Sobre la costumbre de la vestimenta

Cuando me encuentro en discusiones en las que se critican las costumbres, las propias costumbres, siempre hay alguien que desnuda su renuencia a la costumbre de vestirse. Claro, el exhibicionista de su pensamiento va vestido, y en ningún momento de la discusión intenta llevar a cabo su crítica a las costumbres. Pero recalcarle eso no lo disuade de defender que el estado natural del hombre es la desnudez; según él, viviríamos mejor si todos estuviéramos desnudos. La idea es frágil, de poca resistencia, pues bajo pocos climas es saludable el carecer de vestido. En los programas de Discovery Chanel, en los que al parecer sustenta su argumento, las tribus que van sin vestido habitan en lugares cálidos. Además, no siempre están a la intemperie, pues habitan en chozas que los protegen de los fríos nocturnos. La idea de que la costumbre de vestirnos es algo anti natural es algo que estoy acostumbrado a escuchar.

Que las vestimentas sean tan variadas entre los humanos alrededor del globo no quiere decir que el vestir sea una costumbre. Aunque tampoco se puede decir que sea algo enteramente natural, pues no nacemos usando la protección a las partes más sensibles de nuestro cuerpo. La costumbre parece ser el tipo de vestido que usamos, la variedad de las telas y los colores, así como las combinaciones que empleamos. Lo natural es usar la técnica para protegernos. Una segunda opción de lo natural en la costumbre de la vestimenta la sugiere Michael de Montaigne, al señalar que mediante la vestimenta manifestamos alguna disposición pública. El ensayista se refiere principalmente a la vestimenta como distintivo de la realeza. El monarca se distingue de todos los demás por la finura y el oropel que lo recubre. Un religioso también utiliza un ajuar distintivo. Mediante la vestimenta también podemos distinguir a un simple soldado de un general, o a un policía de un civil; ciertos funcionarios o trabajadores del gobierno hacen uso de insignias para mostrar que son servidores públicos (en su mayoría son insignias pequeñas, supuestamente por elegancia, aunque no debemos descartar que sean pequeñas por la vergüenza que les da a algunos usarlas). Pero no sólo la gente de estado, quienes buscan ser reconocidos, y de la iglesia utilizan ropas que señalen y distingan sus actividades. Los médicos, enfermeras, mecánicos, obreros, chefs, meseras, usan uniformes peculiares, en la mayoría de los casos porque realizan sus labores con mayor comodidad y menores riesgos. Hasta los oficinistas han imitado el uso de uniformes en su vestir (ellos quizá debido a que aspiran a ser ejecutivos y tal vez sean felices sólo con parecerlo). La idea de Montaigne podría llevarse más lejos. Hay quienes usan menos ropa que los demás, así como quienes se tapan todo lo posible; también están las personas que se visten completamente de negro o las que se pintan el cabello de colores. Uno que otro se viste imitando a las caricaturas japonesas o norteamericanas. Toda peculiaridad en la vestimenta manifiesta algo que queremos expresar.

Yaddir

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