La evidencia elusiva

La evidencia elusiva

Estamos, como humanos, en constante asimilación de nuestros más recónditos deseos. Esa materia conforma y a veces se esfuma en la hermenéutica cotidiana, eso que hacemos cuando dejamos pasar el silencio sobre lo que nos interesa, o cuando hacemos pregunta a modo, cuando alcanzamos incluso a jugar con el otro bajo términos comunes. No todo lo deseado es conocido en el mismo grado por nosotros. Es decir, aunque reconozcamos el deseo en nosotros y en los demás, lo que nos lo dice está lejos de ser una prueba fehaciente: por eso la ciencia positiva renuncia a la posibilidad de comprender una axiología, para conformarse con lo que dibuja en su propio campo, que es el cuerpo mismo como residencia de todo posible fenómeno motriz. No siempre sabemos exactamente lo que mueve a otros, a pesar de reconocer fines evidentes, y sería bueno desconfiar de que tengamos clarividencia con respecto a nosotros. El deseo es escurridizo pero no por ello menos presente. Difícil sería aceptar que no sabemos del deseo; pero es igual de difícil es explicar por qué esa evidencia se acompaña de tantos matices e incógnitas que se nos escapan, haciéndonos incapaces de pensar la acción con detenimiento.

El deseo de fama dice, como otros deseos, algo sobre aquel en quien reside. Pero este sería imposible si la fama no requiriera del deseo de otros. La visibilidad tiene que gozarse, al grado de la ceguera fanática; la adulación y el escarnio son consecuencias de esa ilusión simpática, reflejo de una confianza inexistente. Hay quien goza las miradas retadoras, los murmullos porque posibilitan la afirmación de la valía propia en la ignorancia fingida. Eso, se dice, es señal de que uno es auténtico. ¿Nuestros deseos son el terreno de esa buscada autenticidad, o más bien ella se subordina a una elección bajo la cual se orienta la voluntad en cada deliberación apurada? Cuando buscamos ser libres, repetimos la doctrina de la acción que hemos recibido. Decimos estar seguros de que nuestra libertad reside en tener las cosas a la disposición de nuestro juicio, sin ninguna restricción, al tiempo que deseamos creer que nuestras elecciones se justifican por el mal menor, la dignidad, lo necesario, urgente y apremiante. Todos esos términos envuelven el juicio que hacemos de nuestras situaciones, y ninguno muestra por sí mismo en dónde residen nuestros errores prácticos. La manera más común de abordar la posibilidad del error en ese sentido descansa en nuestra idea de practicidad: lo humano está sometido a la circunstancia, y sólo el producto circunstancial dirá si el juicio estaba errado al producir infelicidad, dolor ajeno o ineficiencia personal. El deseo mismo nunca es cuestionado, porque no deseamos ser irresolutos, al parecer. Lo más práctico, entendido como lo efectivo, oscurece el Bien y el deseo al mismo tiempo.

Quizá nada muestre este problema como el amor. Es opinión vieja, enseñaba Platón, que del amor pueda afirmarse una anormalidad a veces indeseable para quien crea mejor un estado de control sobre la relación, sin expectativa imaginaria, sin sospecha de inmoralidad; también es cierto que para oponernos a esa constante recurrimos a nuestras propias ideas sobre el asunto, ya sea aquella que interpreta la naturalidad de la pasión (opuesta a la razón moderna), o las arriba mencionadas. En él se presenta con drama habitual una inquietud deseable. Lo efímero de una sonrisa se responde en un suspiro; la lejanía se muestra como la herida que el Aristófanes platónico dejó en el mito sobre nuestro ser a medias. ¿No sabemos nada de lo bueno estando enamorados, o el amor es la evidencia más grande para apuntar a ello, al tiempo que es el reto y misterio más fuerte? En el amor no deseamos la presencia del otro; no amamos a nuestros amigos de igual modo. No deseamos siquiera el acuerdo de nuestras opiniones. El amado es misterio porque su visibilidad es para nuestra alma una conjunción de impaciencia y espera, de ignorancia y saber, de placidez y, a veces, de dolor. En nuestra humanidad, reconocemos nuestra tendencia mutua, no nuestra libertad radical. Podemos amar sin necesidad de ser sabios, pero no ser sabios sin amar. La sabiduría de nuestros propios deseos no se alcanza con el mero reconocimiento de lo que se da en todos, y por eso es que el amor sobrevive en la ignorancia, pero también es así que voltea nuestro rostro hacia la claridad.

 

Tacitus