Palabras en azul

Palabras en azul

Permítanme divagar un momento sobre el habla, no en su generalidad, sino como manifestaciones tanto de la expresividad del hombre, así como de su deseo por entender y ligarse a este mundo y a los otros hombres que le hacen caso cuando habla y que él también atiende. Hablar y por ello mismo entender e indagar, vienen a ser de las particularidades más notorias del ser humano: ahí tenemos al zoon logon; a Dios que le da a Adán la facultad de nombrar; a Prometeo robando el fuego de la casa de Atenea para entregarlo a los hombres; y a Chesterton diciendo que los hombres nos distinguimos de los animales porque cuando ellos comen no hablan. No hay momento en la historia del hombre que no haya sido envuelto y atravesado por el habla cotidiana. Desde que el hombre es hombre, se reúne para escuchar y hablar acerca del mundo en que se encuentra y de cómo se entiende él mismo como participe de la realidad en que habita.

Los diálogos que sostuvieron los grandes genios de la historia son la muestra patente de que se desea entender el mundo y explicarlo a los demás, es decir, que amamos compartir el conocimiento, transmitirlo. Seguramente los primero cavernícolas se preocuparon las primeras veces al ver que la luna ya no regresaba, que aquella mujer blanca se ocultaba de ellos, y temerosos de perder a su compañera decidieron darle nombre para llamarla cada vez que ésta se iba. Hoy día las palabras han perdido mucho de esa fuerza. Parecen tan evidentes y tan poco importantes que su desgaste es cada vez más pueril o en su defecto, más económico. Pero hubo momentos de gran arrojo, y aún los hay, en que las palabras nos llevaban hacia una intimación con la verdad del mundo y con la belleza del actuar que sobrepasaban nuestra experiencia diaria, consiguiendo por ello mismo no sólo la fama, sino también la gran estima del entendimiento universal, por acercarnos a la gran verdad del mundo. Las palabras, que el hombre hable, parece que es la expresión del gran deseo por ganar la verdad de la vida, del mundo, del hombre, de Dios, del amor.

Siempre que el hombre desea conocer algo del mundo comienza su hablar. Todo empieza como pregunta y después como afirmación que deberá ser puesta a prueba bajo diferentes miradas. La afirmación regresará con la forma de nuevas preguntas. Volver a preguntarse, desde otro ángulo, bajo la influencia de otro autor o invadido por otras emociones es parte de la travesía humana. Sólo así la pregunta no se acaba, sólo así el hombre sigue hablando, es decir, sigue siendo hombre en tanto amante (cazador y adorador) de la verdad que reconoce aún se le escapa. ¿Y por qué habría de escaparse siempre? ¿No podemos llegar a saberlo todo? ¿Acaso inventamos nuestra esencia de seres amantes por miedo al sinsentido? Creo que nuestra propia condición de mortales e imperfectos nos limita, pero al mismo tiempo nos arroja para romper con nuestra propia naturaleza e intentar decir algo, después de todo, los amantes siempre son transgresores del orden. Por eso mismo, abogar por la labor del investigador, científico, filósofo, poeta, jurista, político, es en todo un acto de amor y de justicia para con la humanidad misma. La palabra es la muestra no sólo de la evolución, entendida ésta como la perfección continúa de quien busca el bien, y no sólo como la adaptación en un mundo caótico, del hombre, sino el rastro que han dejado los hombres para su propio bien. Si pensamos en la palabra como el resultado de accidentes neurológicos, lo que tendremos es el juego del equilibrista, de aquel saltimbanqui triste que se balancea entre no ser animal, pero que se cuida de no ser ángel, por miedo a caer en la profundidad de la mentira sobre la que él mismo se elevó. El anarquismo evolucionista no nos ayuda a contemplar la verdadera naturaleza del hombre, pues ésta cancela de tajo la decisión, la libertad de decidir es inherente al darwinismo. Tendríamos que aceptar que, se diera cuanta o no Darwin de este aspecto, los hombres habrían seguido su curso natural en la sobrevivencia. Pero al hombre la palabra lo reúne para deliberar sobre la buena vida, es decir, para convivir y no sólo coexistir.

Hace un momento señalé como momentos de dialogo los sostenidos por genios. Pero no sólo ellos dicen y argumentan, también el hombre común desde la cotidianidad se puede elevar, o mejor dicho, desde la contemplación pasiva de la naturaleza diaria, puede descubrir aquellas perlas que no había visto, ni pronunciado. El hombre común también puede embriagarse y tener sed de ellas. Pero ha de tener cuidado de no beber palabras vanas que lo dejen vacío. Toda palabra ha de tener una piel tersa y debajo una membrana jugosa. De lo contrario tendremos sed de vacío y nos preguntaremos ¿por qué nos dejan en visto? ¿Por qué ya no nos reúne la palabra? Quizá porque no decimos nada, ¿cómo respondemos a un ok, a un ja ja ja? Quizá las palomitas en azul duelen porque sabemos que algo se ha enfriado: el hombre con wattsap es la ridiculización del hombre, un desesperado a quien le aterra el silencio porque no ve diferencia entre habla y parloteo; entre apuesta por la verdad y bullicio efímero. A nosotros nos hablan de amor y parpadeamos, pero esto ya no importa, siempre y cuando haya alguien escribiendo…

Javel

Para seguir gastando: El presidente Peña pide que reconozcamos los logros de su gobierno, y que de no hacerlo traicionamos a la verdad, o al menos eso dijo en el CI aniversario de la constitución. Alguien habría de explicarle a nuestro presidente que la verdad puede tener como apoyo a la administración, es decir a la cuantificación de resultados, pero que la verdad en tanto tal, y más que nada la justicia, no se cuantifica, no se puede ser 15 o 75% más justo. Eso nos enceguece, pues la parte se vuelve el todo.