La edad de oro

«El movimiento, si es eterno, dura lo suficiente para que todo lo que muta, lo que fluye y se transforma, sea cada cosa en algún tiempo hasta que vuelva a ser lo que antes fue, deje de ser lo que ahora es, y así constantemente, sin cambiar nunca, como es necesidad».

El estudiante devolvió el libro a su lugar, naturalmente reposado en un alto estante junto a otras curiosidades bastante viejas. Historias como ésta y muchísimas otras que inspiraban aun más maravilla venían de un mismo suceso, pero con el tiempo una multitud de ellas se había extinguido mientras que otras sólo se contaban fragmentarias e inconexas. Siguió su búsqueda. Leyó todo lo que que fuera por lo menos tangencialmente útil y que estuviera a la mano. A estas alturas cualquier ayuda, por más breve, era bienvenida. Entre otras anotaciones y observaciones, halló éstas:

«Al fondo del mundo se revuelve aquél que antes gobernó y fue derrocado. La curva hoz de hielo parece inmóvil a nuestros débiles ojos, que miran de tan lejos. Se ve como un sólido disco ahusado que acompaña quieto al astro en su ciclo. Pero esta quietud es una ilusión: el filo circula con rapidez propia, virando en su arrojo regular. Saturno, en efecto, siega el éter en períodos de cadente proporción, estación a estación, dictando un paso tan grave y tan fundamental que se escucha adentro de todos los ritmos. El arco interior luce azul blanquecino y el filo se amarrona como la sangre seca. Su cuerpo, en cambio, viste con los colores del desierto y con una corona de seis picos, se burla de su destronamiento el destino mientras del destino se burla él mismo. Lo acompaña un séquito de condenados impotentes, aterradores en magnitud y en fuerzas agotados. En el lejanísimo rincón detrás del cuál no queda sino el Cielo, desde donde el Sol apenas luce como una perla bajo el agua, el titánico Saturno inunda su prisión de negra esfera con pacientes lamentos que extrañan las primaveras que seguían a los veranos que seguían a los otoños que seguían a los inviernos. Mas ha de revocarse su condena ya sea tarde, ya sea temprano».

La escritura de estas palabras le pertenece a una excéntrica astrónoma inglesa que se llamaba Rheagan Priestley. La científica no se había ganado su reputación con escritos como éste, eso es seguro. Lo hizo con estudios respetables, rigurosos, centrados en los cuerpos celestes de la nube de Oort. Pero de vez en cuando salía con alguna pintoresca publicación allende las revistas especializadas y evitaba las discusiones serias al respecto con humor frenético, reclamando poder ver con alguna clase de inspiración poética que los demás científicos no podían sino tildar de extravagancia. Si se le presionaba, decía siempre haberlas encontrado en algún libro o en un artículo, y nunca decía cuáles. Era bien sabida la falsedad de esta pantalla. Jerigonzas aparte, lo importante es que habían sido precisamente ella y su equipo en la Universidad de Cambridge quienes haciendo un análisis orbital habían encontrado por primera vez la discrepancia entre los datos más actualizados de la NASA y los presentes acerca de la distancia entre Ceres y Júpiter en su punto más cercano. En esos años, la diferencia se afrontó con el espíritu con que el corrector ve la errata. Supusieron descuidos en la medición anterior, estando la posterior tan bien sustentada. Pero no, ambas eran correctas. Pasaron unos veinte años de ese hallazgo antes de que la doctora Priestley escribiera el párrafo que ahora Clemente había extraído. Lo leía varias veces con el silencio de un aliento entrecortado. Ella se había dado cuenta antes que todos: no estaba Júpiter escapando de Ceres, sino que estaba cayendo, lenta, inevitablemente, hacia Saturno.

La doctora había hecho una proyección del momento en que se impactarían los dos colosos. Con todo y que fue hecha hace más de sesenta años, se aproximó mucho. Se adelantó solamente por unos dos años según las mejores estimaciones actuales. Todo esto lo había aprendido Clemente en relativamente poco tiempo. Su obsesión con el evento se había acrecentado en la misma medida en que se le iba haciendo manifiesto el desinterés generalizado por él. Cuando el estudiante escuchó las predicciones más probables que se tenían hasta hoy, le habían parecido dichas con una frialdad que acomodaba a un loco o al eco inconsciente, pero no a un hombre. Miraba esta liviandad y no podía dejar de pensar en los Hombres leyendo de Goya. Avejentados, tal vez, o quizá todos estaban adormecidos por la marcha ininterrumpida del progeso. Pero eso no parecía suficiente explicación. La órbita de Júpiter lo había estado llevando por años hacia un choque inevitable con Saturno y nadie sabía aún qué era responsable del insólito trayecto. Había sido así por suficiente tiempo como para que las personas se acostumbraran al dato y lo dieran por rutinario, por consabido, para que generaciones crecieran aprendiéndolo en las escuelas y escritores imaginativos tacharan de sus tramas futuras las presencias de esos planetas en el sistema solar así como se les había conocido. Pronto chocarían y, muy probablemente, se desbaratarían en rocas heladas y bocanadas de gases esparcidos por millones de kilómetros al rededor del impacto. Todo mundo lo había dado ya por sentado: pronto Júpiter y Saturno tan sólo serían los restos en la escena de un accidente aparatoso. Era esta actitud la que nunca le sentó bien a Clemente. ¿Qué tenía que haber ceñido a las personas, a los expertos, para que vieran este hecho como notorio, en vez de como algo completamente formidable? Él no era físico ni tampoco astrónomo, pero era el único convencido de que en este acontecimiento un movimiento cósmico mucho mayor del que se comprendía estaba llevándose a cabo. Recordaba las palabras de Estacio el romano: «venga a mí Saturno libre de sus grilletes». En vez de cantos jubilosos ahora resonaban alarmantes. Más aún en juego con las palabras poéticas, ¿o serían sibilinas?, de la doctora. «Apenas llegada al mundo la noche cerúlea, desciende brillante en medio de la arena, el denso y llameante anillo que eclipsa vencedor a la antorcha…».

Clemente era joven y su reputación era la que podía esperarse de un estudiante de literatura en un mundo plenamente globalizado. Breve para hablar, pero sin la prudencia que dio fama a los lacónicos, más bien daba la pinta de un muchacho poco inteligente entre los entendidos. Claro, en tal ambiente de igualdad se le respetaba y toleraba como al que más. Los últimos meses la caída de Júpiter se había hecho tema de conversación en todas las plataformas, noticiarios, programas, canales, videos y otros tantos; pero el estudiante ya llevaba mucho con esta preocupación. No había encontrado a nadie que compartiera su sentimiento ni podía convencer a nadie de su importancia. Esto le parecía incongruente en un mundo poblado con tan fecunda abundancia de gente en contacto constante, y sin embargo era así. No sabía exactamente por qué, pero una difusa corazonada lo disuadía de creer que el cambio de la órbita joviana había sido contingente; aunque no hubiera podido él mismo decirlo así. En estos tiempos era inconcebible para cualquiera que los movimientos universales fueran otra cosa que contingentes, eso sí, en la urdimbre de las leyes inquebrantables de la física. No había habido época más productiva de la humanidad, y eso incluía las ciencias. La vida y la composición de todo lo inerte estaban explicadas ya en un exhaustivo sistema que exponía todos los pormenores de la lotería cósmica. Curiosamente, eran los asuntos humanos, legendariamente caprichosos, los que hoy estaban dominados hasta el último detalle por la égida técnica: no había crimen que no se predijera ni disposición anímica que no se amoldara a alguna dieta de fármacos. Incluso la salud estaba garantizada legalmente y las substancias rejuvenecedoras eran tan comunes como el habla. Como fuera, pues, Clemente primero consultó los medios de divulgación científica y luego se esforzó por entender las afirmaciones que pertenecían a la ciencia propiamente dicha, aunque los cálculos eran poco interesantes y nada reveladores. Se hablaba del suceso junto a artículos sobre las arañas que más lejos brincaban o en programas sobre los veinte astros más fascinantes del espacio sideral. En medios serios había mucha investigación acerca de la órbita de Júpiter, de su trayectoria nueva y de los detalles de ésta; pero no había nada de valor acerca de las causas. Varias propuestas seguían siendo discutidas y, para ser justos, evocaban gran emoción entre sus defensores; pero como he dicho antes, no era el interés que Clemente hubiera juzgado apropiado. La que movía a los científicos era la misma fascinación que la que había guiado a pensadores del siglo XX a proponer la existencia de materia obscura para explicar el movimiento del disco galáctico. De haberlo comprendido bien se hubiera avergonzado de admitirlo, pero lo que movía a Clemente era otra cosa.

Esta vez había llegado a la biblioteca con una sospecha negra, muda, incomprensible. Nada encontró el estudiante que la iluminara. Y así siguió buscando algo que le sugiriera por qué, pero fue en vano. Llegó el día del impacto y los telescopios estuvieron listos para grabar el evento desde todos los cuadrantes del orbe. Después lo iban a publicar con las imágenes mejoradas por técnicas digitales que simularan la perspectiva del espectador en primera fila; pero no llegaron a eso. La primera de las extrañezas que tomó por sorpresa a los astrónomos fue que al acercarse a Saturno, Júpiter empezó a encogerse como hacen las estrellas cuyos corazones colapsan, hasta quedar tan reducido y denso como el más pesado de todos los asteroides. De haber sido el más grande y majestuoso de todos los astros, quedó disminuido hasta parecer un niño junto al enorme cuerpo setecientas veces más grande que la Tierra. No se dio, pues, la colisión que los expertos suponían, sino más bien una caída desbocada. Júpiter fue engullido. La gravedad de Saturno lo tomó y éste cayó hecho una bola ígnea más brillante que el Sol, jalando consigo una estela quebrada como delta en los anillos por donde se había proyectado. Se apagó cuando lo devoraron las nubes en la superficie con una fumarola que hubiera hecho un estruendo monstruoso si hubiera habido oídos para escucharlo. Las nubes cargadas explotaron en relámpagos azules y grisáceos arrojados con la rabia de mil toros heridos de muerte. Los satélites jovianos, que acompañaron al planeta en su viaje errante hasta aquí y habían ganado ya gran velocidad, perdieron su orden y se desperdigaron, algunos jalándose por gravedad mutuamente con los satélites saturninos, chocando unos contra otros y desmoronándose, o siendo lanzados a velocidades incalculables hasta el fondo de los cielos, o revolviéndose perdidos hasta ralentizarse en una nueva órbita más o menos luminosa. Entre ellos, Mimas pulverizó vorazmente a Calé, Jápeto chocó de lleno con Egeón y lo hizo cien pedazos, Hiperión impactó una faz de Ganimedes reduciéndola a esquirlas. La hecatombe duró días. Su órbita se invirtió. Cuando Saturno por fin volvió al sosiego mudo del abismo, los mortales que lo miraban ya no eran capaces de entender qué sucedía.

Aletargadas, todas las personas que poblaban la Tierra intentaron concentrarse como quien despierta de una larga siesta con la consciencia a media luz. El día parecía haberse diluído en un calendario vago, la memoria de lo pasado y los proyectos de lo venidero se deshilachaban como la textura de un espejismo. Desde los más ricos hasta los más pobres, viejos y niños, jefes y empleados, conservadores y revolucionarios, y todos en medio, fueron presas de terribles vértigos. Clemente sintió una confusión nauseabunda pero no atinaba a darse bien cuenta de ella, como si su pensamiento entero hiciera bizcos, como si viviera en esos sueños en los que se persigue al que siempre queda a punto de ser alcanzado. Se disipó su preocupación. Nunca más pudo recordar a los poetas. Poco después, olvidó su nombre. Todos experimentaron sensaciones semejantes por un tiempo. Las primeras cosas que se desvanecieron fueron la familiaridad, la hospitalidad, la amistad, la personalidad; todas se mezclaron en un extraño asentimiento de vida latente cuya mirada no era suficiente para distinguir unas caras de otras. La sabiduría de milenios se volvió ininteligible de un momento a otro. Sufrieron también los negocios, porque nadie era capaz de seguirles el hilo, ni de mantenerse en ellos ni siquiera lo suficiente como para aventajarse de los demás que sufrían lo mismo. Claro, no hubo quien se lamentara, pues en la confusión general las posesiones perdieron sentido, el dinero desapareció dejando nomás sus trazas de papel y metal, las fronteras entre países se perdieron, y a las idiosincracias folclóricas se las llevó el viento como si fueran humo. Los gobiernos se desarticularon en partes cada vez más chicas hasta que no era visible quién estaba por encima de quién. Las artes decayeron hasta el desuso: ropa, herramientas, armas, cachivaches, todo fue relegado. Al tiempo el lenguaje se aflojó. Cada nombre debilitado fue perdiendo forma hasta quedar líquido, reducido a vocales pasionales o a intuiciones inmediatas. Se fundió apenas lo suficiente como para que ya no hubiera sintaxis con qué quejarse de haber perdido la estructura. La vuelta al vientre silvestre los obligó a comer lo que se hallara al alcance. Había una fecunda abundancia. Comían incluso plomo, y pronto habían sido miríadas los muertos, que además mataron a otros tantos con su peste. Eso sí, murieron sin miedo. Y los que aún se propagaban podían gratificar sin obstáculo toda extensión de su gozo. En el horizonte el Sol pareció detenerse brillando cual oro, sin noche ni día. Pero al tiempo, las debilitadas mentes que sobrevivían comenzaron a bullir. Los nuevos salvajes se volvieron irritables. Como asediados por una maldición, empezaron a padecer constantes cefalalgias, ataques de furia, convulsiones. Empezaron a cazarse entre sí. En grupos se escondían en hoyos en la tierra o en edificios erigidos con conocimientos ya perdidos, y acechaban. Celebraban bramando haber capturado a otro, al que sin dudar liberaban del dolor descabezándolo. Luego ofrendaban partes de su cuerpo sangriento en un barullo ensordecedor, algunas entre ellos y otras al cielo abierto, bebían y comían, y festejaban con luchas y placeres combinados, y luego danzaban proyectando sombras que no se acrecentaban ni languidecían, hasta desfallecer de cansancio y caer. La guerra no tocó jamás sus corazones. Y así siguieron por milenios sin cuenta. O tal vez por décadas. O tal vez un instante solamente; da lo mismo, porque ya no había quien viviera como si no hubiera sido así desde siempre, como si nada pudiera cambiar, como si así fuera a mantenerse por toda la eternidad.

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