Restos de un vuelo

Restos de un vuelo

Lo irracional es la materia preferida de la exageración, aunque también del misterio. La palabra está presente en el lenguaje cotidiano para denominar a quienes no tienen las ideas claras o a los obstinados feroces. Con cierta inteligencia, se puede prestar para envolver lo religioso en la ausencia de la palabra, enredando el complejo sentido propio de la razón medieval. Digo con cierta inteligencia, porque el ardid por lo inefable como fundamento de la fe y la religión, si bien renuncia con algo de presunción a ejercer la razón instrumental como vehículo de lo humano, esconde lo verdaderamente radical: que Dios sea verbo. Si bien Dios no discurre como los hombres, lo único hecho creado como él se mostró en la carne. ¿Cómo es la encarnación una invitación a la ausencia de palabra, y no más bien fe como solvencia en ella? La caridad, por otro lado, parece encendida, inflamada quizás, desde lejos por algo inexplicable, porque el amor no es producible en ninguno de sus órdenes. Tal vez la negación cristiana del paganismo arrasa con los ídolos no sólo por una ilusión histórica, sino por una visión propia de la relación entre la fe y la razón, relación que, por otro lado, requiere de la caridad (Deus caritas est), imposible sin la encarnación que es misterio; esa última palabra no hunde al cristiano en la incapacidad de la lengua tras confesar su fe. Asombra la hipótesis de la afasia mística porque Eros ha regresado a un tipo de paganismo, probablemente.

Ese velo no permite incluso definir qué es en nuestra experiencia lo irracional. Confundimos aquello para lo que la palabra no es suficiente con lo que no sabemos decir. No parece coincidencia que esta confusión sea más fuerte cuando priva la idea de que el deseo es el ejemplo de lo irracional en tanto que es el ímpetu primario, motor de la razón. ¿Será que el misticismo es la espiritualidad moderna para los intelectuales? El conflicto entre la razón y el deseo es requerido para el hombre moderno porque la idea de Bien se desvanece como parte de un prejuicio en la interpretación de nuestra naturaleza. Sólo si la razón perfecciona sus propias dotes, si se asegura ella misma el conocimiento según sus propias leyes, es posible sostener el dominio de lo natural. El beneficio no proviene de saber moderar mis deseos atendiendo a lo más noble, sino de poder satisfacerlos corriendo el menor riesgo posible. Por eso Eros cede su lugar de importancia filosófica ante el dominio racional. Es moderna la idea de la catástrofe pasional tanto como la del régimen sobre los deseos propios. El deseo no puede ahí compartir asiento alguno con la razón, mas que en una pugna.

El daimon de Sócrates parecía susurrarle lo que había de hacer en ocasiones. Sabemos de la relación presente en él entre filosofía y enloquecimiento: theia mantia. Ambas contribuyen al aspecto de radicalidad que guarda su modo de vivir. Si el filósofo se esfuerza en morir, como él dice, se debe a que, al parecer, se ha de desear lo más alto. Si el filosofar fuera definitivo, sería falsa la matriz del pensamiento. Lo real no es lo ordinario; es lo mejor lo que explica la experiencia, porque el bien es causa. No se puede condenar a Eros como un mal que pervierte el sentido común, porque sólo por Eros hay explicación de nosotros mismos y saber. Si de verdad hay algo más alto para el deseo, ¿cómo podría desearse sin Eros? El hombre más erótico no es sólo el más insistente, sino también el que ama lo mejor. La verdad ordena el deseo (no al revés), aunque eso se nos escape las más de las veces en nuestra vivencia de lo deseado. Apenas lo vemos cuando nos despegamos la distancia de una pestaña, al oír el eco del erotismo filosófico, sintiendo el peso de una palabra bien dicha.

 

Tacitus

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