El hermetismo insospechado

El hermetismo insospechado

El silencio puede hablar por las palabras que nos faltan, siempre y cuando no sea señal de renuncia. Quien renuncia al deseo, hace del silencio la expresión última, la contemplación de uno mismo en la nada que no se comprende sólo con cerrar los ojos. Quien intenta entender su propio deseo, no necesariamente se hunde en la demencia antropocéntrica: al emprender el intento con el empeño que le sea posible topará con la incapacidad de dar de sí una razón sencilla. ¿Cómo entender un deseo? Parece materia dispuesta sólo en tanto intentamos aclarar el objeto que deseamos, para así imaginar los caminos posibles a ello. Pero aunque veamos claramente lo que deseamos, el camino no se detiene en la claridad: un deseo nunca está aislado, pues un fin siempre tiende a un fin último, que no necesariamente es evidente. Los objetos no podrían ser deseados si la satisfacción no fuera sólo cosa momentánea; nada nos satisface si no es bajo una inclinación general que nos permite saber que algo ha sido satisfecho. La posesión de los objetos no es por sí misma satisfactoria: ni el apetito para la comida es tan burdo. ¿Qué sentimos en cada beso robado, en cada objeto inútil obtenido, en cada sensación de haber hecho el intento, si no parecen tener algo en común?

La dicha de amar pareciera no requerir de palabra aclaratoria por ser el amor un goce muy abierto, poco hermético: un punto de comunión de la experiencia desiderativa en la que se observan los síntomas comunes a más de uno: una nube gris sobre la mirada cuando todo ha terminado, un sabor dulce en la fragancia que los besos dejan en un contacto absurdo, un deseo del otro que no renuncia fácilmente a la unión. Lo que se desee agregar siempre nos mantiene en la incapacidad de creer en que alguien pudiera vivir plácidamente sin haber sentido esa poderosa atracción. La teoría general es que no hay quien se libre de ella: es el poder de la naturaleza. La condición erótica se usa como el sinónimo que abarca generalmente a lo que denominamos naturaleza humana: en el deseo vemos el cuadro de lo natural como una especie de tendencia a cumplirse en los movimientos que despierta. ¿Qué hace de cada acto trivial un evento digno? En ese ritual de los enamorados lo dichoso se funde con la amargura en que la memoria poco permite olvidar. Pero aun en la dicha que se esfuma y cuya ausencia se traduce en vibraciones de desesperanza cabe la extraña pregunta: ¿dónde se asienta la corriente del alma que convierte los sucesos de manera tan predecible pero tan curiosa? La desdicha puede articularse en la palabra cuando intenta ir por el camino que el hilo de la vida en común trazó, y seguir ese hilo no necesariamente tiene consecuencias trágicas. Cuando parece que el agua está siempre turbia, la renuncia a la palabra sólo nos hunde en esos pantanos.

¿Habrá engaño sobre lo que la naturaleza reclama siempre que intentamos insertar la palabra aclaradora en lo deseado, en las sensaciones que en nosotros despierta el amor? En todo caso, se dirá que el acto de explicar es siempre secundario: la palabra misma no produce el sentir. Pero, ¿no hay una raíz en las palabras persuasivas? Los actos están compuestos de una materia que permite mostrarlos como prueba más tangible del estado anímico, del alma misma. La persuasión no es un acto que modifique el alma, y la mayor parte de las veces pareciera que necesitamos más de una explicación, un ejemplo y una exhortación para comprender lo que requerimos. Tengo la impresión de que nuestra renuencia a la palabra va de la mano con la dificultad que tenemos para pensar la persuasión más allá de nuestro discurso interno. Sin restringir el problema al amor: ¿por qué parece tan triunfal el aspecto irracional cuando la palabra se restringe, cuando sólo halla matices más afables de una convicción incuestionada? Lo incuestionable se convierte en un cómplice silencioso de la desidia por pensar lo que tenemos en frente. Surge la sospecha de que nuestras ideas convencionales sobre el deseo son el paralelo necesario del límite que le imponemos a nuestra posibilidad de preguntar. Si la persuasión no es nunca algo definitivo, ¿no es necesario preguntarnos por qué nos hemos persuadido tanto de una ilusión? Mejor eso que renunciar de manera poco práctica a la satisfacción de la verdad, pocas veces saboreada pero nunca totalmente ajena.

 

Tacitus

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