La voz en el espejo

La voz en el espejo

El ruido produce sordera. Lo peor de esa privación es que se lleva consigo la palabra. Lo mejor de la palabra es que nos quita lo ajenos. En el ruido, movidos a hablar mas no por ello a disfrutar la palabra, recurrimos a señales de vida demasiado rudimentarias, como el humo. Apenas unos gestos brillantes, un par de monosílabos llenos de frustración inútil para expresar nuestros deseos más torpes. La habladuría de nuestras señas es una conversación en el mutismo del espíritu. Disfrazamos la injusticia con la abstracción intocable e inmaculada de la dignidad. Nuestra deficiencia discursiva se viste con el aire del arcángel, pero no es más que santurronería que esconde la prostitución de nuestra lengua. Confundimos la sinceridad con la pose del capricho: nos gusta que nos hablen del pueblo, que no sabemos quién sea, de la corrupción y del crimen, mas nos falta comprensión de nuestra humanidad porque no sabemos conversar siquiera. Esa exquisitez de la palabra que nos aclara sin quitar de golpe el velo no la convidamos, y nos perdemos del placer de descubrirnos pensando. Dicen que leer aumenta en algo la capacidad para pensar. Me inclino a pensar en que leyendo hay más realidad, más verdad de uno mismo en el intento de vivir. Nada más real que la palabra, eso que no puede darnos ni las señas ni los gestos inmediatos, ni las reacciones sobre la marcha. Si la realidad es sinónimo de la estupidez, se debe en buena medida a que se concibe lo real como ruido esencial, movimiento pronto, juicio y actos veloces. Ahí apenas hay tiempo del que requiere la palabra, la humanidad para ser visible siquiera. Del otro y de nosotros apenas vemos por un cristal, por la mínima experiencia de lo mutuo. Mas no hay algo mutuo en sentido estricto si no es por la palabra. Tal vez por eso el hombre fue concebido como un animal que habla. En el ruido parece subsistir obstinadamente una comunidad gigantesca, móvil, veloz. No hace falta especial perspicacia para darse cuenta de la indiferencia tremenda que hay en el ruido gigantesco. La sordera se presenta en una locuacidad sin fin y sin sentido. No hay comprensión sin palabra, pues las señas no son explicaciones. En el intento de vivir, hablar es necesario, mas dicho intento se malogra cuando la necesidad se convierte en fuerza invidente. Hasta lo que necesitamos tiene su gracia. De nuevo, somos animales de palabra. Extirparnos la palabra es imposible, pero podemos deformarla, deformándonos. Sin su luz, quizá sea muy difícil incluso reconocer nuestro rostro deforme por los embates del ruido amargo en que nada comprendemos. El mundo lo hemos habitado gracias siempre a la palabra.

 

Tacitus

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