Los excesos de la moral

Nada tan característico de los moralinos de Twitter que su odio a la intemperante reflexión. Lo políticamente incorrecto debe ser el blanco al cual deben apuntar todas las flechas. Las dianas, tan cambiantes como carentes de fijeza, son borrosas; los arqueros presumen su ceguera. La moderación del odio es un crimen. El odio de los tuiteros debe entrelazarse en el músculo gigantesco llamado tendencia. La ausencia del flamante y tendencioso espectáculo no es considerado incorrecto, al menos no todavía. Pero el ausente suele quedar relegado de la conversación en la que participan todos.

Ningún ensayo del primer libro de los escritos de Montaigne está tan remarcado por una exagerada ironía como el número XXX que versa sobre la moderación. El texto puede dividirse en tres partes: la exageración, malformación, de la moderación; el castigo como el mejor remedio a los males; y el dolor como el punto más alto de la existencia humana, pues el placer es divino. ¿Todo exceso es perjudicial? El hombre que busca afanosamente la justicia, según la primera parte, podría ser perjudicial para la sociedad, pues ¿cómo asegurarnos que no esté buscando venganza? Pero semejar venganza con justicia, pese a la hermandad de ambas, resulta excesivo, pues la primera tiene como base un sentimiento personal, egoísta, la segunda involucra a la comunidad. El sentimiento de indignación es el que ha de moderarse, no la conducción que se le da a dicho sentimiento. De manera semejante, no hay filosofía o teología sin exceso de reflexión. La tercera parte de la primer parte del ensayo, que habla sobre el matrimonio, nos exhibe, con lo ejemplos más exagerados, que el matrimonio requiere de excesos entre la pareja para que se sostenga. En la segunda parte, el maestro de los ensayistas modernos nos mezcla remedio con castigo; el castigo nunca se nos presenta como aquello que podría reconvenir la salud moral, pero sin esa posibilidad el castigo sólo sirve para que el castigado ya no desobedezca las leyes de la ciudad o para quien imponga esas leyes. Lo doloroso no siempre es bueno; lo placentero no debe ser necesariamente malo. No sólo se aprende padeciendo dolor. Por ello, la finalidad de la experiencia humana no debe vincularse siempre a padecer; es decir, si la moderación nos ayuda a ser felices al no desbordar nuestras pasiones hasta volverlas destructivas, eso no quiere decir que para que seamos felices debamos sufrir en todo momento o que sólo podremos ser felices si sufrimos la mayor parte de nuestra vida. El extremo de este argumento es que sólo el que se sacrifica, como a los que les arrancaban el corazón como ofrenda a los dioses, es feliz; sólo sería feliz quien se entregara al todo.

Todo moralismo siempre es una simplificación de la moderación.

Yaddir

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