El maestro

«Cada quien comunica su luz al otro sin que ésta disminuya y recibe luz del otro sin que en él mengüe su luz, y la luz de ambos aumenta en la comunidad de luz;
todos como candelas encendidas juntan las llamas que poseen y se enriquecen en un fuego común».

«El amor a la verdad es lo que sostiene la fe en el amor entre los entes humanos: es porque conozco y quiero conocer mejor al que amo que creo en él».

Francisco García Olvera

Dedicado a su memoria.

El maestro es taumaturgo
por ser buena noticia.
Enseña su presencia,
enseña su maestría,
a amar a la enseñanza
y a amar a la noticia
que llena los pulmones,
que da luz a la vista,
que abre los oídos
a voces repetidas
desde el primer intento
hasta el último día
en que aspirara un hombre
a la sabiduría.
Es áurea taumaturgia
que enlaza la palabra
de imperios hoy en ruinas,
de cuentos recordados
a medias por el tiempo,
de gente cuyos nombres
no han sido pronunciados
por siglos sobre siglos,
perdidos sus acentos,
de voces que hoy se escuchan
en plazas zumbadoras,
se empapan en corrientes
que aún no se evaporan,
de lenguas arbitrarias,
signos convencionales,
y al fondo, la palabra,
de un verso y necesaria
que arde para siempre
como una luminaria,
y a todas ellas juntas
y a muchas, muchas otras,
con un aliento vivo
les da cuerpo el maestro,
las nombra, las presenta,
¡sabrosa maravilla!,
y al fuego de preguntas
las hace perdedizas,
dejándole al curioso
el alma así torcida,
quietud que quiere calma y
se inquieta por calmarla,
diciendo lo que vemos,
diciendo que lo vemos,
confiando en que decimos,
confiando entre nosotros
y haciéndonos amigos.
Así enseña el maestro
cuidado a la creencia,
confianza en la palabra
y amor a la enseñanza.
El maestro es taumaturgo
por ser fuente de bienes.
Entrega en su alegría
que no hay nada imposible
en ver la digna vida
y la virtud brillante;
valiente su esperanza,
honesto regocijo,
comunidad de fuego
en juego con lo vivo,
verdad, es el consuelo
que sana la carencia,
que entiende que lo bello
demanda disciplina,
un poco de silencio,
el ocio y la paciencia
que enseña que los hombres
tienen en ambas manos
la proporción divina,
ya sean las del orfebre
por musas extasiado,
o sean las del perdido
que nunca ve belleza;
que en su naturaleza
completa e incompleta,
muy rara vez se admiran,
respiran aire eterno
aunque sin duda expiran.
Y éste es su destino,
curioso y claroscuro
también el del maestro
que todo ha compartido,
que abre los oídos,
que da luz a la vista
y llena los pulmones
con su buena noticia.

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