La competencia por el gobierno

Al principio del diálogo Gorgias de Platón, Sócrates acaba de llegar tarde a una reunión en la que se desplegó un espectáculo de discursos de lo más vistoso. El aprendiz de retórica, Calicles, se burla así de esta tardanza: «En la guerra y el combate, Sócrates, éste es el modo de participar, según dicen». El refrán es un claro chascarrillo a costa del cobarde que salva el pellejo, pues no hay quien le pelee al que no estuvo en la pelea. Es evidente el insulto a Sócrates: Calicles cree que no quiso llegar a tiempo a competir porque sabía que perdería. «Oh, no –contesta el aludido–. ¿Como dice el dicho, llegamos ya después del festín?»[1]. Al primer dicho se le confronta un segundo y con esa proporción de términos, los dos hombres quedan confrontados. Sócrates compite. Sin embargo, son precisamente los límites de la competencia los que están puestos en duda con su respuesta. En esta invitación platónica, se nos sugiere que pensemos por qué Sócrates, en vez de defenderse directamente de la acusación de cobardía, se defiende indicando que la conversación no es guerra ni combate, sino festín. ¿Cómo es posible, pues, una competencia que es un festín?

El término competir nos viene del latín competere. A primera vista, sin embargo, competere parece muy diferente del modo en el que usamos nosotros competir. Significaba estar junto con alguien tratando de conseguir algo y también estar de acuerdo, coincidir, reunirse; además de ser adecuado o proporcional, y ser experto o ser responsable de un asunto específico[2]. La conexión de estos sentidos se explica porque el término tiene el prefijo con- que significa junto, con, incluyendo, en común; y el verbo petere[3], cuya riqueza significante se ramifica en muchos sentidos. Su uso fundamental era caer a, lanzarse a, desde el vuelo de un ave hasta el ataque apuntado con flechas, jabalinas, o la carga marchando, arrojada contra las líneas enemigas. Metafóricamente quería decir inclinarse por, dirigirse a, tender hacia, tratar de conseguir, demandar, requerir, buscar y querer. Pensando en la modificación que acaece al verbo bajo el con-, vemos por qué competere se entendía como caer juntos en el sentido de coincidir[4], de concordar y en el de ser proporcional; y también notamos que tiene un lado que alude a buscar en común. Como se usaba para decir que a alguien le correspondía cierta característica o tema (pues ambos van juntos), le competía, se llegó en español a decir que aquello era su competencia, lo mero suyo. Por eso también se dice del experto que es competente[5]. Ahora, cuando dos o varios se lanzan juntos queriendo algo, se atestigua la competencia y en ésta se da la relación de varios que se creen adeptos para conseguir lo que se proponen. En latín, cuando una persona se proponía como candidato para un puesto público, se usaba también el verbo petere, se lanzaba a la candidatura; pero no se decía esto con el prefijo con-. Para hablar de varios que están en competencia se usaba el verbo competere, sí, pero su enfoque no estaba en que fueran contrarios, sino en que coincidían buscando lo mismo. La oposición y la disputa fueron gradualmente ganando terreno en la significación hasta que, en el español actual, sería rarísimo decir sin dar mayor explicación, que dos son competidores porque concuerdan.

Es curioso que el mismo término que comunicó la coincidencia sea también signo de, como dice Calicles, la guerra y el combate. La diferencia está en la finalidad. Varios compiten por lo mismo, pero esto puede querer decir que lo mismo los une, o que lo mismo sólo lo merece alguno entre ellos y por tanto los separa[6]. Si la recompensa no puede hacerse común, tal como vemos en los deportes y el mercado, la victoria es el vencimiento de los otros competidores; al contrario, cuando lo que se pretende es un bien del que todos pueden participar, la victoria es beneficio de todos en la competencia. Si tenemos dudas de que pueda existir tal bien que nos sea común a todos, podemos conjurarlas por la razón. La causa por la que los espectáculos de Gorgias no atinan a hablar bien es que sus simulacros de razones no cuidan la verdad. Las lides de desatinos nos alejan, las competencias de la razón nos unen. En el diálogo se puede dar el festín común porque se comparte la búsqueda de la verdad. La verdad no es potestad de ninguno de nosotros, nadie puede reclamarla para sí, nadie puede quedársela, conquistarla o arrancarla por violencia. Tal disposición a la claridad del diálogo es obviamente imposible en la erística, que es una perversión de la razón[7]. No se trata de una contraposición de iguales: así como Sócrates no defiende su hombría frente al sinvergüenza, sino que más bien muestra lo inapropiado de haberla puesto en duda, así también en este caso, es mentira que la razón requiera refutar a la mentira para resultar vencedora. En la razón consiste el bien de la razón, no necesita que uno le invente ingenios para defenderla o adornarla con nada más que la verdad. Los rétores que mienten no pueden vencer, pues no son competentes en la verdad. Quien cree, como Calicles, que la victoria del mentiroso está en la persuasión del ingenuo, no tiene idea de qué es aquello en lo que compite y su derrota llegó antes de que pudiera darse cuenta de ella.

En la política, la de a de veras y no la mercadotecnia que usurpa su nombre, se busca la mejor vida en el bien común de los que conviven. De todas las formas de gobierno, esto debe ser más evidente en las democracias, en las que todos los gobernados son también gobernantes, pues tienen una participación en la elección de la forma de vida que llevan. Pero esto nadie lo creería si observara en serio cómo solemos llevar nuestra democracia representativa: entre campañas, escándalos programados, luchando con encuestas, ensayando tal o cual estrategia por mor de puntos, denigrando el debate al nivel de litigios bárbaros, y además de todo, diciendo a plena voz, como si fuera lo más normal del mundo, que lo que se pretende con una candidatura es ganarle la presidencia al adversario. La presidencia no es recompensa. El gobierno no es premio. Lo mismo debe decirse del resto de cargos públicos a los que se aspira. Vitorear los debates, las encuestas o las elecciones como si se ganara la lotería es convertirse en bufón de la más triste categoría. Merece gobernar quien sepa cómo, y mejor pueda, alcanzar el bien común. La «recompensa» de un cargo público merecido, es el bien del buen gobierno del que todo ciudadano participa. Su honor puede estar en la preferencia del electorado, pero su provecho no es un premio a él, es una vida mejor en la que participamos todos. El que está en la carrera porque busca su victoria individual está compitiendo en algo que no es política, está jugando como deportista, mercando como comerciante o militando como soldado. Se lanza por una copa, por lucro o por despojos. Que se diga sin vergüenza y que el electorado lo escuche sin vergüenza, es una calamidad. Es obvio que la posibilidad del bien común ya no está considerada en serio por ninguno de los simuladores que ocupan indignamente su pensamiento en su aspiración al poder. Esta disposición a la competencia caliclea es signo del estancamiento de nuestra política, y también es causa de su propagación. Invoca la irrefragable multiplicación de los incompetentes. Y quien no pueda darse cuenta de que el escandaloso y vistoso espectáculo de estos días se gesta en esos embalses, y que se impregna por todos lados y en todos los partidos políticos, debería preguntarse si no está más listo para la guerra y el combate que para el festín.


[1] La palabra que Sócrates usa y que traduzco por «festín» es heortē̂s (ἑορτῆς), que tiene todo el alcance de fiesta, festival, banquete, celebración, etcétera. En el Fedro, 276b, Sócrates usa también este término acoplándolo con «juego», para contrastarlo con la forma seria y diligente con la que un campesino hace su trabajo, como sería para nosotros en México decir que en vez de trabajar uno está «en la pachanga». Este término también es usado por Homero en boca de Euriclea, la nodriza de Odiseo y Telémaco (Odisea, XX, v. 156), cuando manda a preparar el festín al que invitarán a todos los pretendientes de Penélope.

[2] Ver en el lexicón de Lewis & Short. Este último uso sí es transparente en el modo en que usamos el término, por ejemplo, cuando decimos que cierta cosa le compete a tal persona o tal institución. En cuanto a su uso como competencia entre adversarios, es llamativo que otro término y sus derivados, contendercontienda y contención, parezcan tener tantas semejanzas en su paso al español: de con y tendere (estirarse, dirigirse a, intentar, esforzarse por). Námaste Heptákis presentó aquí un rastreo más completo de la etimología de competencia y una reflexión sobre nuestros usos actuales de ella.

[3] Se cree que el verbo viene de la raíz protoindoeuropea pet, que quiere decir caer y volar (por ejemplos, véase el Diccionario de etimologías de Chile o el diccionario etimológico Etymonline). En este caso su significado fundamental estaría conectado con la imagen de caer o lanzarse hacia algo. Las palabras griegas para pluma (pterón), ave (ptéryx), caer (píptein) y hasta río (potamós) vendrían de la misma raíz, así como las latinas para pluma (penna) y propicio (propitius).

[4] Esto es parecido a lo que ocurre con sýmbolos en griego, que es literalmente «lanzados juntos» (syn-, con y bolḗ, lanzar), y que quiere decir «coincidencia» especialmente la de dos que se encuentran en un mismo lugar por suerte (ver Esquilo, Las suplicantes, v. 502). De donde sýmbolon (que es abuela de nuestra palabra símbolo) viene a nombrar a cada una de las partes rotas de un todo que, como prendas de un acuerdo, son prueba de participación al encontrarse con otra de las partes. Así, son prendas de identidad, sellos, garantías de contratos, etcétera; y después, signos que conectan algo presente con algo ausente, o algo visible con algo invisible.

[5] Nótese cómo el DRAE ya los diferencia como homónimos, aunque vengan de lo mismo: competencia como disputa, contienda u oposición por un lado, e incumbencia o jurisdicción por el otro.

[6] Piénsese en la aparentemente contradictoria imagen al principio de la Ilíada de Homero, al decir que Aquiles y el Atrida se «separaron peleando» (I, v. 6, el original es diastḗtēn erísante (διαστήτην ἐρίσαντε), ambos verbos están conjugados no en plural, sino en dual, lo que acentúa la paridad de los peleadores). La rareza de este contraste nos hace reparar en el modo en que se acercan y, en cierta manera se unen, los que pelean.

[7] Dice San Agustín en el prólogo, §8, de la Doctrina cristiana en cuatro libros, que «nadie debe tener nada por suyo propio, más que, quizá, la mentira».

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