Jornada

Jornada

I

Una claridad roza la entraña de mi sueño

y me besa con su gracia de doncella:

“Sacude el hielo dulce de tu piel,

que amar no es esperar la carne cierta,

sino la vida difunta, la sangre abierta

en que se baste tu sospecha fiel”.

 

II

Este sol reviste la hermosura del recuerdo.

Desnuda de sombra mi mirada se asoma

y encarna en este canto a medio ser;

te miro nacer dormida en plena tarde,

tu olor a espuma riega mi huerto:

una brisa hiere mi frente que arde.

 

Tacitus

Saber a medias

Recuerdo cuando me hicieron ver las deficiencias de argumentación. En un ensayo recibí la sugerencia de que faltaba afinarla. De manera obtusa busqué consejos o técnicas para cumplir con la recomendación. Encontré obras que nunca leí, obras que prometían mostrar la forma ideal del argumento. En cuanto a los consejos, muchos coincidían en buscar datos concretos, fechas históricas, fuentes precisas para defender la postura que tuviéramos sobre un asunto. La verdad no se busca cuando ya se tiene en la base. El argumentar intenta extender la certeza a quien no la distingue; lo corroborable, para serlo, debe ser corroborado por otro.

Esta ignorancia y candidez habla sobre mi formación. Así como yo, a muchos estudiantes no nos hacen ver una posible importancia en la argumentación. Con facilidad creemos las escuelas como recintos del conocimiento, y lo son al guardarlo como reliquia. Hay cierta inercia en la educación. Nuestro prejuicio liberal nos hace defender a toda costa la cultura, sin darnos cuenta que muere en las escuelas. La mayoría del cuerpo estudiantil toma lo que aprende como preparación a una vida profesional. No sólo por los conocimientos útiles, sino por los inútiles; la mínima utilidad de la literatura es ingresar a la siguiente etapa de la formación. No existe el paralelismo con la vida cotidiana. En esa medida, el estudiante no se preocupa por refinar lo que sabe, por hacerlo más claro o asequible. Las clases hacen que se satisfaga con lo suficiente. La escuela moderna no ayuda a descubrir un posible amor por el saber.

Para argumentar, hay que tener algo que decir. En ocasiones, la ligereza es tan liviana que es imperceptible. Asumimos que creemos algo, pero es una idea que rápido anidó y rápido morirá. Nuestra poca reflexión se evidencia en la debilidad de nuestras posturas. Sufrimos de un espíritu a la merced del viento. Quien nada sabe, nada opina. Siendo tan mudables las opiniones, nos engañamos creyendo que lo dicho hoy es igual a lo dicho mañana. Sin la claridad de la verdad, son objetos indistinguibles. La vida humana se torna neblina; nada se ve claro, todo cambia. Nada suscita fascinación o excitación. Debido a que somos indiferentes, parece que ya no hay nada importante para justificar.