Propedéutico en Filosofía

Hace poco me puse a reflexionar algo sobre la licenciatura en Filosofía. Yo esperaba en el tercer lugar, el último, dentro de la fila de la ventanilla de títulos. Llegué ahí después de haber ido con las secretarias de la sección de servicios escolares, luego de haber ido también con el subcoordinador de mi carrera. Tuve suerte porque, si no lo hubiera encontrado, hubiera tenido que pedir un carta poder al Coordinador o Jefe de carrera para llevarla personalmente, junto con mi solicitud de inicio de trámite de titulación, a la ventanilla de títulos. Es decir, con la autorización del superior, hubiera hecho el encargo del subcoordinador. En fin, mientras aguardaba, hice una retrospectiva y concluí que un curso propedéutico era necesario en la carrera. El velocista no toma ventaja si no tiene un buen arranque; tal vez el inicio torpe explicaba tantos pasantes extraviados o desanimados.

Cuando llegué a la carrera, lo hice por las materias de Filosofía en la preparatoria. Mi curiosidad fue provocada por temas inusuales expuestos por un profesor que, aparentemente, era igual a los demás. Ese afán por llegar a lo más profundo, por librar las superficialidades, fue mi incentivo principal para escoger la licenciatura. Me entusiasmé más cuando leí que una de las cualidades del egresado era el pensamiento y análisis crítico. Supe de esta cualidad hasta leerla en el folleto que me entregaron en la inducción para los de nuevo ingreso. Me pareció verosímil en mis primeros días de la carrera. Varios maestros nos exhortaban a que pensáramos por nosotros mismos. Lejos de que las grandes mentes de la humanidad nos apabullaran con su genialidad, deberían servirnos como inspiración. O al menos, imagino, no era el único compañero que así tomaba la invitación de mis docentes. La variedad de teorías y escuelas deberían hacerme ver la variedad de opiniones e ideas. Un amigo mío llegó a decirme: la Historia es la muestra de la libertad del pensar del hombre. Yo mismo debía gozar de esa libertad.

A pesar de ya decirlo con desenfado, en aquel entonces vislumbraba esa intuición pero no la abrazaba con seguridad. Por eso resultaría muy provechoso el curso propedéutico. Podría implementarse poco después de la inducción. Una vez que el nuevo estudiante ya tiene sus papeles y ha recorrido las instalaciones, se podría citarlo en sitios diferentes para el curso. Así también se familiarizaría con la universidad. Los espacios naturales siempre son más nobles que los cerrados. Los primeros días podrían tomarse en los jardines para generar mayor confianza a los jóvenes con la timidez natural de los primeros días o los de carácter reservado. En estas sesiones podrían platicar qué los llevó a estudiar la carrera y qué eventos en su vida parecen desembocar en esta decisión. Confluir las experiencias personales con los argumentos de por qué estudio Filosofía, podría fomentar la apertura entre los alumnos. Además, más de un pedagogo famoso o recién egresado, seguramente concordara conmigo que el reconocimiento entre estudiantes fortalece el trabajo en equipo. Podría funcionar también invitar a los estudiantes a que convivan afuera de las aulas, que vayan a los lugares alrededor de cualquier universidad para que puedan esparcirse. Al final de cuentas, hay que recordar que primero sé es hombre antes de profesionista.

Posteriormente, dentro de los salones, el docente asignado al grupo debería ofrecer algunas clases de Metodología de la Investigación. Esto brindará herramientas a los nuevos estudiantes y podrían realizar una investigación breve. También ayudaría mucho que el docente diera consejos sobre su experiencia en la carrera y pudiera ofrecer su técnica utilizada para reflexionar. ¡Cómo hubiera agradecido eso! Al final del curso, la investigación que haga el alumno sería un triunfo propio; un símbolo de sus primeros pasos en la crítica. Además de enseñarle los principios de la reflexión, también se le daría la seguridad para emprenderla. Tampoco estaría nada mal que, paralelamente al propedéutico, los nuevos estudiantes fueran en una excursión dirigida por el docente asignado a trabajos donde los licenciados en Filosofía ejerzan. No sólo se prepararía al estudiante para la vida académica, sino también para la vida laboral. Obviamente estas ideas sueltas y sugerencias merecen incorporarse en un proyecto de mayor envergadura, pero, desde mi experiencia, considero que podrían ayudar bastante.

 

Recordando a Pisístrato.

Es lugar común pensar que los problemas de la polis se resuelven mediante instituciones o cambios de nombres a las costumbres ya establecidas. Los nombres nuevos a las viejas usanzas no garantizan sino la conservación de las mismas.

Se puede llamar democracia a la tiranía cuando ésta ha sido constituida mediante lo que parece elección popular, ese uso y costumbre se estila desde tiempos de Pisístrato, quien consiguió el favor de la asamblea después de formar su propio partido y mostrarse mal herido y maltratado por los opositores.

Desde Pisístrato hasta nuestros días, ya han pasado más de mil años, y las costumbres y usanzas de los tiranos no han cambiado mucho, si bien ya no usan toga y ejército de maceros todavía algunos se fingen víctimas de atentados y otros se muestran como inocentes ciudadanos maltratados por una turba de agresores que se encuentran en el poder.

Se dice que Pisístrato fue moderado en su tiránico gobierno, pero de sus hijos el recuerdo no es tan alagüeño, actualmente llegan a tiranos los que formalmente vienen a ser como sus tataranietos, y pretenden usar otros nombres para ocultar sus oscuros deseos.

Pero no sólo viven ocultos los tiranos modernos, deben salir a la luz pública y verse como buenos sujetos, para ello existen los disfraces de amorosos seres preocupados por el bienestar de su pueblo.

El moderado Pisístrato también uso un disfraz, cuenta Heródoto que en cierta ocasión el tirano en ciernes se hizo acompañar por una mujer disfrazada de Atena; el tirano moderno se viste como defensor de la justicia que hasta cierto punto identifica a la diosa griega.

Pasan los días y el desfile se prepara, la efigie de la falsa diosa se viste con nombres bonitos y lindas formas que den sabor de eternidad a lo que es repetitivo pero pasajero, como la bonanza prometida o la gloria electoral proveniente de una asamblea antaño desconocida.

 

Maigo

 

 

 

 

 

 

 

 

Justicia enredada

No paraba de caminar. De izquierda a derecha y de regreso recorría la sala mientras miraba al piso y cada que completaba una vuelta alzaba los brazos como si quisiera volar. Pensé en dejarlo hacer la misma rutina durante treinta minutos, pues en algún momento iba a variar, haría algo diferente, algo que le diera sosiego; un destello de incipiente claridad. Pero después de diez minutos dejó de ser gracioso observarlo hacer exactamente lo mismo; hasta había dejado de contar las vueltas completas y la cantidad de aleteos. Había notado que era común entre las personas inseguras mostrar los síntomas de su preocupación sin decir una sola palabra; querían que se les preguntara qué les pasaba o proponerles alguna teoría para atreverse a hablar. ¿Qué tan preocupado estaba mi amigo como para reaccionar hasta la tercera ocasión en la que le pregunté por qué se encontraba así? Su respuesta me dejó con ganas de caminar incesantemente y empezar a aletear.

“Es una asociación sin fines de lucro que se dedica a… tú sabes, proteger la naturaleza.” Fue su inicial y misteriosa respuesta. Atropelladamente me contó que cometió el error de compartir una noticia falsa en Facebook en la que se advertía sobre el daño a una especie que cometían ciertos cazadores en alguna región (que no precisaré para proteger la identidad de mi amigo). La falsedad de la información consistía en una alteración de la misma. La asociación lo contactó y, a gritos, le dijeron que era un estúpido, que era el peor ser humano que habían conocido, que no sabía qué clase de error había cometido, y que lo iba a pagar. Supuse que la amenaza radicaría en algún daño físico hacia mi amigo, así que le propuse acompañarlo a realizar sus actividades los días en los que me fuera posible; me contactaría con otros amigos y amigas en común para nunca dejarlo sólo; de ser posible hasta iríamos dos con él, por si lo querían atacar en manada. Un círculo de seguridad tan solícito, amistoso y organizado no lo tenía ni el presidente. Pero él respondió ante mi precisa sugerencia: “vamos, no seas paranoico. El daño que me piensan infligir, mejor dicho, el daño que me han comenzado a hacer no es físico, sino virtual.” Afortunadamente yo era el paranoico. ¿Qué es eso del daño virtual?, ¿es una especie de tuitazos lanzados contra una persona para contar rumores sobre ésta hasta que aprenda la lección, es decir, hasta que le cierren su cuenta? Mi cuestionamiento se acercaba al temor referido. Mi amigo temía que le dañaran su imagen.

 ¿Por qué nos preocupamos por lo que digan de nosotros? Regularmente pocas personas saben a detalle lo que hacemos y por qué lo hacemos, es decir, pocas personas pueden entendernos y, en consecuencia, juzgarnos adecuadamente. Pocas personas son las que se interesan por nosotros. En ese sentido, el daño a la imagen en las redes sociales es inevitable, fruto natural del alocado e irracional desenvolvimiento que tienen las reacciones y palabrerías de dichos sitios. Visto así, se podría pensar que mi amigo es un vanidoso, preocupado por la imagen de la imagen (podríamos agregar de su imagen creada por la propia imagen que tiene de sí) que le pudieran hacer. Este juego de espejos debería tener algún nombre clínico. Pero no, a mi amigo le preocupa lo que de él se pueda decir porque esa es la primera impresión que la mayoría de las personas que lo saludan tienen de él. En ese momento le dije que no se preocupara por lo que pudiera decir sobre él una organización a la que le preocupan más los asuntos no humanos que los humanos, que su preocupación, por evidentes razones, era irracional. Pero luego de ver el efecto que sobre sus conocidos, y una que otra persona querida, tenía un video que la referida organización lanzó contra él, comencé a preocuparme casi como él. No le habían dado oportunidad alguna de defenderse. Si gente admirada por realizar actividades que a muchos les parezcan nobles, aunque dicha nobleza tenga fecha de caducidad, te acusa de malvado, lo eres sin duda alguna y como tal te tratan. La justicia en las redes se provoca con likes y reacciones. De no ser porque me senté a escribir, ya hubiera completado la centena de aleteos estériles.

Yaddir

El amo de las apariencias

Llega un nuevo gobierno que es igual. Ya lo han dicho muchos y muchas veces, porque también es cierto que de nuevo llega un nuevo gobierno que, igual que siempre, es igual. Un anhelo cándido querría que estas palabras caducaran en tres, cuatro o seis años. Que para entonces alguien las leyera y no supiera de qué se tratan. Pero más probable es que si, pasadas muchas temporadas alguien las viera sin fecha, no supiera si son recientes o tienen un siglo. La novedad del gobierno es una apariencia. No estoy diciendo que es una falsedad; no son lo mismo. Ni siquiera me estoy refiriendo necesariamente a algún gobierno particular. Su novedad es una apariencia, porque nada es nuevo más que comparativamente, más que en contraposición. El opuesto de lo nuevo siempre es algo que ya existe y que es viejo. Y entre lo viejo, nada más milenario que el cambio: lo nuevo cambia de dirección y las direcciones son infinitas. La novedad es un aspecto que percibimos en algo por su relación con otra cosa, pero nunca es ese algo. Por eso es una apariencia, y cuál cosa es ésta que llamamos algo es por necesidad más importante. Muchas novedades que llaman la atención por sus vistosos cambios son antigüedades reempaquetadas; otras eran varias y han sido confundidas o son trozos nombrados por separado de algo que fue uno; otras son sombras proyectadas. Hoy hablamos mucho de la mente y bastante menos (y con más recato) del alma, abogamos por los valores y le ponemos mucha atención a las inteligencias de todo tipo (creo que es especialmente popular la emocional), y también, nos emocionamos con cada llegada prometida de un nuevo gobierno. Podemos decir que pagamos impuestos, contribuciones o tributo y hacer exactamente lo mismo. Las formas de hablar pueden quedarse siendo simulacros de nombres sin que haya nadie que les pregunte nada, sin que signifiquen nada nunca. Machiavelli, un osado estratega, hace cinco siglos citó la sabiduría de la virtud de Hesíodo, apenas después de haber dicho que la «inhumana crueldad» de Aníbal era la mayor y mejor de sus virtudes. Un signo sin significado es como una mano de mármol: apariencia. Y así también la novedad de un gobierno no es sino apariencia.

Seamos realistas por un momento. La mayoría de las personas no quiere pensar más allá de las apariencias. Eso es natural. Entonces, aun más, seamos naturalistas por un momento. Nos daremos cuenta de que los comportamientos humanos se explican por lo que las personas suelen esperar de sus vidas. Lo que cada uno desea es la satisfacción de su placer, infinitamente creciente; o si no, en este mundo tan aciago, por lo menos la reducción de su dolor, que más que otra cosa se presenta como enfermedades y expectativas espantosas, miedos, terrores. Toda vida humana entonces es (recuerden que somos naturalistas, por un momento), la evasión del dolor y la persecución del placer. Toda relación con el mundo y sus habitantes está basada en esta experiencia fundamentalmente personal. El funcionamiento de las grandes sociedades y la institucionalización de sus leyes se jerarquiza entonces de acuerdo a esta comprensión del individuo. Con esto se explican toda suerte de actos por igual, los más atroces, los más hermosos y todos los de en medio. Con esto también se saca la conclusión de que pensar en cómo debería ser la vida humana es una pérdida de tiempo, y será mejor si nos ocupamos en cómo es en serio, en crudo. Así nos daremos cuenta de que todo acto llevado a cabo, por ser un hecho, es igual que todo otro acto, sea cual sea y venga de quien venga. Las cosas son lo que son, y el hecho es que los actos más atroces son caudales donde los hermosos caen con gotero. Como es más frecuente la guerra, el vicio, la violencia y, en general, la fealdad, es natural que nos inventemos cuentos para tratar de escapar al horror. Una acción deliberada por un hombre de ánimo seguro es una cosa rarísima. Lo que salvará al hombre, que caza a otros hombres como un lobo, será un aparato de fuerza descomunal que le garantice la seguridad contra los dolores y racione sus placeres. Puede ser un Estado nacionalsocialista, capitalista, comunista, fascista; para este caso da igual, siempre que pueda distraer a sus miembros de su naturaleza licantrópica. Si uno nos pregunta, entonces, qué son las apariencias, responderemos que son lo mismo que las mentiras: la vida de sufrimiento escapando de sí misma, inventando, tratando de saciar poquito a poco los apetitos de los que viven juntos y que terminarán por destruirse si no se creen los cuentos. La realidad es plana y está a la vista desde el primer golpe: no hay fondo oculto, no hay vida interior, no hay ideal. El buen gobernante será entonces el amo de las apariencias. Será quien invente profundidades ventajosas. Algunos lo llamarán pragmatista. Habrá quienes digan que es un idealista pertinaz. Unos lo amarán por su cautela mientras otros lo temen por su osadía. Otros sabrán que él es el conjurador de los horrores de la verdad. La prudencia consistirá en reconocer que hay que llamar «bueno» a lo que en cada caso resulte menos perjudicial. Allí donde el dolor de la sociedad sea tan grande que cualquier cambio complace su imaginación, el amo de las apariencias cambiará los nombres de las cosas, modelará carcasas nuevas para esqueletos viejos, y propagará toda voz que diga que algo ha mejorado mientras apaga la que acuse lo contrario. El nombre que se ponga el amo de las apariencias no importa, diremos mientras seamos naturalistas, lo importante es que siempre aparecerá virtuoso, mientras que actúa como le convenga en cada caso, a veces con eso que los engañados llaman virtud, y la abundante mayoría de las veces, como es natural en este mundo cruel, con eso que llaman vicio.

Toda aquella retahíla realista, naturalista y feísta ha resultado sorprendentemente persuasiva. Dejemos ya de imitar sus argumentos. Su seducción se fortalece por las promesas que hace de comodidad, pues hace pensar que una vez comprendidos los corazones humanos, se controlarán sus más destructivos impulsos con pesos y contrapesos de recompensas o castigos. O sea, que con buena administración los placeres se podrán tener en abundancia y fácilmente, que el camino será suave y yace muy cerca (llevamos cinco siglos de promesa moderna, ¡ya debe faltar poco!). Supónese, para que el proyecto funcione, que un Proteo como este gobernante puede hacer una sociedad funcional a partir de cualquier conjunto de seres humanos, tengan el carácter que tengan. Sin embargo, todo eso es mentira. Lo que el gobierno de la crudeza logra no es una organización de los hombres tal como son, sino un robustecimiento de la crueldad a la que los hombres pueden llegar. Y si es mentira, ¿por qué entonces, seguimos de nuevo y de nuevo confiando en que venga de nuevo el cambio, el que ahora sí haga bien lo mismo? Probablemente porque ante la reflexión sobre este engaño no hay sino sudor, un camino largo, arduo e inclinado. Lo falso no es la abundancia de la guerra, ni tampoco la mayoritaria inclinación a hacer lo que sea con tal de escapar del dolor o la muerte, ni tampoco que sea posible vivir bajo la clase de control que pretende el amo de las apariencias; lo falso es que en esto consista vivir bien. El encantado por la promesa no se da cuenta de lo que tiene más cerca: en la vida pública, en la privada y en todo intento por vivir políticamente confiamos seriamente en nuestra capacidad para reconocer lo preferible, y en ello, para articular la diferencia entre sobrevivir y vivir bien. Las apariencias no son mentiras, no son puros inventos del original ingenio; son verdades parciales, inicios del camino, invitaciones a la razón. Todos, o casi todos, confiamos en que la comunicación es posible y en que la palabra tiene sentido, desde lo más cercano a nosotros: las apariencias. Éstas son posibles porque podemos percibir dicho sentido en las acciones y juzgarlo. Hay acciones que parecen justas. Las hay admirables por valerosas. Esto es independientemente de si en tal o cual caso resulta que sí lo son. Si en serio fuera natural lo que así llaman los dizque naturalistas y la vida humana consistiera únicamente en los hechos como ellos los pretenden, nada sería como es en nuestra experiencia. No habría anhelo, proyectos, expectativas, preferencias, inclinaciones, reconocimiento del carácter de los demás, ni creeríamos tampoco que percibimos quien es buena persona, y a quien nos gustaría parecernos, en mayor o menor medida. Pero todo esto lo hacemos. No habría crueldad tan grande que no pudiera el Estado, con todos sus incalculables recursos abocados a ello, disfrazar de progreso. Pero la hay. ¿Hay misterio entonces en que los naturalistas hayan querido siempre concluir que nadie es dueño de sí mismo más allá de lo que cree por alguna, simple o complicada, ilusión? Lo que confunde a quienes piensan que un gobierno puede cambiarlo todo por su novedad es que éste aparenta que la virtud y el vicio se deciden cada que se renueva la jornada, como movidas de una estrategia diseñada por un administrador tan potente que modela la realidad. Nada impide en principio, pues, que su dominio sea un Estado totalitario. Pero su gobierno es apariencia y al centro de su espectáculo, resulta que el engañador es el peor de los engañados. No se puede reconocer la importancia de la justicia para la vida pública y, al mismo tiempo, querer que la justicia cambie cada quince días según convenga al régimen de renovación y transformación. Si la apariencia no es sencillamente falsa, no podrá el amo de las apariencias ni con todas sus fuerzas encantar al mundo entero para que baile su son. Sólo será amo en apariencia, porque no puede gobernarse ni a sí mismo. Y pasarán cientos o miles de años, pero ninguna moda nueva puede empañar la importancia de preguntar cómo vivir mejor, ni tampoco de si es peor hacerle mal a otro o sufrir el mal. Y escribió alguna vez un osado estratega que virtud es la del gobernante que merece su puesto porque puede defenderlo actuando como sea, ante la contingencia que sea, y que la fortuna es como un río que a veces se calma y a veces se embravece: este maleable modelador de gobernante podrá con anticipación poner diques y hacer presas, y usar el agua como mejor le convenga sin sufrir jamás ni un solo percance por ella; pero como buen estratega, pensó cuánto podía hacer con el agua sin pretender nunca entender qué era.

Vive la Vida

Casi nadie se imagina lo que es vivir diez años con dolor, no importa el lugar donde éste aparezca ni la intensidad que tenga. Lo que importa es que sea día, noche, madrugada, está ahí presente. Lázaro no pudo soportarlo más: desde un principio, la medicina le había garantizado que la enfermedad no lo mataría; sin embargo, no podía hacer nada contra el dolor. Harto de una vida así, tras diez cansados años, maldijo el momento ya para entonces muy lejano en el que decidió vivir. Luego jaló del gatillo y se sintió libre para siempre.

Dictadura del olvido

Dictadura del olvido

(En torno a la amnistía)

 

Si bien las cualidades personales no bastan para constituir una dictadura, tampoco son suficientes para evitarla. En democracia, por su parte, ha de evitarse la razón de Estado con el mismo celo con que ha de prevenirse el estilo personal. Por ello las señales de la posibilidad de una dictadura han de buscarse en la transgresión entre lo público y lo privado, identificarse en los momentos en que lo legal se asume como voluntad personal o en que la opinión particular se propone como ley general. Riesgo inminente de que la dictadura acecha a la democracia es cuando una demanda legítima de justicia resulta vilipendiada por la opinión del líder. Aunque no se quiera ver, vivimos un riesgo real y no sólo por el carácter y las cualidades de Andrés Manuel López Obrador.

         Iniciados los foros de consulta para la reconciliación y la pacificación, la propaganda oficial y oficiosa ha repetido el llamado a la unidad “por el bien del país”. Sin atender a la legalidad del asunto o al trabajo de las víctimas organizadas, los propagandistas repitieron la presentación de la situación extrema a que podrá llegarse si no se atiende ahora el llamado del futuro presidente. Casi como chantaje, la propaganda ha dicho que si no se acompaña en esto a la nueva administración estará comprometido el futuro del país. ¿Cuál es la medida por la que se prueba el extremo del llamado? ¿Cuándo se probó que el país estará en vilo si no se acata la decisión gubernamental? ¿No es necesario suponer al futuro presidente, consolidando un fuerte presidencialismo, como posibilidad única de salvación para que el alegato de la situación extrema funcione?

         En la inauguración de los foros, un grupo de víctimas reclamó, explicable y legítimamente, contra la propuesta de amnistía del futuro presidente. La respuesta del López Obrador fue que respeta a quienes no piensan como él, pero que la patria es primero y por el bien del país las víctimas han de acatar su propuesta. ¿Cómo entender la respuesta que recibieron las víctimas? ¿La respuesta se distingue en algo de la inculpación (“son malandros”) y la nulificación (“son daños colaterales”) calderonistas, o de la procrastinación legalista y el intento de desdibujamiento mediático del peñanietismo? ¿Dicha respuesta anuncia acaso que las víctimas, la familia de nuestros demasiados muertos, están más cerca de hallar finalmente la justicia?

         A mi juicio, responder al dolor de las víctimas con la razón de Estado combina la insensibilidad de Peña Nieto y la testarudez de Calderón Hinojosa. Si don Enrique usó a las instituciones parapetando su inacción y don Felipe escudó en la figura presidencial su incapacidad de reconocer los propios errores, parece que don Manuel usará la investidura para instaurar su opinión y a las instituciones para ejecutarla. La razón de Estado es cerrazón a la comprensión de las víctimas, simulación de la justicia, tentación totalitaria.

         Sin embargo, la tentación totalitaria no es un asunto exclusivo del futuro presidente, ni el problema se reduce a sus seguidores. La tentación totalitaria es peligrosa cuando los miembros de la sociedad asumen la situación extrema, cuando se acepta la razón de Estado, cuando admiten viable la dictadura. El consenso aparente en torno a la unidad es peligroso. La renuncia a la crítica lo es más. ¿Cómo explicar que entre los principales periódicos sólo uno citara completa la respuesta del futuro presidente a las víctimas? ¿Cómo explicar que hasta ahora sólo Javier Sicilia ha criticado la respuesta y señalado el riesgo totalitario que ella trasluce? ¿Cómo entender que nuevamente la nación prefiera el desprecio a las víctimas, guardar silencio ante tan indignante respuesta  y sumarse embelesada (incluso aplaudiendo la respuesta por provenir del líder) a un proyecto político? La amnistía propuesta será una renuncia a la justicia, conciliación por decreto, dictadura del olvido.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. ¡Oh, patria sentimental! Tierna tierrita del nopal, la baba y la alabanza. Raza broncínea de agachados, gachos y agachones. No, lector, no me he puesto sentimental, sino que son los combativos camaradas del terruño quienes andan con el corazón en la mano, deshojando margaritas por las plazas, colmados de felicidad. Muchachitas enamoradas que cambiaron los recios anhelos de la revolución por el suspiro pispireto por el caudillo. Ven al líder, suspiran, se ruborizan y afirman, como Enrique Galván Ochoa en La Jornada del martes: «Buscaba la Presidencia, ganó el país». ¡Qué conmovedor! Aunque no deja de ser ridículo. Tan ridículo como el enamoramiento burguesito del doctor Lorenzo Meyer, quien dijo el jueves en Reforma: los simpatizantes del futuro presidente pueden restarle apoyo cuando no pueda atender lo que le solicitan, por lo que se necesita evitar un exceso de demandas y mantener el apoyo. ¡Chin! ¡Exceso de demandas! A ver, niños, bien formaditos y a repetir las demandas aceptadas por el régimen. Ah, patria mía, qué tiempos tan inspiradores en que los revolucionarios de antes son los bien portados de ahora, en que los que antes denunciaban con rabia ahora elogian con labia. ¡La cuarta transformación!

Coletilla. «No estamos viviendo tiempos rebeldes, al contrario, estamos en la época de la asimilación inmediata. La rebeldía no es perseguida, el derecho a expresarse lo ejerce hasta la idea más estúpida. En las redes, el insulto es libertad de expresión. La masa aullando y linchando es opinión pública». Avelina Lésper