Nuevas investiduras

Nuevas investiduras

No hay virtud alguna en saber que al presente le sucede el futuro. Podríamos decir que, ante ese tiempo siempre conjetural aunque inevitable, tiene éxito el uso de términos con resonancia teológica ante los espíritus rústicos que no aprenden a distinguir aún entre la objetividad y el credo tradicional. Lo dice la sabiduría moderna, haciendo gala de su retórica eficiente para el progreso: persuadir es el arte político de simulación. Bacon prometía que la empresa de la nueva lógica científica cumplía mejor con lo que nos impelía a imaginar la Revelación. La seducción, quizá, empezaba por estar prestos a imaginar la satisfacción que el nuevo arte da; el rumbo tecnología actual sería impensable sin el dinamismo ya estático que nuestra imaginación tiene para acelerar el sabor del placer cumplido, del capricho que tiene que estar al tanto, aunque no sepa prácticamente nada. No puede creerse en sentido estricto que la naturaleza se haya transformado para conocerla de manera distinta. La filosofía moderna era no sólo un acercamiento a pensar la nueva ciencia, sino, ante todo, una reflexión radical en torno a los fines humanos a partir de una interpretación del hombre distinta a la de los filósofos antiguos. En este sentido, la pregunta por lo justo, central para la filosofía política, rebasa lo que cada régimen histórico establece como conveniencia de ley: la creación del Estado moderno es una manera de establecer lo que se puede alcanzar de esa pregunta para la vida práctica. ¿Qué pasa cuando, en vez de ese estado moderno, fe de los liberales, recorre el aire la aprobación multitudinaria de un micrófono a través del que habla una voz local, en la que se funden la apariencia de honestidad, el candor de un acento entrañable y la persistencia, con la arbitrariedad en que la ley se disipa y con el fantasma de la auto-legitimación?

El partido único aparece como algo contrario a la unidad de la persona. La democracia, no obstante, no funciona cuando se quiebra la estructura partidista en pos de un individuo, sino cuando lo común es el poder de actuar. No es democrático, por ende, la aprobación de lo nuevo. Sería igual de insulso pensar que esto exija de la democracia el respeto ciego por lo viejo. El beneficio de la duda no es criterio suficiente para elegir bien. No hay que olvidar que la democracia exige elegir entre los medios que llevan de manera más eficiente al fin común, siendo el voto un ejercicio común que sin crítica anterior y posterior termina siendo un eco de los aplausos partidistas. El fin común no se logra, al menos no democráticamente, dejando obrar al prócer. Los riesgos de dejar todo a una voluntad se resumen en la ilusión de libertad. La retórica de paz sirve bien para tranquilizar las sospechas de autocracia, pero no para ejercer el poder democráticamente, sino para tener la posibilidad de limpiarse las manos una vez que el diálogo sólo haya llevado a la aprobación de quien lo motivó. La cuarta transformación no es más que una farsa si nadie tiene en claro qué es eso que se transforma. Se siente “bien” (cuando la historia no es memoria sino resumen acomodaticio de la “indignación”), pero simplemente no es democracia.

Supongamos que interpretamos la historia según lo que intenta ser la nueva versión oficial. ¿No resulta incluso sospechoso que la voz del régimen mismo se autoproclame como intérprete privilegiado de la historia? Lo hizo el PRI incontables veces. Supongamos que la inexistencia de evidencias de corrupción sea suficiente para calificar a un hombre de honesto. ¿No resulta rara la insistencia obstinada de la honestidad, que nos hace muchas veces desconfiar de quien la presume? El PRI tiene un sello personal: la ley sólo castiga cuando se comprueba lo malo; hay que ser fraudulentos mientras no se compruebe. No es necesario mostrar que ningún hombre honesto piensa así. No hace falta ser del PRI para ser deshonesto, pues puede alguien vestirse de cordero habiendo perseguido los caminos del lobo. Ni Maquiavelo, ese que se repite mal cuando se recuerda que el fin justifica los medios, decía que había que ser honesto para ser buen príncipe. ¿Qué se hace para sostener la contradicción entre la teológica pureza y la pantanosa faena de la necesidad? Los puritanos estadounidenses que apoyaban a Trump no quisieron ver esta contradicción, y lo pagaron con la exhibición de una parodia de su pureza protestante. Dirán que la honestidad es parte de esa transformación: la nueva era de la revolución pacífica. ¿No resulta entonces hasta teatral el esfuerzo, visible en muchos gestos, por mantener la imagen de la paz y la honestidad?

La esperanza no puede quedarse corta por falta de imaginación. No es necesario cejar en el intento por la democracia para aceptar la sorda arbitrariedad presente en los asuntos políticos. La posibilidad de la democracia se mantiene mejor si el deseo de lo justo no es otra ilusión promovida por la confesión personal. Evidentemente, si lo primordial no es ahora la máquina del estado, porque el centro es ahora la investidura personal de la aprobación popular, difícilmente bastará afrontar la realidad que se plantea haciendo ensalmos a favor del estado mismo. ¿Cómo retener el afán autocrático si se reviste de lo que santifica la crítica liberal? A veces la sospecha rinde más frutos que la fe local. Falta notar que la desaparición de la presidencia institucional no es suficiente para acabar con la arbitrariedad política, de lo contrario la alternancia será de modos, pero no de fines. Nuevo rostro, vieja máscara.

 

Tacitus