8-M

Autores como Chesterton nos recuerdan la vitalidad de lo ceremonioso en la vida del hombre. Haciendo más divertido de lo que es, el inglés afirma que Comte hubiera penetrado más en el imaginario popular por sus ritos. Prender una vela a Darwin influiría más que una crítica milimétrica a la metafísica tenebrosa. Nuestros días cotidianos están empapados de ceremonia, a veces más de lo que quisiéramos (los días de asueto disfrazan su recurrencia por la comodidad). Un pequeño chocolatito, suspender el trabajo, o reunir lejanamente a los familiares cercanos son pequeñas ofrendas a los eventos especiales. Sean más importantes que otros, cívicos o personales, religiosos o tradicionales, las ceremonias resaltan en nuestros calendarios.

El 8 de marzo está asignado a la mujer. Avanzan en las calles contingentes púrpuras, integrantes de Pussy Riot, cánticos feministas, cartulinas con exigencias resabidas, clamores jubilosos. Las revistas culturales abren espacios para escribir sobre el papel de la mujer en la sociedad; los periódicos, para lamentarse los pocos avances en la materia. Los noticieros invitan a especialistas e intelectuales para defender la figura femenina y reivindicar la conmemoración. Una fracción (mayoría o minoría) alega  que demasiada conmemoración termina por banalizarla. Dar un abrazo, traer flores a casa, invitarla a cenar son cortesías que disuelven el significado real del 8-M. Las atenciones reabren las heridas de la desigualdad.

Pretendiendo ser novedoso y crítico, las tradiciones más cursis o más tradicionales se tornan nimias para el joven contemporáneo. Dichas atenciones, de ser sinceras, resultan innecesarias. Fútiles, sin cabida en nuestra vida. Son tan abismales que terminan por absorber lo importante: la represión a las mujeres neoyorkinas o los comités socialistas. Es cierto, numerosas cortesías nacen de la urbanidad e hipocresía. Las encubren perfectamente. La iluminación forzada apaga el esplendor de la virtud. Sin embargo no todas son así. Un abrazo puede ser ruin y un vehículo para que las manos transgredan las cinturas, pero no todos los abrazos son así. En ocasiones los detalles cursis, no prueban nada, nacen de un amor irracional y noble. No son recordatorios de posición inferior; son ofrendas a lo bellamente superior.

Las ceremonias irrumpen en la cotidianidad. Una misa, con toda su majestuosidad, es una reunión de feligreses. Quizás el hombre de corbata no abandona a Dios de su corazón, pero su única oportunidad de hablar con su correligionario es el domingo por la mañana. Su corazón que lidia, por un día a la semana, puede bajar la guardia y gozar plenamente. La ceremonia rompe sus días para alentar lo esencial. Muchos hijos ingratos cumplen su requisito de llevar a sus madres a desayunar. Pero otros más el 10 de mayo refrendan el amor que le tienen, pagándole un viaje u ofreciendo una sonrisa. Se les puede culpar de mal gusto, pero no de falta de sinceridad. Lo seguro es que casi nadie piensa que el día fue una estrategia publicitaria-ideológica para humillar a la mujer o destacarla únicamente por efectuar los partos. Lo ceremonioso puede ser subversivo. Para enmendarse, la injusticia requiere de eso. Leí que es de tarados afirmar que el 8 de marzo es la navidad de las mujeres, y es cierto: la Navidad es más universal que una rememoración estoica.

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