Babel y furia

Analiza, antes de que el odio nuble la razón

Hay un locutor de MVS que no reserva su aversión a cierto candidato presidencial. Su programa está enfocado al variopinto mundo del espectáculo, sin embargo, en un sólo día, el radioescucha puede enterarse de su sentir electoral. La aversión no se queda en la cabina, traspasa a su tuiter. Visitarlo es leer chistes (unos muy malos) sobre aquél, memes y fotos ridículas, enlaces de blogs políticos, columnas de periódicos alarmistas y opiniones verdaderamente analíticas. Igualmente uno observa espectáculos llenos de furia y a veces vulgaridad; mentadas de madre responden a otras, flotan descalificaciones por la ortografía analfabeta o se recurre lo más que se pueda a la creatura macabra llamada socialismo. Por momentos, el tuiter se vuelve un sitio álgido de propaganda. Si hubo un Sendero del Peje, su perfil debería renombrarse la Barranca del Peje.

Cada uno hace uso de su red social como le venga en gana. Sea intelectual de nicho, periodista de grandes masas o usuario rodeado de amistades fantasmales, existe casi ninguna restricción para publicar. Ventaja o desventaja del Internet. Un ejercicio interesante es distinguir el reflejo que emana de su uso. ¿Qué clase de votante o ciudadano se vislumbra? Aunque no existen elementos para deliberarlo enteramente, al menos es un asomo a su reflexión sobre política. Es cierto, como han diagnosticado unos, que las redes sociales conforman a Babel. Opiniones sobre todo se esparcen en la nada. Sin embargo eso no impide tener dardos de sensatez política, breves comentarios que en momentos, si bien no contribuyen, orientan en la discusión. Por ello se agradece que ciertas inteligencias se trasladen al mundo de los blogs o tuiter mismo, o que haya periódicos o revistas con portales en línea. Justo hay perfiles que permiten descubrirlos. El lector, con buen sabor de ojos, recomienda un texto a otro. En sucesos que trascienden, un comentario breve mostrando aprobación o indignación, logra despertar en algunos la pregunta por la política.

Al igual que el locutor, más uno difiere con el candidato puntero. Muchos lo aborrecen, guardan temor,  lo miran con recelo feroz. Sin embargo, lo que hace destacable uno de otro es la altura para criticar. Ser enérgico no es lo mismo a ser violento. Con facilidad una indignación puede trastornarse en insulto, y en la arena digital más fácil aún. Con intención de salvaguardar la república, ayudan a rasgarla. En ocasiones, sin darse cuenta, cometen el error que denuncian. Critican la polarización, el discurso de odio, y no se protegen de su ofuscación. Juegan a ser la mafia del poder al mover cielo, mar y tierra con tal de no verlo en la silla presidencial. Vale el insulto para desnudar sus declaraciones; frena tajantemente el ataque verbal. Lo que tampoco saben es lo que ahora vemos. Su deber cívico, su hazaña de justicia, acaba siendo contraproducente. No sólo menoscaban la moralidad en la política, sino atizan las llamas del incendiario. Olvidan la fragilidad de la democracia y renuncian a guardar su fortaleza. El rechazo de Enrique Krauze no lo ha llevado a anhelar el nepotismo priista o la corrupción de finales de siglo; al locutor, en cambio, la repelús por el puntero le ha mostrado el priismo de Atlacomulco como una alternativa viable.

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