Sellos en alumnos

Con ojos infantiles siempre hallé cierto encanto en los maestros. De niño recuerdo cuando un sello calificaba las virtudes y vicios de cada estudiante. El loro era para el más hablador; el mono para quien gustaba columpiarse entre las filas; el burro para quien arrastraba sus patas en el camino del conocimiento; el marrano no era para el más glotón, sino el que hacía de su cuaderno un chiquero. Aparte de los conocimientos puestos a prueba, los docentes valoraban la conducta. Creían que la comida podría ser una distracción o la suciedad en la tarea sería una mancha en la disciplina. Además de sellos punitivos, también había otros que nos reconocían positivamente. El búho para quien trabajaba amparado por Minerva, el estudiante que sobresalía por su tenacidad recibía una gacela bizarra.

Personalmente, recuerdo que en Inglés también se utilizaban esos sellos (obviamente con leyendas en dicho idioma), mas ésa no era la mayor presea.  Durante varios años aquel departamento organizaba el Spelling bee, concurso basado en el deletreo de palabras. En las versiones televisadas, en Estados Unidos, el público es americano, a lo largo y ancho del país; aquí la invitación era abierta y usualmente asistían nuestros papás. Yo tenía una rival un año mayor a mí. Tenía cabello rizado, ojos chiquitos y rasgados, mejillas circulares y una piel bonita de blanco. No recuerdo bien el marcador final, sin embargo creo que ella acumuló más triunfos. Su madre siempre la presumía, era su orgullo, incluso al grado de fastidiar a sus amigas. Al terminar, supongo, su entusiasmo no cabía cuando su hija ganó la beca para el Tec de Monterrey. Cursó la preparatoria y terminó ahí su carrera. El par de veces que lloró por calificación, el empuje de su madre, el amor por el triunfo, la graduó en una de las tres universidades más reconocidas del país.

La escuelita me arropó en el sendero a la excelencia. Nunca me sentí con suficiente flaqueza para abandonarlo. Los elogios, cumplidos, porras, dieces y, por supuesto, sellos, siempre me impulsaron al cumplimiento de mis metas. Al menos las escolares. El trabajo en conjunto entre alumno y docente rinde frutos. Las fustigaciones en tinta coadyuvan a la disciplina y motivan a aclarar el entendimiento. Si es sumamente significativo el acceso por imágenes en los jóvenes, mis tareas y dictados evaluados bajo sellos debieron haber dejado una impresión alentadora en mí. Junto a esto, festejar los cumpleaños eran lapsos que rompían de manera excitante la rutina. El maestrito repartía pastel y gelatina a todo mundo (subdirectora,  secretarias, otros profes, señoras de limpieza, el resto de mis compañeros). El receso no era el mismo y trocaba en una fiesta infantil. Trabajo y recreo, esfuerzo y juego, rectitud y relajación. Entrando a la universidad, perdí mucho de este encanto. A pesar de que mis ojos se tornen acuosos, es inevitable voltear a mi  primaria y secundaria con nostalgia.

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