Educados para no ver

Comúnmente el futuro genera incertidumbre. A diferencia de generarle excitación o serle motivo de valentía, al hombre moderno le produce una zozobra explícita o encubierta. Frente a este hecho, urde planes y proyectos para confrontar su porvenir. Su faceta profesional tiene piedra de toque aquí. Busca sustentarse para rehuir de la incertidumbre. No sólo trabaja por un cuantioso salario, uno que le permita llevarlo a la complacencia. Sentirse ocupado lo hace descubrirse como un ser útil o, al menos, como con aspiraciones claras y utilidades bien definidas. En este marco, hay una comprensión interesante de la formación. No es coincidencia que, en tiempos donde el trabajado enajenante es entronizado y sufrimos zozobra, los estudios se perciban urgentes. Estudiamos no para buscar o indagar sobre el futuro, sino para asegurarlo.

La vulgarización más grande de esta comprensión la encontramos fácilmente en las universidades. La persecución de un título es un acceso al mercado laboral. Avala la preparación y acredita las habilidades necesarias, básicas, para desempeñar un empleo. Una vez obtenido el oficio, numerosos universitarios asumen tener una posesión; una base sólida que los respalden. En este caso, la educación no es un acto que refiera a sí mismo ni que se complete por sí mismo. Inherentemente, desde su inicio, su meta es únicamente su conclusión. Comenzar a estudiar para acabar de hacerlo; un acto que acontece con más ceguera que con claridad. El fin laboral cotidianamente legitima la educación, sin embargo oculta algún fin propio. Siendo comparados con el título, tienden  a desprestigiarse otra clase de estudios, como el grado técnico u oficio. Regularmente los primeros se perciben como auxiliares a las profesiones y los segundos como saberes que carecen de la certeza y orden a los universitarios. Lejos de una jerarquía epistémica, hay una jerarquía en función de la utilidad laboral. Con la universidad y escolaridad moderna, la educación no se asume como paralela a la vida humana. Es una recta que parte de la niñez a la adultez y solvencia propia.

Dentro de esta situación, cabe una explicación a la deserción escolar. Intriga a especialistas y políticas por qué, conforme los infantes crecen, abandonan las aulas. El tumulto de niños se ve reducido al par de doctores. Además de la presión de los padres, ¿habrá una cualidad propia del niño que lo ayude a mantenerse en la escuela? Otra respuesta es la limitación de condiciones que permitan la formación del estudiante. Entiéndase limitaciones económicas. Posiblemente. No obstante, si un educado se entrega obedientemente a la presión económica, quizás algo falló en su educación. La pobreza no debería razón últimas de los actos humanos. Vale más la pena revalorar cómo percibimos nuestra propia educación y sus fines inherentes.

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