Justicia y apuro

Justicia y apuro

El placer de perseverar es discreto y justo. En la venganza no se persevera mucho: se ve el fin, se le paladea, se goza la mera imagen posible del cumplimiento. Tienta sin medida el empecinamiento, y es el camino directo al contubernio con el matrimonio entre la soberbia y la vanidad. Obstinarse es permanecer inmóvil, que no incólume. Necear es el atesoramiento de la posición fija que impide la visión de la ignorancia. El necio responde a su voluntad y guarda sus ideas con rodeos hasta llegar muchas veces a exponer su carencia en la misma operación. Aguantar es más bien tener capacidad de mantener entre manos: un vigor saludable, aunque presto al engaño de que lo viril llega a los extremos de la omisión. ¿Dónde estaría el placer de pensar si no es una especie de justicia? La elección de las doctrinas, la documentación de ideas como momentos del espíritu, la posibilidad misma de la enseñanza se cierne sobre nosotros con la urgencia de una utilidad que no deja mucho lugar a la perseverancia, porque lo útil no es lo mismo que lo justo.

Perseverancia no es serenidad. Es más bien un signo de lo erótico. Sólo persevera quien ama. Orígenes decía, para volver a usar una palabra citada, que no hay nada que no aguante el que ama perfectamente. ¿Espera de la resurrección, de la muerte? Si por ahí va, ¿por qué el amor tiene grados en la frase anterior? Parece que el amor radica en que la espera que inserta en nosotros es una especie de segura incertidumbre. No se reduce al ámbito de las “pruebas materiales” para mantenerse esperando: el perfecto lo aguanta todo. Como si el amor perfecto fuera educación de la perseverancia en la fe. No se orientada ésta al carácter mortal del hombre, ni al futuro: el tiempo engaña si creemos que la esperanza es estado de vigilia ante la posibilidad. La espera de quien ama, de quien está enamorado, es posible por lo que no vemos. La fidelidad es, por ello, fe tierna y cetrina. En el futuro no hay nada más grande que el amor. Por eso el acto de amor no mira únicamente el futuro, ni desea aprobación. El hombre moderno ha aprendido a mirar incesantemente al futuro para apurarlo, inquieto y deseoso de granjearse la tranquilidad de su consciencia. Pero ha olvidado que su inquietud es muestra de su radical y constante incapacidad: ha de amar para ser libre.

Quien persevera no se abriga en el destino incierto. En el acto de perseverar, elige no desesperarse ni cegarse. La justicia de perseverar consiste no en retardar los problemas, sino en caminar por ellos. No se trata del ritmo de la vida o de la solución a todo. Se trata, antes bien, de cómo se ha de vivir. Ese enigma es el de la justicia porque en ella reside no la vida tranquila, sino la buena. Claro está que, para los apurados, ninguna vida es suficientemente buena, sino a lo mucho estará regada de fragmentos, cristales de bienaventuranza en el terregal de la memoria hecha de la arcilla con que se labra el mito de nuestras vidas, que nosotros nos contamos cada noche para disipar las pesadillas que nos parecen sueños y superficialidades. Se sospecha que el uso de lo bueno apura y reduce de entrada la vida misma, sometiéndola a un designio arbitrario. Pero más arbitrarios resultamos nosotros al desconocer la naturaleza de nuestro ser en esa afirmación. En la afirmación aparentemente más libre se esconde el centro de ese egoísmo famoso para la autointerpretación cotidiana. No aguantamos, creo, la posibilidad de ver esa imagen de nosotros.

 

Tacitus