Ocaso

No hubo quién en un último acto piadoso sembrara sal, mucho menos quién ofreciera una oración por la mancillada tierra de Carcosa

La bilis se derramó sobre miles de rostros y los ojos de todos los ciudadanos se llenaron de lágrimas amarillas, cuando una neblina bajó en un pálido atardecer a humedecer con tibio rocío las paredes de la Aglutinada Carcosa

Ay de ti, otrora cristalino lago, jamás te hubiste visto tan lleno de orines. Las bocas enamoradas que hablarían de tu belleza, incluso hoy, yacen secas, con la saliva disolviendo la sangre que brotó de su vientre cuando nacía el crepúsculo de la Pálida Carcosa

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