Palabras Mareadas

A estas alturas ya deberían estar cansadas las olas de renovarse minuto a minuto, así como los corazones de los amantes ya deberían estar secos de tanto naufragar bajo las tormentas que Cupido cruelmente manda a destruir las embarcaciones que día a día lanzan sin temor a lo desconocido.

Sobre el Mar se ha dicho mucho y se ha andado muy poco, tan vasta es su riqueza, como lo es el valor de los que giran sin éxito el timón de sus vidas cuando se encuentran en altamar sin una gota de viento que los guíe a atracar sus naves en tibias costas habitables por el resto de sus días.

Tal vez dejemos de escribir sobre la Mar cuando la fúrica sed del deseo logre saciarse con el agua saldada de la aventura servida de vez en vez, en diminutos caballitos que adormecen la garganta.

Tal vez dejemos de aventurarnos a la mar cuando el frío suelo de la tierra natal nos resulte más acogedor que las tintineantes estrellas que tienen la virtud (apreciada por marineros y labradores por igual), de gritarnos desde lo alto hacia dónde queda nuestro hogar en este mundo tan ajeno a nosotros.

Sobre el mar se habla insistentemente dentro de botellas de vidrio que navegan sin rumbo esperando ser leídas por alguien en algún momento de la historia, como si llenándolo de letras encapsuladas nos pareciera menos aterrador que la inmensa incertidumbre que se esconde a plena vista en la superficie de una hoja en blanco.

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