Papel, metal y tela

ARCHIVO DEL DR. HÉCTOR BERRIOZÁBAL NÚÑEZ.
CORRESPONDENCIA PERSONAL.

México, DF, 12 de marzo, 1997

Querido Héctor:

Espero que ya haya cedido la tos. Si no, por lo menos en la regularidad de los espasmos encontrarás una muerte más ordenada de la que mereces. Mientras llega procura poner cara de contagioso, que así hasta ventaja le sacarás al asunto y tendrás incluso menos zopilotes circulando que los que te siguen normalmente. Bromas aparte, te deseo mucha salud. Te contaba en mi carta anterior que estuve deshaciéndome de cachivaches acumulados con los años (cada vez falta menos para la abominable mudanza). No recuerdo si te he contado que en esta casa vivieron mis padres también. Abajo, en la covacha, mi padre guardaba un baúl que no me atreví a mover por años sobre años y, en él, había montones de cosas que yo nunca había visto. Comprenderás, por cómo era su carácter, que si mandaba no abrirlo… pues mira, que hasta casi quince años después de su muerte seguía yo observando su prohibición, como si en ausencia estuviera él tan sediento de obediencia como en sus años de más vigor. Total, que ya te contaré de varias de las sorpresas que me llevé al hurgar en el baúl. Para mi padre ésta fue la caja de recuerdos, mientras que para mí fue la de los descubrimientos. Pensándolo bien, fue ambas. Es curioso cómo escuchamos lo que nos dicen los objetos, cómo hay algunos cuyos murmullos tienen mucho más sentido para nosotros que otros, y cómo es de brillante en nosotros la imagen de la gente que los tuvo, la gente que los quiso, la gente para la que significaron algo, mientras los consideramos. Es vertiginoso pensar, mirando algo tan inocuo como una moneda, que puede convertirse en un espejo de cara a otro espejo: es algo más que moneda porque alguien la guardó, y alguien la guardó por ser algo más que moneda. Todo el contenido del baúl fue nuevo para mí, y sin embargo, no dejo de estar consciente de que cada pieza es una antigüedad.

Ya habrá tiempo para mayores sentimentalismos y la cercanía (con un cognac) para darles su lugar. Mientras tanto, hay un hallazgo que más que los otros quiero compartirte sin demora. ¿Recuerdas al señor Guillermo Noboa? Por si no: era conocido de mi padre del tiempo en que trabajó en la planta, con los españoles. Parece que fueron amigos desde antes y quizá se alejaron con los años (esto sólo lo sospecho por la familiaridad de lo que te mostraré). De cualquier modo, entre las cosas que ahora me encontré había una carta mecanografiada que este señor le escribió a mi padre. De lo más impresionante. Te la transcribo completa a continuación:

En Ourense, a tres de Diciembre del año 1940

Mi buen amigo Álvaro:
   han llegado las novedades y no paran las promesas azucaradas. Caminos, puentes, edificios, y la multitud se desvive en elogios. Vislumbres y espejos, es lo que digo. Sé que no te lo crees pero no lo soporto más. Llegará el día en que colapsen las habladurías aquí y en todo sitio a la redonda y prefiero ausentarme antes de ser testigo de cómo caen también las expléndidas (sic) estructuras. Me marcho para México. Si vieras lo que llevo de equipaje te echarías a reír. Un cajón y no más. La Carmen –ella sí que lleva hasta el embaldosado a cuestas– ha pasado por tal trance que a Dios juro ni con tres meses de valeriana que se repone. Mas es necesidad, ha de hacerse así. Pero me he extendido sin llegar al artículo de mi intención: he de confesarte un agobio. Tengo un diario, precioso para mí. Debo decir quizás que lo tuve: lo he extraviado. No lo hallo por más que he vuelto la casa al revés. Lo que te estorbará figurarte es que sea tan valioso para mí y, sin embargo, no sea diario de mis días. Se trata de un librillo que encontré cuando era un chaval. En esos días estuve con mi familia por algunos meses en los bosques que había ahí en el Candán (y que quiera sigan ahí, aunque no me fío) y solía merodear en soledad a la hora de la siesta. Conoces los juegos leves a que se dan los mozos. El tiempo era magnífico para correrías, para distracciones. Pero un día fue la diferencia. Quiso la fortuna pues que diera con el formidable visaje de un colgado. El primero que había visto, abominable, visión que aún hoy retorna ocasionalmente a fastidiarme. Nada supe hacer sino quedarme admirado. Habría sido un viejo centenario o un hombre como tú y yo, el que sepa la verdad la diga. Para mis ojos jóvenes era anciano cual Titono. A sus pies descansaba un diario: una libretilla forrada de piel, no más que un legajo pequeño y amarillento de pocas letras con toda suerte de razones, ocurrencias, registros y entre todo, una asombrosa confesión. El hombre anónimo se había dado fin porque, según recuerdo lo escrito, «mucho antes había perdido la vida». De todo lo contenido en el diario es esta carta final la que más sentidamente grabose entre mis sienes. Que tú de mejor memoria lo conserves cuando a mí la edad me haya cobrado la deuda, a continuación contaré lo que dijo aquel anónimo:
   Dijo que de joven deambuló esos bosques. Allí mismo donde lo hallé tristemente paseó con regularidad en tiempos de mayor sol y de menos odio entre los hombres. Un día dio con un gitano que también por los parajes del despoblado se paseaba. Era éste un mercader. Rara postura tenía, corcovado y de mirada alerta como la del gato montés que siente la tormenta venidera al tacto. La cara de plato, tornada al frente casi dificultosamente, enjuto de carnes y velludo de las cejas mediterráneas a los mechones que brotaban de sus orejas. Extraño de gestos y de melodía en el discurso. Negro era. Negros los ojos, los pelos, las ojeras, la voz. Todo este detalle recoge el diario y aún lo evoco. El mercader cargaba al lomo un saco abultado. «Milagro que uno como tú y uno como yo se hayan encontrado», le habría dicho al anónimo en su lengua. Le habría hablado más: «¿deseas comprar algo? Nada cargo que no sea precioso». Cuenta el diario en profundidad un largo regateo y un discurso estupendo que dio el gitano a tiempo que vaciaba su saco. Si enciende tu curiosidad, ya podré contarte todo pedazo (preferiblemente en persona). Dice que quedó vuelto el lino y todo cacharro en el pasto y a fastidio del gitano que al joven anónimo nada había seducido. «Le he dicho ya (y sí que le había dicho ya) que nada sino un maravedí poseo. Obsequiado me fue por mi madre y lo estimo por encima de estos artes». Casi se había marchado el mercader rabiando cuando se decidió a hacer un último intento. «Algo traigo mucho más estimable que ninguno de estos ingenios que adviertes. Mucho más vale que el maravedí más caro en este mundo». En la libretilla reflexionan las letras arrepentidas sobre el obvio truco que el mercader avezado lanzó como arroja el gancho un pescador, sobre su condición de inocencia que lo entregó a la curiosidad y sobre otras semejantes consideraciones. Especula dos páginas y poco más acerca de negarse o de haber fingido indiferencia. El caso fue muy otro: «¿a qué se refiere?», le preguntó el mozo. De entre sus ropas el viajero extrajo un pañuelo de lienzo coloreado anudado por las puntas. Lo abrió como si revelara algo contenido, mas nada había por ver. Preveía la decepción y la contravino con la historia del misterioso artículo:
   «Hace muchos años salvé de la muerte a un hombre perdido en el desierto entregado a visiones de fiebre en las que atestiguaba otras épocas», contó en su lengua, «y siete años ha que dio conmigo nuevamente. Se le veía rozagante, complacido. Me dijo que traía el único entre sus enseres con que podía saldar su deuda y me entregó en el acto este pañuelo doblado. ‹He aquí mi vida›, me aseguró jurando en nombre del profeta, ‹que puede parecer poca cosa a quien los ojos le vengan opacos. No a ti. Aguzado quien ve en verdad cuán llena de bendiciones y maravillas es: no ha andado hombre bajo el orbe que mejor fortuna que yo haya tenido. Riquezas, amores, dignidades: en cuanto pueda uno representarse mejora, mejores todavía han sido los míos. Su fuente es divina, su corriente perpetua. Y todo cuanto resta de ella y cuanto fue que de recuperar se puede, toda cosa ventajosa que estuviera por acaecer, toda buena hora y feliz encuentro, toda oportunidad beneficiosa, todo pensamiento merecedor de elogio o plácida ocurrencia al entretenimiento; todo digo, lo renuncio aquí y ya mismo y lo entrego a ti, mi salvador, para que hagas de esta vida lo que mejor te parezca›. Aquí, a que me juzguen los cielos, que tal vida tengo».
   Ya estarás pensando, y acertarás, que el anónimo descreyó del forastero. Insistió en el valor incalculable de su prenda. Mas el gitano ya no pensaba en dineros. «Cuando mude tu vida», le dijo, «tendrás cien veces cien maravedíes y entonces me buscarás para pagarme uno solo de ellos. Lo que vale esta vida es únicamente un respiro. Aspira el aroma del pañuelo y seguido sopla en él. Es todo». El mozo lo hizo. Sus razones habrá tenido, que el diario no daba relación de ellas. Me inclino a pensar que fue el aspecto trivial del acto. El mercader se fue ya entonces. La confesión afirma tal evento como el último de su vida. Imagino que quedarás tan suspendido como yo por esto y lo que sigue. El anónimo no concedió gran importancia primero. Mas con los años comenzó a dudar pues que ocurrieron muy asombrosos sucesos. Las más improbables peripecias lo dejaban tan bien parado que pensaríase tenía concurso con demonios o videncias del porvenir. Halló brío donde no lo había tenido nunca antes. Se hizo de gentes en altos puestos. Tarde o temprano tornose rico y alcanzó ser magistrado en Valencia bajo el ala del mismo Espadón de Loja. No había placer que desconociera ni dolor que lo acompañase. Nada reprensible había en su comercio con los hombres. Mas crecientemente recorría en su seso la idea de que esa vida no era suya. Escribe el difunto, esto lo recuerdo con mucha claridad, que «nunca en estos mis años de madurez tomé una sola determinación sin sentir un impulso repugnante, ora poderoso, ora débil, que evoca en mí imágenes de otro hombre cuyo natural camino me fue vedado y ya nunca andaré». Explica que cada año turvábase (sic) peor, mas en su desesperanza no había asunto que le concerniera y que no se compusiera o prosperara prácticamente solo. Intentó renunciar a todo y desentenderse de sus dignidades, amores y riquezas. Fracasó. Quiso perder el entendimiento mas no aprendió nunca cómo. En sus últimos días no quebró su voluntad la consideración de sus jornadas impostoras, sino la de sus jornadas perdidas. Rumiaba sin sueño sobre hombres y mujeres que nunca conoció, pensamientos que nunca tuvo y decisiones que nunca deliberó. ¡Qué singular confesión, amigo! ¿Cómo vine a perder semejante diario? Ahora que ya no me aprovecha, quisiera haberme dado las horas para transcribirlo (que muy capaz que soy de extraviar uno y su copia). De cualquier manera abandonó todo el anónimo y regresó al Candán buscando al mercader. Tamaña insensatez, que habría sido polvo hacía décadas. Mas eso hizo, con un maravedí en la bolsa y sin dar nunca con él ahí en los bosques de su juventud se ultimó.
   ¿Entiendes ya que abandono la tierra natal con una única pena? Escucharé las tuyas pronto esperando que sean pocas. Adiós. Cuando nos veamos menos te hablaré de cuentos y más de un par de planes que te agradará conocer.

Un tierno abrazo con saludos y recuerdos (y aquí viene un rayón que, aunque parezca pintura de Franz Kline, supongo que es la firma).

¿Qué te parece? Fuera por lo extraordinario del relato del señor Noboa o por otras causas que se me esconden, otear así las palabras pasadas me dejó pasmado. Es una especie rara de pasmo, una sensación liviana, como el presentimiento de una afinidad; de que en cosas como esta carta que guardó mi padre en su baúl, y en el resto de ellas, se percibe un tejido que las enhila a todas, aun siendo tan distantes, tan dispares. Y con estos fantasmas te dejo, Héctor. Quedo a la espera de tu respuesta y de que pronto nos encontremos con el convocado cognac para que ya, por fin, me reveles a detalle todas las intrigas de la academia. Todas, pero especialmente las de la procesión de doctores (que nadie se atrevería jamás a comparar con zopilotes revolviendo el cielo).

Un tierno abrazo con saludos, recuerdos y una firma decente.

(AQUÍ LA FIRMA A TINTA NEGRA DEL SEÑOR LORENZO ALANÍS FERAUD).

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