir que un grupo coexiste es hablar de una relación coincidental, ya sea que tenga fondo arbitrario («ya estaban esos objetos ahí») o que sea convencional según algún campo semántico en el que uno está interesado («vamos a poner esto y aquello ahí»). Cambia la cosa cuando se dice que hay convivencia. Cambia porque ya entonces se está hablando de vidas que se acompañan. Sólo el muy cínico olvida la vergüenza diciendo algo tan obviamente falso como que es lo mismo estar solos pero amontonados y estar todos amigados. Y con todo, hay muchos no tan cínicos que sin embargo confunden la política con la administración de los coexistentes.

La confusión empieza pensando que el bien común es la conservación. Éste es el primer paso en un camino2 que, de seguirse, lo lleva a uno a la casi natural conclusión de que la felicidad humana está en la máxima extensión de la existencia en la que la mayor cantidad posible de deseos son satisfechos, cueste tal estado lo que cueste. ¿Cómo hallaremos tal cosa? «¡Qué pregunta! –tenemos que contestar medio desdeñosamente–, si es claro y distinto: progresando». El avance se dirige, obviamente, hacia la eficiente organización de los recursos humanos que garantizarán menos dolor y más placer todo el tiempo posible. Cuando cada sujeto funcione de acuerdo al sistema, todos disfrutarán al máximo de este bien. En estos términos, se puede decir que tal bien es común. De ahí parece que se vale decir que las personas viviendo así, conviven. La confusión supone que hay convivencia cuando los coexistentes del montón están tan ingeniosamente administrados y mantenidos, que al atender sus necesidades individuales atienden en ello las de los demás (casi por consecuencia colateral). ¿No es éste un hermoso dominó?: hasta cuando los deseos se descarrilan hacia el espacio prohibido en el que afectarán el derecho ajeno3, se encuentra el alivio en el psicólogo, quien a su vez desea un exitoso consultorio rebosante de pacientes descarriados. Ahora, no hay que malentender: que haya una confusión no quiere decir que este acomodo de nuestra coexistencia sea imposible. Por supuesto que un montón de partes se puede manejar dadas determinadas funciones claramente delimitadas; eso no está a discusión y con un reloj basta de pruebas. Se puede administrar y se puede organizar de maravilla un cúmulo de personas con propósitos muy diversos. Se puede aspirar a que todas las unidades de un compuesto complejo se mantengan sobreviviendo sin dolor por mucho tiempo, y que produzcan mucho, para todos, de manera muy eficiente; pero no es ahí donde está la confusión. Se confunde quien la nombra «convivencia», porque supone que tratando de estas administraciones hacemos lo mismo que tratando acerca de lo preferible. Pues ni el mejor armado reloj humano es preferible junto a la aspiración de una sociedad en la que hay amistad.

La ciudad no se forma solamente para que el ser humano se mantenga, sino para que viva bien. La aspiración por una vida mejor es fuente de convivencia. Convivir difiere de coexistir en la misma medida en que difieren vivir bien y sobrevivir. No importa quién quiera tomarlos como lo mismo ni cuánto se esfuerce en presentarlos así, no lo son. En el diálogo platónico Las leyes, se planea la fundación de una ciudad. Al distinguir en ella entre la supervivencia y la buena vida, uno de los personajes afirma con una convicción entusiasmada que hacer como si fueran lo mismo deberá ser considerado una afrenta impía y deshonrosa, pues quien opina de ese modo tiene a su propia alma por algo vil y despreciable. Puede que sea así. Esa dramática exposición resalta la esterilidad de una vida extendida solamente por amor a la conservación. Bien conservadas, las momias. El bosquejo del alma vil y despreciable está delineado por la sinrazón: la supervivencia a secas es existencia sin razón, desprecio por la palabra. En la vida pública esto es desidia. Si se va a decir con pose solemne que lo mejor para el hombre es mantenerse el mayor tiempo posible, deberíamos estar preguntándonos con toda seriedad si como principio de conservación de las naciones no superaría a las leyes el formol. El problema es que considerar el propósito humano en la mera conservación equivale a deshumanizarnos. Es decir que la vida humana no tiene sentido. Pero esto es un oxímoron. No se puede razonar que no hay razón. Incluso los defensores más cínicos de esta enajenación de la razón nos dan razones, hablan para dar explicaciones, tratan de persuadirnos, intentan mostrarnos el sentido de sus opiniones sobre la existencia. En realidad, en sus esfuerzos lo que llegan a hacer es defender que el propósito humano está malentendido, no que no haya tal. La razón se defiende en la evidencia. En cambio, la defensa racional del despropósito es un despropósito. Eso es obvio. Negando todo principio y finalidad, los nihilistas comprometidos que engendran las consecuencias de sus convicciones no defienden nada, y si acaso hacen ruido alguno, sólo balbucean. Además del que niega los principios y los fines está también el escéptico, que no los niega sino que duda de ellos. Pero igualmente hay dos tipos de escéptico: uno va al doctor cuando se enferma, el otro piensa que tirarse a un pozo y no hacerlo son lo mismo. El primero no es tan escéptico que dude sobre todo en su vida, el segundo ya no está. Si de éstos, o de los nihilistas, o de los demagogos, o de entre cualesquiera otros, alguien finge tener buenas razones para el despropósito, es o un idiota o un miserable4. Y sea lo que sea, es responsable de un mal nefasto para la vida pública. Tal vez por eso el personaje del diálogo platónico, mientras juega a que es legislador de la ciudad que fundan, condena legalmente tales desatinos en el discurso público.

El asalto al sentido desemboca en mudez, locura, sinrazón; y al revés, en su defensa hay razón, propósito y diálogo. Esa apertura nos permite percibir lo preferible en nuestras vidas compartidas. Sobre ello conversamos y elegimos, y finalmente, nos responsabilizamos de las elecciones que se aclaran frente a todos gracias a la ley. Hace poco lo dijo bellamente mi amigo Námaste Heptákis: «Lo mejor del hombre es aquello que lo hace más real, más plenamente humano»5. La vida pública se vivifica en la conversación porque nos es común el bien humano como búsqueda constante. La conversación puede fundar ciudad. Pero para ello, debe confiarse en la palabra, debe venerarse la ley, debe celarse la razón. Estos cuidados no se dan en la coexistencia desde donde no significan nada, sino en la convivencia porque en ella no solamente estamos, nos acompañamos. La supervivencia es a la buena vida lo que la coexistencia es a la convivencia. Sólo en la convivencia aflora la amistad, allí donde los que coexisten a secas buscan la tolerancia (tan políticamente correcta6 y tan conveniente a mercaderes que harán entre ellos un buen bisnes). Una forma de organización sin convivencia conviene más a una botica, a un zoológico, o hasta a un campo militar, que a una ciudad; en ésta vivir así es enfermizo y asfixiante. Es una vida indigna. Si es mejor vivir que no hacerlo, mejor es vivir bien que vivir de cualquier modo; y en esa misma medida, mucho mejor que administrar la coexistencia, es cuidar la razón que nos ayude a convivir. Después de todo, no ha nacido quien pueda honestamente negar lo que todos percibimos, no importa cuan cínico, nihilista, escéptico o pedante sea: que mejor que vivir en soledad es, y por mucho, vivir en amistad.


1 Advertencia: qué quiera decir «mismo lugar» puede variar según el relator.

2 Por cierto, en nuestros días este camino está mantenido en excelente estado, empedrado, limpio, iluminado y abundante de descansillos para evitarle a uno cualquier clase de molestias desde el primer paso hasta el final.

3 En cuyo respeto está la paz, cual nos lo dijo don Benito Juárez.

4 Hay elogiados doctores con su título en filosofía que dicen que el origen de la crueldad es la razón y que el animalismo es la alternativa más justa junto al destructivo humanismo. Así los habrá siempre, no debe sorprendernos. Y las vacas siguen mugiendo.

5 Ver nota 4. Justo arriba.

6 Este concepto de lo «políticamente correcto» es ya tan corriente entre todos, y al mismo tiempo tan especializado en su significado en contraste con los significados de las dos palabras que lo forman, que pienso que debería construirse un neologismo que lo denotara. Debería ser uno chistoso o cuando menos juguetón, para que reflejara el uso irónico que hacemos de la frase. Palabras que me vienen a la mente son la flexiortodoxia, lo ortopolítico, o la doxinestesia, pero no estoy convencido de que alguna sea satisfactoria. [ACTUALIZACIÓN: Námaste Heptákis ha propuesto una palabra mejor que éstas: timagogia. La propuso aquí y explicó sus razones].

Cocción

Se la pasa hablando de comida, día y noche no deja de enumerar ingredientes y procedimientos. Si llega a guardar silencio, es porque está pensando, representándose el sabor que tiene el guiso que acaba de pronunciar. Es más terrible de lo que suena, porque ni cuando va al baño deja de imaginar que prueba lo que está cocinando con la voz. Ahora que si quiere otro tipo de maldición, también le podemos vender unas más tradicionales.

La interioridad literaria

La interioridad literaria

 

Entre las críticas simplonas ―que se irán volviendo lugar común― sobre la nueva obra de Paul Auster, 4 3 2 1 [2017], se encuentra aquella que la afirma como una novela autobiográfica, afirmación tan difícil de sostener tanto por la irrepetibilidad de la vida como por la variación intencional del estilo usual del autor. Auster ha dedicado cuatro novelas a la autobiografía y en las cuatro predomina el estilo usual del autor. En 4 3 2 1, en cambio, el estilo es deliberadamente distinto. Auster sabe que no va a repetirse, incluso cuando haya de contar “lo mismo”. Si algún día queremos comprender el peculiar logro creativo de la nueva obra de Auster, tendremos que deshacernos del prejuicio de que se trata de una novela autobiográfica. Si algún día queremos comprender el todo creativo de 4 3 2 1, tendremos que comenzar a pensar en Auster como creador. Y una de sus cuatro novelas autobiográficas nos puede ayudar de inicio.

         Informe del interior [2013] es un recorrido pesquisón de la interioridad, pero no de esa interioridad que la superficialidad mística cree haber encontrado o que el esoterismo de las cadenas de oración y meme cree alimentar, sino la interioridad única y unificable que una memoria atenta y esforzada encuentra en su reconocimiento del pasado. La interioridad como actividad de la memoria no es arqueología interior, sino expedición asombrada al momento mismo en que se inaugura ese diálogo del alma consigo misma que es la interioridad, que es lo reporteable, que es de lo que de nosotros mismos vale la pena hablar. Lo dice bien Auster contando un episodio de sus seis años: “cuando la voz interior se despierta y surge la capacidad de discurrir, cuando te dices a ti mismo que estás produciendo un pensamiento. En ese momento entra nuestra vida en una dimensión nueva, porque en ese punto adquirimos la aptitud de contarnos nuestras historias a nosotros mismos, de iniciar la ininterrumpida narración que continúa hasta el día de nuestra muerte”. La interioridad es el lugar desde el que nos contamos historias. La interioridad es la fuente de la lectura.

         Importante la descripción de Auster, pues la conciencia, antes que un fenómeno moral, aparece como un fenómeno literario: aquello por lo cual contamos historias, aquello por lo cual queremos que las historias nos sean contadas. La experiencia literaria (expresión alfonsecuente) como origen de una vida dignamente humana. De ahí, el autor como creador de lo humano: de la propia historia en la autobiografía y de las posibilidades de la propia historia en una obra mucho más compleja. De ahí, el lector como cocreador de lo humano: testigo del testimonio autoral, autor de su otredad, escucha de la historia ajena narrada con la voz propia. La interioridad reporteada por Paul Auster es la que origina al autor, lo reapropia de su fundamento, lo hace fenómeno literario. Nada semejante se encuentra en esa totalidad creativa que es 4 3 2 1. ¿Para qué buscaríamos el testimonio austeriano de su origen narrativo? Buscamos nuestra propia voz en los relatos ajenos desde el día en que sabemos por los libros que nunca más estaremos solos. La interioridad nunca es solitaria.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Ayer se cumplieron 40 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. El pasado lunes 22, una comisión de representantes de los familiares de los desaparecidos se reunió con el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. En la reunión se acordó una reunión con el pleno del Consejo de la Judicatura Federal para el próximo 31 de enero. Según el abogado de los normalistas, la reunión tiene por objetivo informar de las omisiones de los jueces para librar órdenes de aprehensión contra los policías de Huitzuco, además de solicitar que la investigación se oriente contra las Fuerzas Armadas. 2. Importante el señalamiento de Carlos Puig: el 30 de diciembre de 2017 fue liberado Erick Valencia Salazar, El 85, y no nos habíamos enterado. Y peor: en un oficio fechado el 16 de diciembre se informa de la sentencia del 29 de diciembre: back to the future! 3. Qué raro: la Fepade «acuerda» con Javier Corral que sólo investigará las acusaciones contra César Duarte por desvío de recursos para las campañas electorales. ¿Por qué se necesita acordar que la Fiscalía Especial Para la Atención de Delitos Electorales investigará sólo delitos electorales? Ah, qué exitosa la caravana de Corral. 4. Enrique Quintana no quita el dedo del renglón: alguien está manipulando la percepción sobre las cifras económicas para propiciar inestabilidad. En esta ocasión el dato es la inflación de la primera quincena de enero, que en los corrillos se trata como altísima, pero en los datos es bastante baja. 5. «Honestidad valiente», le dicen, juar juar. Una corruptela más de los impolutos. El exdelegado Ricardo Monreal se hizo de un negocito familiar durante su desastrosa administración de la Delegación Cuauhtémoc. Ya dirán los groupies de Morena: ¡compló!, ¡mafia del poder!… Lo de siempre. 6. ¡De risa loca! Una señora que se presenta públicamente como filósofa dio una conferencia en la que dijo que la capacidad de razonar nos ha hecho animales violentos y que por ello propone abandonar el humanismo para adoptar el animalismo. ¡Chíngale! Ah, claro, pero denostar a la razón y a la palabra no es ir contra naturaleza, doctora Rivero Weber, sino inventar el hilo negro: lo difícil no es ser humano, sino vivir humanamente.

Coletilla. «Laberinto» de Milenio diario nos deleitó hoy con un nuevo relato de John Maxwell Coetzee.

La voz en la palabra

La voz en la palabra

De la razón se aduce que es una especie de guía inserta en la actividad del hombre. Se mezcla con el pensamiento, se confunde a grados complejos con él, al grado que distinguir ambas palabras en el uso cotidiano parece conllevar una dilucidación de la estructura de nuestra experiencia “interna” (no necesariamente subjetiva) en relación con otros hombres (pues la interioridad no es el principio de ninguna relación) y con el mundo. La razón se atribuye la capacidad de discernir en el ámbito más elevado, al cual sólo tenemos acceso por generalidad la mayor parte de las veces (lo llamaos ámbito teórico), y de ser la facultad que propiamente distingue y relaciona fines con medios. Hay que notar que el intento de reflexionar por la razón, si bien fácilmente se puede emancipar de explicarla únicamente a raíz del materialismo (el principio formal y evidente de la metafísica moderna lo distingue en su origen) no requiere de utilizar la palabra alma en sentido estricto. Alma racional no es lo mismo, para nosotros, que lo que implicaba en la definición de animal racional, porque la vida misma pasó, junto a la razón moderna y por medio de ella, a ser una especie de esquema del movimiento biológico. La pregunta ¿qué mueve lo material?, lleva al problema de los ámbitos de la razón porque sólo a través de ella pueden fundarse tanto los principios de la adecuación entre el entendimiento humano, como producto de la razón, y la ciencia moderna, así como el problema de la posibilidad de una ética racional. Los dilemas modernos de ética conllevan en ellos la evidencia de que no nos concebimos más como almas racionales.

La pregunta fundamental de la ética es: ¿hay alguna manera de vivir que sea la mejor para mí en tanto hombre?, implica que, si bien, la existencia de esa forma de vida pueda llegar a verse en comunidades humanas (no hay vida humana buena que prescinda de otras vidas, pues es naturaleza la política), es decir, que la virtud quizá sea posible de apreciar en un tipo de vida, dedicada quizás al servicio y al honor, al honor por el servicio, el juicio de aceptar que tal forma de vida es suficiente no necesariamente está exento de cuestionamiento. Un problema constante de la política, lo sabe el demagogo, es la posibilidad de que los deseos particulares se relacionen conjuntamente, que las acusaciones por lo innoble, las ideologías, la opinión misma se guía por la persuasión de la palabra: esto es problema no porque eso sea posible de evitar, sino porque la política misma parece guardar la pregunta de si esas relaciones, así como el bien común, pueden llegar a mantener justos a los hombres que concuerdan o disienten. Este ejemplo no es aducido para alertar sobre la necesidad de una comunidad que se cuestione todo: probablemente tal cosa no sea posible. El mejor régimen posible para los hombres no es lo mismo que las ideologías de partido. Es un problema que atiende a la naturaleza misma de los hombres en sociedad. Si bien la comunidad requiere fundarse en historias, leyes, costumbres, eso no implica que éstas les impidan acercarse a lo que, como hombres, pueden llegar a ser. Con esta posibilidad existe la apertura para hablar de vicios y virtudes, por más extrañas que éstas resulten. ¿Qué sucede si la virtud, en vez de un interrogante, se plantea como una producción educativa o como una malinterpretación de la naturaleza misma del hombre? La pregunta por el mejor régimen no hace abstracción infundada del hombre precisamente porque no trata de ser un principio racional moderno.

La acusación más constante a la posibilidad de pensar el mejor régimen requiere de la razón moderna, de su producto para pensar el ámbito de las acciones humanas: la historia. El prejuicio más común en torno a ella proviene de la relación causal entre el presente y el pasado de una situación política. No obstante, esa apreciación proviene de algo más fundamental: la historicidad de toda experiencia humana, del acceso a la práxis misma a través de la historia. ¿Ese acceso requiere necesariamente de una confrontación con la pregunta por lo mejor? Es decir, si bien lo mejor no puede pensarse sin un conocimiento del hombre y de la situación, también es cierto que «hombre» como género y justicia como virtud, no significan lo mismo que destino y humanidad. Es decir, lo mejor para el hombre requiere de una reflexión por la naturaleza humana en el sentido de la posibilidad de vivir bien, y esa pregunta, aunque no pueda obviar el contexto que la rodee, permanece como una inquietud que requiere de una fundamentación, lo cual conlleva ya el cuestionamiento mismo de lo que le rodea. La razón humana no necesariamente da preceptos universales para la práctica; antes bien intenta que el deseo (natural) se incline por lo mejor. La relatividad de lo bueno no implica una relatividad de su conocimiento. De tal modo, sigue siendo nuestro problema pensar si vivimos bajo la razón moderna al aceptar los valores como axiología moral, o reconocer la imposibilidad de la ética al haber notado que la razón es un disfraz de la voluntad de poder. A estas opciones muy contradictorias, se opone el deseo de seguir preguntando por la virtud. Si se desea extirpar el problema de Dios y el alma de esa pregunta, la razón decae en los vericuetos modernos.

 

Tacitus

Lo mismo de siempre

Afanosos de atención, los precandidatos presidenciales aprovechan cualquier minuto. Saben que su difusión aumenta las probabilidades de voto. En sus cuarteles secretos, preparando tácticas digitales y publicitarias, anhelan un buen posicionamiento en el pistolazo oficial. Empezar con ventaja dará fuerza inicial a la campaña. Tal vez los anuncios vayan dirigidos a miembros del partido, sin embargo los posibles votantes igualmente escuchan. Muy pocos quedan a salvo de su aparición reincidente. Inocentemente los estrategas asumen el descuido y, como buenos combatientes, la adoptan como táctica. Sortean barreras legales, avanzan entre risas y buenos deseos, y no se avergüenzan de pertenecer al festín de redes sociales.

En los albores de la elección pasada, surgió la exigencia de menos spots y más debates. No sólo se pidió destinar recursos de uno para otros, sino modernizar o revitalizar los encuentros entre candidatos. Dejar a un lado los discursos por intervención y favorecer más la controversia. Hacer que el espectador distinguiera las diferencias y sentirse más afín a una propuesta. ¿Pero habrá suficientes televidentes o radioescuchas para eso? ¿No serán los programas con menor audiencia del año? El candidato y su equipo saben que no siempre las propuestas y argumentos no garantizan ser efectivos. Hay otros caminos que parecen asegurar más la popularidad o el voto. La promoción se vuelve una apuesta más atractiva. Una propuesta persuade; la imagen encanta. El tiempo de precampañas es la ocasión ideal para comenzar el arraigo del candidato en la cabeza de los votantes. Suponen que un buen meme, segmento viral, una lid en periódicos o cascada de spots propiciarán números importantes en las encuestas.

El televidente, radioescucha o cibernauta común, desde ahora, no tiene otro remedio que soportar los anuncios habituales. Habrá muchos que los tomen como chiste, otros serán atentos, pero gran parte lo tomará con tedio y frustración. La contienda electoral perderá su frágil atractivo y todos los frustrados se distanciarán de ella. Poco a poco se desfigurarán sus rostros de ciudadano; la política les parecerá más de lo mismo. De ignorar los anuncios, ahora ignorará todo lo concerniente a la política. La supuesta cotidianidad política absorberá cualquier suceso y parecerá que nada ocurre. Pan con lo mismo, sin necesidad de ingerirlo. No obstante, eso velará los gobernantes pillos, los candidatos seductores, los faraones que dirigen la pirámide. En esa disolución burda, sin darse cuenta pero sufriéndolo, se resquebraja su hogar.