La pregunta gozosa

La pregunta gozosa

Cuando nos interrogamos qué somos parece haber una respuesta evidente, casi indudable para los no cartesianos, expresada en una palabra: hombre. El procedimiento, si intentamos emular con poca seriedad a los pensadores más serios puede repetirse con esta palabra, siempre que recordemos que no es una simple disputa por palabras. ¿O lo es? Podríamos dar una respuesta afirmativa que no fuese poco reflexiva si nos damos cuenta que la mayor parte de las veces nuestras expresiones apenas rozan la magnificencia posible de una palabra: la explicación. Al preguntar qué es un hombre nos topamos con varias posibilidades que podrían respetar nuestra experiencia sin que por eso alguna de nuestras respuestas llegue a iluminarnos (pues no hablamos de cosas distintas a nosotros). Se nos ha enseñado también que incluso esa pregunta está formada o establecida por una respuesta previa: el hombre es ser, lo cual convierte en algo aun más complejo el intento por indagar sobre nosotros, pues podemos preguntar a qué nos referimos con eso (aunque quizá no deje de tener un grado mínimo de evidencia). Es decir, en nuestra manera de preguntar hay ya un modo de nuestro ser en tanto que inclinado a la reflexión de sí, que ha abordado el intento de pensar y definirse bajo ciertos límites.

No parece descabellada la afirmación de que nunca terminamos de conocer a alguien más. ¿Eso implica que sólo podemos tener conocimiento de nosotros mismos? Lo que se halla en mí no necesariamente se halla en otro, por lo que requerimos pensar cómo el autoconocimiento, actividad en apariencia solitaria, es indagación de la naturaleza propia. Si es indagación de nuestra naturaleza, ¿se agotará la pregunta en la explicación de nuestro ser como parte del cambio y movimiento natural? Por ahí empieza el problema de distinguirnos de lo divino. Nadie puede evitar su muerte: el suicido y la eutanasia son modos de morir, mas no decisión sobre la muerte y la vida como tal, sobre las que no tenemos decisión, porque no son cosas que la inteligencia práctica pueda concebir como posibles o imposibles para la acción. Nuestra influencia sobre lo vivo y lo muerto se limita a la posibilidad del homicidio, de la siembra y de la concepción. Lo imposible es evitar la muerte, posible es prevenirse de morir joven, de morir vanamente o descuidadamente. Pero justo esas posibilidades son las que hacen del ente que somos algo muy distinto al resto de lo que nos rodea. ¿Por qué en esas posibilidades parece radicar no sólo un conocimiento empírico, sino también de lo que es bueno o perjudicial?

La pregunta quizá requiera explicación. De lo posible en lo natural tenemos conocimiento en tanto que lo requerimos, y requerimos algo de lo natural en tanto que lo deseamos también. No sólo eso: sabemos de lo bueno en lo natural porque reconocemos el fin en las distintas posibilidades. De ahí que reconozcamos el saber de alguien cuando lo vemos ejercerlo u obrar de cierta manera que otros no logran: distinguimos entre un campesino de oficio y un niño con el frijol en el frasco de papilla. El conocimiento de la causalidad podría reducirse a lo que reconocen en la relación entre la tierra, la semilla, el agua, el sol y el aire, pero el saber de uno nos parece que merece más ese nombre porque posee una técnica. No obstante ese conocimiento de las causas es limitado: difícilmente encontraremos una explicación sobre la generación, el crecimiento y el fin de lo material en la agricultura, pues no es la técnica el saber de las causas que hacen que algo sea como es y no de otro modo, lo cual significa, por supuesto que algo tiene cierto fin y que ese fin está relacionado con el ser de algo. Lo bueno no se reduce sólo al sentido moral de la palabra, puesto que también hablamos de cuando algo es bueno o malo para un proceso de desarrollo de lo vivo, siendo eso totalmente ajeno a lo moral. Es el bien lo que nos permite comprender incluso todo desarrollo como tal, pues de otro modo no podríamos hablar nunca de crecimiento o reducción, de cambio y permanencia en lo natural si no distinguiéramos al ente que atraviesa esos estados.

Al responder con nuestra humanidad a la pregunta por nuestro ser, generalmente atropellamos las explicaciones. No tenemos más que las palabras para comenzar a distinguirnos, además de la diferencia evidente en la constitución material. Distinguirnos de lo natural no es todavía autoconocimiento, pero sólo nosotros poseemos esa posibilidad, entre otras quizá menos relevantes en comparación. Si las más de las veces podemos distinguirnos ente otros seres de manera demasiado burda, se debe a que quizá la explicación sobre nosotros requiere de autognosis. Las palabras escapan a quien no las busca. La fuente que mueve la necesidad de la palabra más sensata y atinada es la misma que la que nos mueve a conocernos. Esa fuente no cesa de recordarnos que la materia está en el hombre constreñida por la insistencia de lo eterno. Lo regular no deja de sorprender a través del descubrimiento de lo humano mismo.

 

Tacitus

Enseñanza tradicional

Hay ocasiones donde uno reconoce lo valioso hasta verlo perdido. No sabe con cierta cabalidad lo que está viviendo o presenciando. En su momento no logré dimensionar las clases de Francisco García Olvera. Simples a primera vista, complejas al desmenuzarlas. A pesar de sentir agradecimiento y no reservarme en brindarlo, no tenía suficiente claridad. Me movía a dar las gracias, pero en el fondo no sabía por qué. Quizá las circunstancias obraban más para intervenir en mi juicio. Resultaba muy sencillo dar mi aprobación. La vivacidad del maestro y su larga trayectoria despertaba en casi todos una simpatía natural y respeto; en ciertas personas, la confianza necesaria para echar raíces o anclarse a la tierra.

En una licenciatura donde cualquiera puede marearse con términos rebuscados o sentir vértigo con planteamientos densos, sus clases fueron soplos de vida. Su exhortación a la fenomenología era una invitación a la mirada atenta y a la reflexión constante de la vida cotidiana. Sí, tenía un misterio, pero uno que buscaba ser desentrañado, con la paciencia y admiración del investigador verdadero. En esa medida su labor filosófica tuvo una preocupación central por los sentidos; degustar, observar, escuchar, saborear, contemplar, deleitar. Alguna vez, recuerdo, con perplejidad miró que sacamos nuestras libretas para apuntar. Irrumpió diciéndonos que no entendía lo que hacíamos. Según él, era más provechoso recurrir a ellas una vez terminada la clase para saber si hemos aprendido. Sin darme cuenta, fui inducido a la completa atención de lo que tenía enfrente. Tuve mis pininos en la memoria.

Parte de su labor fenomenológica se debía al uso de la palabra. En sus clases el lenguaje con el que fuimos cultivados, ese lenguaje moderno absorbido en las escuelas, fue trastocado. Nos hizo ver que, lejos de ser una limitante, es una oportunidad para el reencuentro. Una pista para la investigación. Tenía muy claro que no se podía dar explicación del mundo sin reflexionar con aquello que pretendemos hacerlo. Su revisión etimológica no fue un análisis filológico, sino una lectura poética de las palabras. Asir sus claroscuros para orientarnos en las tinieblas. Tengo muy  presente que a una jovencita jirafona (no por su aspecto, sino por rozar su cabeza con cielo) le disgustaban estas clases y su papel en aula. Le parecía una persona autoritaria y hasta grosera. Lo que nunca entendió fue la seriedad necesaria y excitación en la reflexión filosófica; esa disposición que sólo inspira un buen maestro tradicional.

 

¡Hasta pronto, Panchito!