Lo que el sueño y la locura salvan

Lo que el sueño y la locura salvan

El insomnio debe de ser una enfermedad tan insufrible como lo es la cordura. Ambos pacientes adolecen de no poder cerrar los ojos, no ya para escapar hacia la obscuridad, sino para poder reconocer por un momento las impresiones que el ojo ha captado en el espectáculo de luz. Quien ha sufrido de insomnio sabrá que lo peor del asunto es no poder omitir ningún detalle, salvo que se está despierto: existo pensando, la exageración cartesiana se ve reflejada en el ansia de quien queriendo dormir no consigue sino hilvanar una constelación de sucesos hasta el más mínimo detalle. Los sentidos aquí sí se agudizan, nos volvemos más sensibles al cambio de temperatura, al zumbido del mosquito, al ir y venir de una idea que tortura las cienes de quien no puede dejar de existir en la realidad. La recamara se convierte en un monstruo silente. Y una noche luminosa nos arruina la existencia. El guardia de seguridad, tanto como el pensador obcecado están alertas, alterados. Rayan en la cordura de saber con todo detalle ¡Quién es el que se esconde tras la puerta!, o tras la siguiente pregunta “¿Por qué?”

El sueño es tan importante como lo es la locura, pues son los límites de sus contrarios. El sueño aparece no siempre en la noche, sino tras un trajinar duro. Es la dulce recompensa o turbadora respuesta presentada con maestría por la misteriosa imaginación; mientras que la locura es permitir que algo nuevo o viejo nos sorprenda sin tener que apuntarle antes con una pistola o con una pregunta que impida el paso de lo desconocido. Los sabios también duermen, y quizá sea en sus sueños donde mejor podemos ver su sanidad, si es que seguimos aquel viejo adagio de mente sana en cuerpo sano. Sólo sueña quien se permite adentrar a la aventura de la creación poética más personal e inmediata que tenemos; así como sólo vive quien se permite conocer el misterio de la creación del hombre como lo haría un niño y no un taxonomista o hilandero perverso.

Algo habríamos de recordar de los antiguos. Cuenta Diógenes Laercio en su ya conocida obra sobre los filósofos, que Aristóteles para no dejar de investigar, se colocaba una bola de acero o hierro en una mano, así al irse durmiendo, ésta caería en una tina con un poco de agua, logrando despertar. ¿El estagirita adolecía de insomnio? No. No lo padecía, pues se cuidaba de no quedar dormido, no de escapar de la realidad, o lo que es lo mismo, procuraba servir a su vocación, no quedar despierto para siempre… eso sí sería una locura.

Javel

Gasto útil: Ayer en una conferencia, Adolfo Castañón celebraba su cumpleaños recordando el regreso de don Alfonso Reyes en 1939, año de la muerte de Antonio Machado y fecha en que se publicara “Muerte sin fin”. El poeta se la pasó evocando en su cumpleaños, y yo no sé qué tenga la fecha 8/8 que pareciera que nacen los que a don Alfonso Reyes más conocen. Además, también se unió al ejercicio evocativo Vicente Quirarte, quien dijo que sus maestros no se sentían viejos, sino añosos. Así, una felicitación a los añosos de agosto.

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