Lo mismo de siempre

Afanosos de atención, los precandidatos presidenciales aprovechan cualquier minuto. Saben que su difusión aumenta las probabilidades de voto. En sus cuarteles secretos, preparando tácticas digitales y publicitarias, anhelan un buen posicionamiento en el pistolazo oficial. Empezar con ventaja dará fuerza inicial a la campaña. Tal vez los anuncios vayan dirigidos a miembros del partido, sin embargo los posibles votantes igualmente escuchan. Muy pocos quedan a salvo de su aparición reincidente. Inocentemente los estrategas asumen el descuido y, como buenos combatientes, la adoptan como táctica. Sortean barreras legales, avanzan entre risas y buenos deseos, y no se avergüenzan de pertenecer al festín de redes sociales.

En los albores de la elección pasada, surgió la exigencia de menos spots y más debates. No sólo se pidió destinar recursos de uno para otros, sino modernizar o revitalizar los encuentros entre candidatos. Dejar a un lado los discursos por intervención y favorecer más la controversia. Hacer que el espectador distinguiera las diferencias y sentirse más afín a una propuesta. ¿Pero habrá suficientes televidentes o radioescuchas para eso? ¿No serán los programas con menor audiencia del año? El candidato y su equipo saben que no siempre las propuestas y argumentos no garantizan ser efectivos. Hay otros caminos que parecen asegurar más la popularidad o el voto. La promoción se vuelve una apuesta más atractiva. Una propuesta persuade; la imagen encanta. El tiempo de precampañas es la ocasión ideal para comenzar el arraigo del candidato en la cabeza de los votantes. Suponen que un buen meme, segmento viral, una lid en periódicos o cascada de spots propiciarán números importantes en las encuestas.

El televidente, radioescucha o cibernauta común, desde ahora, no tiene otro remedio que soportar los anuncios habituales. Habrá muchos que los tomen como chiste, otros serán atentos, pero gran parte lo tomará con tedio y frustración. La contienda electoral perderá su frágil atractivo y todos los frustrados se distanciarán de ella. Poco a poco se desfigurarán sus rostros de ciudadano; la política les parecerá más de lo mismo. De ignorar los anuncios, ahora ignorará todo lo concerniente a la política. La supuesta cotidianidad política absorberá cualquier suceso y parecerá que nada ocurre. Pan con lo mismo, sin necesidad de ingerirlo. No obstante, eso velará los gobernantes pillos, los candidatos seductores, los faraones que dirigen la pirámide. En esa disolución burda, sin darse cuenta pero sufriéndolo, se resquebraja su hogar.

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