El cristal en el río

El cristal en el río

Nunca he sabido a ciencia cierta cómo me miran otros; creo que sólo he poseído sospechas cuando la compasión se hace evidente, cuando la preocupación se mezcla con la impertinencia y cuando la distancia es impuesta intencionalmente, pero eso sólo me ayuda poco. El arte de opinar sobre lo cercano requiere pericia de los afectos, que casi siempre nos nublan, llevándonos al ridículo o al entusiasmo vano. Rara es la moderación genuina, y apreciarla es quizá imposible sin abandonar la egolatría imperante. Pero esta imposibilidad de conocer mi imagen me hace ver también que yo mismo no siempre soy “lo mismo” para mi propia vista. El cuerpo se vuelve un pretexto ante el espejo para estar cierto de mí. La tristeza y la alegría me recuerdan lo susceptible que es mi materia de ser manipulada por motivos desconocidos, pero también me muestran que nada de mi cuerpo responde en sí mismo por la emoción tal como se articula en mí. De nada sirve caer en la pantomima del reflejo si no vemos que el espejo sería inservible si la imagen no fuera una actividad ajena a los cuerpos en general. El rostro es lo más distintivo, pero también lo más complejo: expresa, mira y es mirado, reconoce inmediatamente, acostumbrado a la sorpresa del fenómeno, como si estuviera por siempre tentado a creer en las superficies, aunque sepa que algún fondo lo sostiene en cada reconocimiento.

Todo pareciera apuntar a que es relativamente sencillo distinguir entre la imagen proyectada y lo que somos. Pero una reflexión más detenida nos deshace la ilusión. Estamos fascinados con la aparente distinción entre lo que se es por fuera y por dentro que no notamos la verdad profunda de aquel verso inmejorable de Eliot, que pudiera aplicarse en más de un contexto: we are the hollow men. Tan atiborrados de entusiasmo ante el impacto visual, tan emocionados ante el espejismo de lo distinto y tan convencidos de que nosotros escogemos lo que proyectamos, que no notamos el vacío tremendo que reflejamos. Nadie puede quejarse de la voracidad tediosa de la publicidad en su vida si decide gastarse en la inerme comunicatividad de la conversación simulada o en esculpir su perfil cibernético con el pretexto de la vinculación. ¿En qué consiste ver nuestro interior? ¿A qué nos referimos estrictamente con esa palabra, con la que no atinamos a la interpretación adecuada de nuestros intereses, a pesar de decir que ahí reside la relevancia completa de la personalidad?

El reflejo está ligado misteriosa y abiertamente con la memoria. Curiosamente, nuestra obsesión por retratarnos instantáneamente parece exigir un descuido de la exigencia por recobrar el pasado con la atención. Lo sabroso del recuerdo es el sabor que deja al ser recobrado de la manera adecuada. Parece que el retrato conmueve la facultad dormida, lo cual logra sólo para los momentos de pudimos grabar. La diferencia entre el recuerdo y el afán por el pasado tiene que ver con la actividad involucrada en cada caso. Posamos para el millar de imágenes queriendo destacar nuestro aplomo y particularidad emotiva, y en la ráfaga se nos va el desinterés por recordar. No habremos de capturar nuestra imagen artificialmente por más tiempo que invirtamos. Los pintores muestran su estilo en el retrato ajeno. La mayor parte de apreciaciones que hacemos de los demás, al parecer, tienen la extraña peculiaridad de ser lo menos hirientes con nosotros mismos. Curioso que ese procedimiento sea general: la vara del subjetivismo tiene un carácter extrañamente universal. ¿Qué imagen perfilamos constantemente? Lo que hacemos ver depende de la relación, en la que se abre el campo del reconocimiento, escondido pero explotado por todos. La ansiedad voraz por la memoria postiza intenta prolongar las alegrías que tenemos que mantener con la sonrisa mientras dura la foto; lo interesante es observar cómo ese afán por mantener el momento –ansia nada nueva en su naturaleza-, ese esfuerzo por la imagen propia requiere que la imagen de otros sea captada con los filtros comunes. La poca memoria no sobrevive sin la presunción, a pesar del talento proteico de esa pasión.

 

Tacitus

La predicción del deseo

Un modelo utilitario de elección racional es promesa de exactitud y objetividad en la comprensión de poblaciones o grupos humanos. Economistas, sociólogos, políticos y estadistas basan estudios, planes y decisiones públicas apoyados en esta clase de modelos. Martha Nussbaum (Justicia poética) subraya cuatro principios en ellos: conmensurabilidad, adición, maximización y preferencias exógenas. Llama conmensurabilidad a la fijación de un criterio general para la evaluación de todos los individuos. La posesión de ese valor puede incrementar o disminuir; la valoración es cuantitativa. La maximización pone como meta la acumulación, para ello debe ser posible un resultado social como resultado de la suma de los datos extraídos de los individuos (adición). Para construir este modelo, la preferencia está dada y por ende es evidente.

Especialmente, el último principio muestra el tipo de hombre considerado por los utilitaristas. La concepción de preferencias exógenas reduce notablemente lo que se entiende por acto y deseo. Al haber preferencias ya establecidas, hay claridad en los objetos necesitados. Como señala Nussbaum, el hombre es contenedor de satisfacción. Hace falta solamente el objeto que lo haga reaccionar y lo lleve a ser complacido. Ese vacío parece más necesidad que deseo, con ello la búsqueda por la felicidad humana sería menos incierta de lo que parece. Con lineamientos tan claros, lo difícil es el medio para conseguirlo. El fin queda resuelto en la utilidad, esclarecerlo no es un reto en la decisión humana. El desafío está en los recursos para cumplirlo. El buen gobierno o sociedad de alto nivel debe proponerse el camino hacia el social welfare.

La preferencia exógena es una síntesis del erotismo y deliberación. En busca de la claridad, se consideran únicamente los datos positivos. A un lado se dejan las minucias oscuras nada científicas. Los datos concretos, visibles en el comportamiento, permiten observar causas y emitir una predicción. Eso buscan los especialistas académicos, economistas inseguros y estudiosos  serios. Los modelos brindan certeza, delinean estelas en el mar inquieto e imparable. Al ocurrir sorpresas o resultados inesperados, los devotos de los modelos quedan en la zozobra. El hombre de ciencia es vulnerable a la angustia ante el futuro. La modernidad nos pone al filo de la desesperación. La abstracción del alma conduce a la abstracción del mundo.