INEGI de chavitos

A una población de 164 aspirantes a la universidad se le efectuó una breve encuesta. A continuación se presenta los siguientes hallazgos interesantes:

Se les preguntó qué carrera deseaban estudiar. El registro de sus respuestas incluyó si decían una o más licenciaturas. Con ello se mide en cuáles se hallan más atraídos o interesados. El primer lugar es Medicina. Sin embargo, la población consultada estuvo inscrita en un curso para regularizarse y prepararse para los exámenes de ingreso a nivel Superior. Cabe suponer que los aspirantes a la licenciatura más saturada, sientan que el curso como un buen recurso para su ingreso. Dentro de los primeros cinco, además de la carrera susodicha, se encuentra Derecho, Administración (en cualquiera de sus variantes), Arquitectura, Psicología y Enfermería.

También se le preguntó sobre su elección de una universidad pública sobre una privada.  La respuesta podía entrar en dos categorías, ya que se buscaba qué razones podían hacer atractiva una de la otra. En su mayoría, los aspirantes respondieron que la economía era la ventaja principal (73). Alrededor de 49 jóvenes se inclinaron por el prestigio de las instituciones. Se consideró a éste como el reconocimiento que tiene la universidad, en el país o extranjero, y el supuesto nivel alto en la impartición de conocimientos. Llama la atención que numerosos jóvenes miran la universidad pública como una oportunidad accesible para una educación de alta calidad. Es decir, una combinación entre beneficio económico y prestigio. También algunas respuestas apuntaron a la independencia didáctica que ofrece. La universidad pública pondría las condiciones para la formación libre e individual. Asimismo, en otras respuestas, tener un puesto y conseguir una calificación en una escuela privada, se debe más al pago ejercido. Un atajo económico para llegar al título o para los holgazanes.

Respecto a su habitualidad para leer, 65 preuniversitarios afirmaron leer con cierta frecuencia y sin ser obligados. Muy pocos especificaron qué tipo de obras. Los que sí, van desde los libros hasta textos en líneas. Por el contrario, 76 admitieron no leer. El resto no fue claro en este aspecto. Los autores predilectos entre lectores son Stephen King, Gabriel García Márquez, Paulo Coelho,  Edgar Allan Poe y Oscar Wilde. Sobre sus clases de Literatura en la preparatoria, 69 las consideraron aburridas. Sorpresivamente algunas opiniones sí reconocían la técnica agradable para llevar la materia o incluso lo interesante que podían resultar los temas y conocimientos literarios. Nueve no tomaron la materia en ninguno de sus semestres.

Con gran contundencia, la poesía no es atractiva para estos aspirantes. 129 rechazaron tener algún hábito y gusto por ella. Pese a esta cifra, algunas otras respuestas dejaban ver ligera curiosidad o vergüenza al desconocer el arte lírico. Entre los poetas preferidos están Mario Benedetti y Pablo Neruda. Los pocos lectores de poesía no se concentran en aprenderse los nombres y gustan de sorprenderse por el autor; quizás efecto del flujo anónimo y vertiginoso del Internet.

Al preguntarles por la noticia más importante de la semana, 61 personas apuntaron a un acontecimiento público. En general, los desastres naturales o grandes actos de violencia acapararon su interés (dos grupos de clase ingresaron al ocurrir los terremotos del 19-S). Llama la atención que varios aspirantes (34) tomaron la pregunta en un ámbito privado, es decir, un suceso que haya sido importante entre sus días cotidianos. Para ellos la noticia no tiene implicaciones políticas o sociales.

Por último, se les preguntó si sentían admiración por alguien. La figura que tuvo mayor puntaje es un rol en el terreno privado (papá, mamá, abuelo, hermano, etc.) con 28. Luego le sigue alguien propio del espectáculo (actriz, cantante, entre otros). Yendo al otro extremo, la figura social apenas alcanza las tres opiniones y destaca que sólo hay un admirador de una figura política (Nelson Mandela). 37 jóvenes respondieron no admirar a nadie o no tener un modelo a seguir.

Así, un muestreo cualquiera de esta generación juvenil.

 

 

 

 

Discursos de ignorantes

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Lo relativo

Preocupado por su salud moral, un amigo me decía que le preocupaba el porqué le gustaban tanto los discursos relativos en la moral. Él no se sabía malo, inclusive le agradaba saber que hacía algo bueno sin necesidad de regocijarse en una falsa superioridad moral. Pero decirse “no hay nada totalmente bueno ni nada totalmente malo y, por lo tanto, no existen el bien y el mal” le hacía sentirse seguro. Le gustaba sobremanera pensar que, como los gustos son variados, las consecuencias de las acciones no deberían ser las mismas en todos; como cada uno decide lo que más le agrada, para no tener problemas con los demás basta con encontrar a alguien de gustos semejantes. No sabía qué le pasaba, aunque ¿quería saberlo?

“¿En el fondo seré un ser tremendamente malvado y no quiero verme en toda mi suciedad?” Mi amigo me había preocupado, pues, como ya muchas veces había podido observar, los discursos de la relativización de la moral eran de un gusto común. Lo único que los relativistas aceptaban de la Biblia era que teníamos un albedrío libérrimo, pero sin pecado, Mandamientos, culpa ni todo lo que trae consigo la libertad de la acción. ¿Pero realmente vivimos con relatividad moral?, ¿actuamos pensando: “no importa si actúo mal, al fin y al cabo para algunos esto será bueno y para otros malo; puede que haya culturas que me conciban como un dios”? Al menos, me parece, actuamos siguiendo lo que consideramos correcto según el lugar en el que nos encontremos. Pero aceptar lo anterior es aceptar otra modalidad de la relativización: lo bueno y lo malo son relativos al lugar donde se vive; “A donde fueres, haz lo que vieres”. Todos relativizamos hasta que padecemos una injusticia y no tenemos manera de reparar el daño.

Con reflexiones semejantes intenté tranquilizar a mi amigo, mostrarle que por más que nos llenáramos la boca con discursos ambiguos, siempre actuábamos de manera cercana a una idea común de bien. Casi en ninguna cultura el asesinato que no implicara algún tipo de defensa era bien visto. Pero él seguía intranquilo, pensando que, pese a todo lo mencionado hasta ese momento, no podía sacarse algo malo de la cabeza. En ese momento descubrí con claridad el problema de mi amigo; no le molestaba hacer el bien, simplemente no sabía por qué deseaba hacer el mal, por qué quería hacerlo. Y no se trataba de que quisiera matar a alguna persona o hubiera cometido algún delito, simplemente no podía darse cuenta de que inclusive cuando deseamos vengarnos de alguien (y vaya que mi amigo tenía intenciones de vengarse de una persona en específico), siquiera mediante las palabras, estamos haciendo mal. Como se trata de algo así como la sombra de un deseo, algo que no se llega a concretizar en alguna imagen, pero cuya percepción nos hace sonreír maliciosamente, se tiene la falsa sensación de que no se hace mal alguno. ¿Cómo decirle eso a mi amigo sin alterarlo demasiado?, ¿cómo decirle que estaba usando los discursos relativistas para sentirse mejor? En el fondo, los discursos que relativizan la moral, aquellos que justifican que todo está permitido, nos quieren hacer creer que no existe el mal.

Yaddir

La edad de oro

«El movimiento, si es eterno, dura lo suficiente para que todo lo que muta, lo que fluye y se transforma, sea cada cosa en algún tiempo hasta que vuelva a ser lo que antes fue, deje de ser lo que ahora es, y así constantemente, sin cambiar nunca, como es necesidad».

El estudiante devolvió el libro a su lugar, naturalmente reposado en un alto estante junto a otras curiosidades bastante viejas. Historias como ésta y muchísimas otras que inspiraban aun más maravilla venían de un mismo suceso, pero con el tiempo una multitud de ellas se había extinguido mientras que otras sólo se contaban fragmentarias e inconexas. Siguió su búsqueda. Leyó todo lo que que fuera por lo menos tangencialmente útil y que estuviera a la mano. A estas alturas cualquier ayuda, por más breve, era bienvenida. Entre otras anotaciones y observaciones, halló éstas:

«Al fondo del mundo se revuelve aquél que antes gobernó y fue derrocado. La curva hoz de hielo parece inmóvil a nuestros débiles ojos, que miran de tan lejos. Se ve como un sólido disco ahusado que acompaña quieto al astro en su ciclo. Pero esta quietud es una ilusión: el filo circula con rapidez propia, virando en su arrojo regular. Saturno, en efecto, siega el éter en períodos de cadente proporción, estación a estación, dictando un paso tan grave y tan fundamental que se escucha adentro de todos los ritmos. El arco interior luce azul blanquecino y el filo se amarrona como la sangre seca. Su cuerpo, en cambio, viste con los colores del desierto y con una corona de seis picos, se burla de su destronamiento el destino mientras del destino se burla él mismo. Lo acompaña un séquito de condenados impotentes, aterradores en magnitud y en fuerzas agotados. En el lejanísimo rincón detrás del cuál no queda sino el Cielo, desde donde el Sol apenas luce como una perla bajo el agua, el titánico Saturno inunda su prisión de negra esfera con pacientes lamentos que extrañan las primaveras que seguían a los veranos que seguían a los otoños que seguían a los inviernos. Mas ha de revocarse su condena ya sea tarde, ya sea temprano».

La escritura de estas palabras le pertenece a una excéntrica astrónoma inglesa que se llamaba Rheagan Priestley. La científica no se había ganado su reputación con escritos como éste, eso es seguro. Lo hizo con estudios respetables, rigurosos, centrados en los cuerpos celestes de la nube de Oort. Pero de vez en cuando salía con alguna pintoresca publicación allende las revistas especializadas y evitaba las discusiones serias al respecto con humor frenético, reclamando poder ver con alguna clase de inspiración poética que los demás científicos no podían sino tildar de extravagancia. Si se le presionaba, decía siempre haberlas encontrado en algún libro o en un artículo, y nunca decía cuáles. Era bien sabida la falsedad de esta pantalla. Jerigonzas aparte, lo importante es que habían sido precisamente ella y su equipo en la Universidad de Cambridge quienes haciendo un análisis orbital habían encontrado por primera vez la discrepancia entre los datos más actualizados de la NASA y los presentes acerca de la distancia entre Ceres y Júpiter en su punto más cercano. En esos años, la diferencia se afrontó con el espíritu con que el corrector ve la errata. Supusieron descuidos en la medición anterior, estando la posterior tan bien sustentada. Pero no, ambas eran correctas. Pasaron unos veinte años de ese hallazgo antes de que la doctora Priestley escribiera el párrafo que ahora Clemente había extraído. Lo leía varias veces con el silencio de un aliento entrecortado. Ella se había dado cuenta antes que todos: no estaba Júpiter escapando de Ceres, sino que estaba cayendo, lenta, inevitablemente, hacia Saturno.

La doctora había hecho una proyección del momento en que se impactarían los dos colosos. Con todo y que fue hecha hace más de sesenta años, se aproximó mucho. Se adelantó solamente por unos dos años según las mejores estimaciones actuales. Todo esto lo había aprendido Clemente en relativamente poco tiempo. Su obsesión con el evento se había acrecentado en la misma medida en que se le iba haciendo manifiesto el desinterés generalizado por él. Cuando el estudiante escuchó las predicciones más probables que se tenían hasta hoy, le habían parecido dichas con una frialdad que acomodaba a un loco o al eco inconsciente, pero no a un hombre. Miraba esta liviandad y no podía dejar de pensar en los Hombres leyendo de Goya. Avejentados, tal vez, o quizá todos estaban adormecidos por la marcha ininterrumpida del progeso. Pero eso no parecía suficiente explicación. La órbita de Júpiter lo había estado llevando por años hacia un choque inevitable con Saturno y nadie sabía aún qué era responsable del insólito trayecto. Había sido así por suficiente tiempo como para que las personas se acostumbraran al dato y lo dieran por rutinario, por consabido, para que generaciones crecieran aprendiéndolo en las escuelas y escritores imaginativos tacharan de sus tramas futuras las presencias de esos planetas en el sistema solar así como se les había conocido. Pronto chocarían y, muy probablemente, se desbaratarían en rocas heladas y bocanadas de gases esparcidos por millones de kilómetros al rededor del impacto. Todo mundo lo había dado ya por sentado: pronto Júpiter y Saturno tan sólo serían los restos en la escena de un accidente aparatoso. Era esta actitud la que nunca le sentó bien a Clemente. ¿Qué tenía que haber ceñido a las personas, a los expertos, para que vieran este hecho como notorio, en vez de como algo completamente formidable? Él no era físico ni tampoco astrónomo, pero era el único convencido de que en este acontecimiento un movimiento cósmico mucho mayor del que se comprendía estaba llevándose a cabo. Recordaba las palabras de Estacio el romano: «venga a mí Saturno libre de sus grilletes». En vez de cantos jubilosos ahora resonaban alarmantes. Más aún en juego con las palabras poéticas, ¿o serían sibilinas?, de la doctora. «Apenas llegada al mundo la noche cerúlea, desciende brillante en medio de la arena, el denso y llameante anillo que eclipsa vencedor a la antorcha…».

Clemente era joven y su reputación era la que podía esperarse de un estudiante de literatura en un mundo plenamente globalizado. Breve para hablar, pero sin la prudencia que dio fama a los lacónicos, más bien daba la pinta de un muchacho poco inteligente entre los entendidos. Claro, en tal ambiente de igualdad se le respetaba y toleraba como al que más. Los últimos meses la caída de Júpiter se había hecho tema de conversación en todas las plataformas, noticiarios, programas, canales, videos y otros tantos; pero el estudiante ya llevaba mucho con esta preocupación. No había encontrado a nadie que compartiera su sentimiento ni podía convencer a nadie de su importancia. Esto le parecía incongruente en un mundo poblado con tan fecunda abundancia de gente en contacto constante, y sin embargo era así. No sabía exactamente por qué, pero una difusa corazonada lo disuadía de creer que el cambio de la órbita joviana había sido contingente; aunque no hubiera podido él mismo decirlo así. En estos tiempos era inconcebible para cualquiera que los movimientos universales fueran otra cosa que contingentes, eso sí, en la urdimbre de las leyes inquebrantables de la física. No había habido época más productiva de la humanidad, y eso incluía las ciencias. La vida y la composición de todo lo inerte estaban explicadas ya en un exhaustivo sistema que exponía todos los pormenores de la lotería cósmica. Curiosamente, eran los asuntos humanos, legendariamente caprichosos, los que hoy estaban dominados hasta el último detalle por la égida técnica: no había crimen que no se predijera ni disposición anímica que no se amoldara a alguna dieta de fármacos. Incluso la salud estaba garantizada legalmente y las substancias rejuvenecedoras eran tan comunes como el habla. Como fuera, pues, Clemente primero consultó los medios de divulgación científica y luego se esforzó por entender las afirmaciones que pertenecían a la ciencia propiamente dicha, aunque los cálculos eran poco interesantes y nada reveladores. Se hablaba del suceso junto a artículos sobre las arañas que más lejos brincaban o en programas sobre los veinte astros más fascinantes del espacio sideral. En medios serios había mucha investigación acerca de la órbita de Júpiter, de su trayectoria nueva y de los detalles de ésta; pero no había nada de valor acerca de las causas. Varias propuestas seguían siendo discutidas y, para ser justos, evocaban gran emoción entre sus defensores; pero como he dicho antes, no era el interés que Clemente hubiera juzgado apropiado. La que movía a los científicos era la misma fascinación que la que había guiado a pensadores del siglo XX a proponer la existencia de materia obscura para explicar el movimiento del disco galáctico. De haberlo comprendido bien se hubiera avergonzado de admitirlo, pero lo que movía a Clemente era otra cosa.

Esta vez había llegado a la biblioteca con una sospecha negra, muda, incomprensible. Nada encontró el estudiante que la iluminara. Y así siguió buscando algo que le sugiriera por qué, pero fue en vano. Llegó el día del impacto y los telescopios estuvieron listos para grabar el evento desde todos los cuadrantes del orbe. Después lo iban a publicar con las imágenes mejoradas por técnicas digitales que simularan la perspectiva del espectador en primera fila; pero no llegaron a eso. La primera de las extrañezas que tomó por sorpresa a los astrónomos fue que al acercarse a Saturno, Júpiter empezó a encogerse como hacen las estrellas cuyos corazones colapsan, hasta quedar tan reducido y denso como el más pesado de todos los asteroides. De haber sido el más grande y majestuoso de todos los astros, quedó disminuido hasta parecer un niño junto al enorme cuerpo setecientas veces más grande que la Tierra. No se dio, pues, la colisión que los expertos suponían, sino más bien una caída desbocada. Júpiter fue engullido. La gravedad de Saturno lo tomó y éste cayó hecho una bola ígnea más brillante que el Sol, jalando consigo una estela quebrada como delta en los anillos por donde se había proyectado. Se apagó cuando lo devoraron las nubes en la superficie con una fumarola que hubiera hecho un estruendo monstruoso si hubiera habido oídos para escucharlo. Las nubes cargadas explotaron en relámpagos azules y grisáceos arrojados con la rabia de mil toros heridos de muerte. Los satélites jovianos, que acompañaron al planeta en su viaje errante hasta aquí y habían ganado ya gran velocidad, perdieron su orden y se desperdigaron, algunos jalándose por gravedad mutuamente con los satélites saturninos, chocando unos contra otros y desmoronándose, o siendo lanzados a velocidades incalculables hasta el fondo de los cielos, o revolviéndose perdidos hasta ralentizarse en una nueva órbita más o menos luminosa. Entre ellos, Mimas pulverizó vorazmente a Calé, Jápeto chocó de lleno con Egeón y lo hizo cien pedazos, Hiperión impactó una faz de Ganimedes reduciéndola a esquirlas. La hecatombe duró días. Su órbita se invirtió. Cuando Saturno por fin volvió al sosiego mudo del abismo, los mortales que lo miraban ya no eran capaces de entender qué sucedía.

Aletargadas, todas las personas que poblaban la Tierra intentaron concentrarse como quien despierta de una larga siesta con la consciencia a media luz. El día parecía haberse diluído en un calendario vago, la memoria de lo pasado y los proyectos de lo venidero se deshilachaban como la textura de un espejismo. Desde los más ricos hasta los más pobres, viejos y niños, jefes y empleados, conservadores y revolucionarios, y todos en medio, fueron presas de terribles vértigos. Clemente sintió una confusión nauseabunda pero no atinaba a darse bien cuenta de ella, como si su pensamiento entero hiciera bizcos, como si viviera en esos sueños en los que se persigue al que siempre queda a punto de ser alcanzado. Se disipó su preocupación. Nunca más pudo recordar a los poetas. Poco después, olvidó su nombre. Todos experimentaron sensaciones semejantes por un tiempo. Las primeras cosas que se desvanecieron fueron la familiaridad, la hospitalidad, la amistad, la personalidad; todas se mezclaron en un extraño asentimiento de vida latente cuya mirada no era suficiente para distinguir unas caras de otras. La sabiduría de milenios se volvió ininteligible de un momento a otro. Sufrieron también los negocios, porque nadie era capaz de seguirles el hilo, ni de mantenerse en ellos ni siquiera lo suficiente como para aventajarse de los demás que sufrían lo mismo. Claro, no hubo quien se lamentara, pues en la confusión general las posesiones perdieron sentido, el dinero desapareció dejando nomás sus trazas de papel y metal, las fronteras entre países se perdieron, y a las idiosincracias folclóricas se las llevó el viento como si fueran humo. Los gobiernos se desarticularon en partes cada vez más chicas hasta que no era visible quién estaba por encima de quién. Las artes decayeron hasta el desuso: ropa, herramientas, armas, cachivaches, todo fue relegado. Al tiempo el lenguaje se aflojó. Cada nombre debilitado fue perdiendo forma hasta quedar líquido, reducido a vocales pasionales o a intuiciones inmediatas. Se fundió apenas lo suficiente como para que ya no hubiera sintaxis con qué quejarse de haber perdido la estructura. La vuelta al vientre silvestre los obligó a comer lo que se hallara al alcance. Había una fecunda abundancia. Comían incluso plomo, y pronto habían sido miríadas los muertos, que además mataron a otros tantos con su peste. Eso sí, murieron sin miedo. Y los que aún se propagaban podían gratificar sin obstáculo toda extensión de su gozo. En el horizonte el Sol pareció detenerse brillando cual oro, sin noche ni día. Pero al tiempo, las debilitadas mentes que sobrevivían comenzaron a bullir. Los nuevos salvajes se volvieron irritables. Como asediados por una maldición, empezaron a padecer constantes cefalalgias, ataques de furia, convulsiones. Empezaron a cazarse entre sí. En grupos se escondían en hoyos en la tierra o en edificios erigidos con conocimientos ya perdidos, y acechaban. Celebraban bramando haber capturado a otro, al que sin dudar liberaban del dolor descabezándolo. Luego ofrendaban partes de su cuerpo sangriento en un barullo ensordecedor, algunas entre ellos y otras al cielo abierto, bebían y comían, y festejaban con luchas y placeres combinados, y luego danzaban proyectando sombras que no se acrecentaban ni languidecían, hasta desfallecer de cansancio y caer. La guerra no tocó jamás sus corazones. Y así siguieron por milenios sin cuenta. O tal vez por décadas. O tal vez un instante solamente; da lo mismo, porque ya no había quien viviera como si no hubiera sido así desde siempre, como si nada pudiera cambiar, como si así fuera a mantenerse por toda la eternidad.

Vida de Perros

¿Cómo se supone que adivinaría que aquél zarrapastroso escudero hablaba con verdad? Por raro e increíble que suene, era cierto: no había mejor manera de vivir más, que comiendo menos.

Libertad antipolítica

Libertad antipolítica

 

La libertad de expresión, necesaria para la democracia, no garantiza la vida democrática. Es más, la vida democrática puede languidecer en plena libertad de expresión: que cualquiera diga cualquier cosa, que el único rasgo democrático sea la expresión mayoritaria, que las minorías se puedan expresar pero inútilmente… El arranque del gobierno de la que se dice izquierda podría respetar la libertad de expresión, pero el deterioro democrático se ha fraguado desde antes del mero triunfo: desde la democratización del dedo, desde la fraudulenta asamblea multitudinaria, desde el mitin, el templete, la chanza y la ocurrencia… No se trata de regular lo que se puede decir, ni de defender simplemente la posibilidad de decir cualquier cosa, se trata de defender la discusión pública, las razones públicas. Declinar la defensa de las razones públicas es el primer paso para postular la necesidad de limitación a la libertad de expresión: las mayorías unánimes pueden determinar la censura moral sin razones de por medio, basta un líder que pregunte a la asamblea y que la asamblea coree al unísono la respuesta. Sin el cuidado de las razones públicas, cualquier plebiscito podrá cancelar la libertad de expresión. Y todo esto viene a cuento por la confusión de la opinión pública ante el linchamiento de Gabriel Zaid.

         Debería estar fuera de duda la libertad de expresión de que goza Zaid; ese no es el punto a discutir. El punto a discutir, además del deterioro en la lectura, es la recepción pública de las razones. La ciudadanía “informada” parece no distinguir entre un eslogan, un espot o una campaña publicitaria, de un argumento, de una opinión razonada o de un posicionamiento público. La ciudadanía “informada y crítica” parece creer que en tiempos de campaña toda voz ha de tomar partido, toda expresión ha de ser parte de la competencia, toda opinión ha de funcionar como una estrategia de posicionamiento mediático. Creen, absurdamente, que todo lo público es publicitario. Así, repiten la división facilona entre progresistas y conservadores, malos y buenos, minoría rapaz y pueblo noble. La autonombrada progresía nacional denuncia a todo el que no la apoya como parte de un grupo orquestado para el despojo, para el daño, para el abuso… Los comparsas del maniqueísmo político no compiten, sobreviven. La palabra pública no razona, publicita. Se trata de ganar gritando fuerte. Se trata de convencer por el bien de todos y con las razones de nadie. Se trata de usar los métodos democráticos para asesinar a la democracia.

         Véase si no. Zaid dijo claramente que es digna de consideración para decidir el voto la situación en la salud del candidato puntero. La respuesta del candidato: que el escritor se obnubila al preguntar sobre su salud. La respuesta de los seguidores del candidato: que el candidato nunca se infartó y el escritor es chayotero. Al menos es público que la afirmación primera de los seguidores es rotundamente falsa: López Obrador sí sufrió un infarto. Los seguidores podrán mentir, dominar la tendencia del discurso público, mayoritear, pero eso no cambiará el hecho de que su premisa es falsa. La unanimidad de los seguidores se infartará a sí misma. La realidad supera cualquier repetición del discurso. O como en Esquilo, el arte es con mucho más débil que la necesidad…

         Sin embargo, creo que lo peor del episodio se encuentra en la descalificación tramposa de López Obrador, quien en un mitin adjetivó a Zaid como un escritor conservador, como alguien que ha perdido la imaginación y la inteligencia. ¿Zaid conservador? ¿Zaid carente de imaginación? ¿Zaid sin inteligencia? López Obrador miente y los seguidores que lo repiten mienten. ¿Quién es Gabriel Zaid?

         Gabriel Zaid concibe la crítica como el ejercicio de la imaginación inteligente. No es crítico el apego simplón a cualquier progresismo, pues precisamente es la inteligencia de Zaid la que nos mostró el lado improductivo del progreso: que la obsesión por el progreso entorpece la vida. Lo importante no es progresar, sino vivir bien. La falta de imaginación de los entusiastas del progreso obstaculiza los mejores modos de nuestra vida. La falta de inteligencia de los entusiastas del progreso colma de absurdos los movimientos más cotidianos. La experiencia vital se analiza con imaginación e inteligencia, y el análisis, que Zaid llama crítica, tiene un efecto práctico: el encuentro feliz con la verdad. Cierto, Zaid no es creyente del mero progreso, pero eso no lo hace un conservador: ni todo lo tradicional nos embellece la vida, ni todo lo nuevo nos la entorpece necesariamente. Cierto, la crítica de Zaid no es crítica-práctica revolucionaria: hacer bien tiene su arte, tanto como mejor no hacerlo, tanto como saber apreciar lo pequeño. Lo importante es que el ejercicio crítico sea práctico, que los afanes intelectuales no desprecien la vida, que en los vuelos de la imaginación no se olvide de vivir. El ejercicio de la imaginación inteligente que embellece la vida es la gran aportación política de la labor intelectual de Gabriel Zaid.

         Por allá de 1971, por ejemplo, Zaid y Cosío Villegas comenzaron a imaginar el fin del PRI. Por esos tiempos, Andrés Manuel López Obrador ingresó al PRI. Mientras Zaid consideraba al PRI un obstáculo para la democracia, López Obrador lo consideraba su camino al poder. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Por allá de 1972, por ejemplo, Zaid es censurado por Monsiváis para que no se publicase una crítica a Luis Echeverría. López Obrador ha encumbrado la supuesta labor crítica y progresista del censurador, al tiempo que Echeverría es el único de los expresidentes cuya pensión no ha criticado AMLO. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Durante el gobierno del presunto asesino Luis Echeverría, Zaid ejerció la crítica del poder político y de su amasiato con la intelectualidad (encabezada por Carlos Fuentes). Los seguidores de Andrés Manuel elogian el apoyo de los intelectuales a su proyecto (encabezados por Elena Poniatowska). Zaid criticó el estilo de legitimarse mediante el compromiso de los intelectuales, López Obrador copia el estilo de legitimidad echeverrista. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo, Zaid criticó el manejo de las finanzas públicas desde la casa presidencial, al tiempo que denunció que los programas asistencialistas del desarrollo económico de esas administraciones quebrarían al Estado (además de retrasar la democracia). López Obrador añora los tiempos de la economía presidencial, también le llama desarrollo y también lo ve indisolublemente ligado a la asistencia, que será popular pero no democrática (piénsese en los clientelismos de las redes ciudadanas que le heredó el salinista Manuel Camacho Solís). Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Zaid criticó las políticas educativas de los gobiernos de Echeverría, López Portillo y de la Madrid, pues reconoció que el credencialismo y las pirámides académicas agravaban el problema educativo, llenándolo de grilla, de mediocridad, de demagogia. La propuesta educativa de López Obrador es universalizar las pirámides académicas y el credencialismo. Claro, la grilla académica, la guerrilla de pizarrón, la demagogia y el charrismo universitario le han dado a Andrés Manuel buena parte de sus cercanos colaboradores. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Del mismo modo, Zaid criticó el deterioro democrático en el gobierno de Salinas: el empobrecimiento del país genera liderazgos que prometen manumisión a cambio del poder. Y ya saben quién ha fundado desde esa pobreza su liderazgo. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Durante la transición democrática la crítica de Zaid se centró en las decisiones prácticas y las reformas paulatinas que han permitido la participación de los grupos diversos de la sociedad civil; descreído de las promesas de grandes cambios, Zaid ha sostenido la necesidad de cambios pequeños pero inteligentes, constantes pero imaginativos. En el mismo periodo, Andrés Manuel López Obrador ha prometido grandes cambios y unanimidad social, así como ha bloqueado reformas importantes y despreciado a los grupos diversos de la sociedad civil. Pero el candidato sale con que Zaid es conservador. Y el candidato puede decir lo que sea, puede mentir como tanto lo hace. El problema es creer que la libertad de expresión es de por sí democrática. En la tiranía también hay libertad de expresión: el tirano es libre de mentirse cuanto quiera. El problema es si los súbditos también ven el traje nuevo del tirano. El problema es que los súbditos crean que son libres de expresarse cuando vociferan las mentiras del tirano.

 

Námaste Heptákis

El hermetismo insospechado

El hermetismo insospechado

El silencio puede hablar por las palabras que nos faltan, siempre y cuando no sea señal de renuncia. Quien renuncia al deseo, hace del silencio la expresión última, la contemplación de uno mismo en la nada que no se comprende sólo con cerrar los ojos. Quien intenta entender su propio deseo, no necesariamente se hunde en la demencia antropocéntrica: al emprender el intento con el empeño que le sea posible topará con la incapacidad de dar de sí una razón sencilla. ¿Cómo entender un deseo? Parece materia dispuesta sólo en tanto intentamos aclarar el objeto que deseamos, para así imaginar los caminos posibles a ello. Pero aunque veamos claramente lo que deseamos, el camino no se detiene en la claridad: un deseo nunca está aislado, pues un fin siempre tiende a un fin último, que no necesariamente es evidente. Los objetos no podrían ser deseados si la satisfacción no fuera sólo cosa momentánea; nada nos satisface si no es bajo una inclinación general que nos permite saber que algo ha sido satisfecho. La posesión de los objetos no es por sí misma satisfactoria: ni el apetito para la comida es tan burdo. ¿Qué sentimos en cada beso robado, en cada objeto inútil obtenido, en cada sensación de haber hecho el intento, si no parecen tener algo en común?

La dicha de amar pareciera no requerir de palabra aclaratoria por ser el amor un goce muy abierto, poco hermético: un punto de comunión de la experiencia desiderativa en la que se observan los síntomas comunes a más de uno: una nube gris sobre la mirada cuando todo ha terminado, un sabor dulce en la fragancia que los besos dejan en un contacto absurdo, un deseo del otro que no renuncia fácilmente a la unión. Lo que se desee agregar siempre nos mantiene en la incapacidad de creer en que alguien pudiera vivir plácidamente sin haber sentido esa poderosa atracción. La teoría general es que no hay quien se libre de ella: es el poder de la naturaleza. La condición erótica se usa como el sinónimo que abarca generalmente a lo que denominamos naturaleza humana: en el deseo vemos el cuadro de lo natural como una especie de tendencia a cumplirse en los movimientos que despierta. ¿Qué hace de cada acto trivial un evento digno? En ese ritual de los enamorados lo dichoso se funde con la amargura en que la memoria poco permite olvidar. Pero aun en la dicha que se esfuma y cuya ausencia se traduce en vibraciones de desesperanza cabe la extraña pregunta: ¿dónde se asienta la corriente del alma que convierte los sucesos de manera tan predecible pero tan curiosa? La desdicha puede articularse en la palabra cuando intenta ir por el camino que el hilo de la vida en común trazó, y seguir ese hilo no necesariamente tiene consecuencias trágicas. Cuando parece que el agua está siempre turbia, la renuncia a la palabra sólo nos hunde en esos pantanos.

¿Habrá engaño sobre lo que la naturaleza reclama siempre que intentamos insertar la palabra aclaradora en lo deseado, en las sensaciones que en nosotros despierta el amor? En todo caso, se dirá que el acto de explicar es siempre secundario: la palabra misma no produce el sentir. Pero, ¿no hay una raíz en las palabras persuasivas? Los actos están compuestos de una materia que permite mostrarlos como prueba más tangible del estado anímico, del alma misma. La persuasión no es un acto que modifique el alma, y la mayor parte de las veces pareciera que necesitamos más de una explicación, un ejemplo y una exhortación para comprender lo que requerimos. Tengo la impresión de que nuestra renuencia a la palabra va de la mano con la dificultad que tenemos para pensar la persuasión más allá de nuestro discurso interno. Sin restringir el problema al amor: ¿por qué parece tan triunfal el aspecto irracional cuando la palabra se restringe, cuando sólo halla matices más afables de una convicción incuestionada? Lo incuestionable se convierte en un cómplice silencioso de la desidia por pensar lo que tenemos en frente. Surge la sospecha de que nuestras ideas convencionales sobre el deseo son el paralelo necesario del límite que le imponemos a nuestra posibilidad de preguntar. Si la persuasión no es nunca algo definitivo, ¿no es necesario preguntarnos por qué nos hemos persuadido tanto de una ilusión? Mejor eso que renunciar de manera poco práctica a la satisfacción de la verdad, pocas veces saboreada pero nunca totalmente ajena.

 

Tacitus