Procreación

La alcoba es santuario para los amantes. La rebeldía pusilánime, irreverencia forzada, observa el conservadurismo implícito en pensar una noche y una recámara para imaginar el amor. Se acusa de escrúpulos morales opresivos, falta de madurez en el espíritu de quien llega a imaginarlo. Despierta un sonrisa condescendiente al ver la supuesta candidez. El amor es un arrebato que en cualquier lugar, en cualquiera hora del día, nos posee. La alcoba puede ser una prisión al limitar la efusión pasional de los amantes. El sitio se alza como efigie para defender las buenas costumbres y la vida comúnmente aburrida.

En Antes del comienzo de Octavio Paz no encontramos ningún elemento categórico para imaginar una alcoba. Sin embargo tampoco nada lo niega; es más: ayuda a interpretarlo. Alborea y uno de los cuerpos humanos abre sus ojos. No distingue lo que oye y la penumbra no favorece alguna distinción visual. Sólo sabe que otro día comienza. La desnudez no abona a la claridad; el supuesto estado natural, la libertad de nacimiento, nada dice. En el horizonte visual se despliega una extensión donde poco se conoce. Únicamente puede afirmarse, anegado en incertidumbre, su soledad que lo hace borrarse (En mi frente me pierdo/por un llano sin nadie). Con dicho reconocimiento un calosfrío existencialista recorre la única certeza del individuo. El día comienza sin tener compasión del individuo, el cual sabe que está solo frente a la voracidad del tiempo (Ya las horas afilan sus navajas). Con este reconocimiento fatal empieza o concluye su muerte.

No obstante en la siguiente parte del poema hay un cambio radical. El individuo reconoce a otro. Tiernamente el amante escucha respirar al otro aún dormido. No cruzan palabra, no se encuentra despierto. El cuerpo dormido, inmóvil, aparentemente se pierde como materia en la oscuridad. Sin embargo lo que vive uno de los amantes le da vida y luz (Pero a mi lado tú respiras;/entrañable y remota, fluyes y no te mueves). Aquello que el pensamiento no alcanza dilucidar, por ser todo oscuridad, extrañamente los sentidos lo perciben una vez que la luz del amor se hace presente. Difusamente se mira, pero logra mirarse. No se ase, pero se palpa. A pesar de las tinieblas, uno estando despierto, el otro dormido, hay una evidencia muy clara: un río de latidos. El curso erótico conduce la sangre y reanima los cuerpos. Uno con ojos cerrados, otros con ojos cegados. En el mundo informe, en el que aguarda el sol para florecer, en el que los versos no logran afianzarse al renglón, la única evidencia es el calor de la piel, eso escurridizo, placentero y misterioso que experimenta el amante en vigilia.

Así como hay Creación en las tinieblas, dos humanos amándose dan sentido a lo difuso. Cada sé muy hondo establece orden en un mundo irreal. La vida en los cuerpos principia al reconocer su comunión en el amor. Es el beso el que conduce a la procreación y no el inerte cuerpo, con su tejido y poros vacíos. En las ventanas irrumpe un fulgor; el amor se manifiesta en un lecho. El paralelismo con la Creación muestra que el amor puede llegar a ser lo más libre posible, un acto inesperado y capaz de quebrar los límites de la nada. Asumir la alcoba como efigie del conservadurismo es ser el conservador más cerrado posible.

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