La razón viva

La razón viva

Existe una especie de tendencia en ciertos entes vivos a incluir el afecto en las actividades que les permiten mantenerse. Es como si la teleología no pudiera simplificarse demasiado, pues aunque no comprendamos las finalidades a través de una reducción (visión que imposibilitaría la sabiduría), es cierto que ante lo natural no tenemos primero más que la observación. Esos afectos revelan cierta inteligencia de los cuerpos. Uno cree que llega fácilmente a la exploración de lo vivo reconociéndose racional, lo cual es un absurdo porque lo racional es también un rasgo de algo vivo que no se comprende a fondo sólo notando que tenemos palabra. En ese sentido, ¿qué puede explicarse sobre lo natural sin autognosis? La autognosis sería el ejercicio más donoso de lo vivo que trata de coordinar la causalidad con aquello que la mantiene como tal. Como no parece haber inteligibilidad sin inteligencia, la conclusión más sencilla sería abstraer nuestra naturaleza para afirmar que es la razón lo que nos determina plenamente. ¿Puede definirse lo que entendemos por razón sin involucrarnos en el problema de dar razón de lo que uno es y, por tanto, de lo que uno es en el orden racional que intenta comprenderse?

La pregunta no ignora el hecho de que recientemente hemos creído dar con un camino certero a la respuesta. Nunca antes se había sabido con tanto detalle, nunca se había estado consciente de los muchos detalles que aún faltan en torno al conocimiento del cuerpo y sus distintos sistemas y órganos. ¿Qué podría aportar una ignorancia profana a la investigación seria? No obstante, hay algo que no nos deja ceder tan fácilmente. El conocimiento del cuerpo y de sus órganos no es propiamente autognosis más que en un solo sentido. De cierto modo, para creer que el conocimiento del cuerpo responde satisfactoriamente la pregunta por nuestro ser, es necesario haber aceptado que lo humano está claramente limitado por esas relaciones de la materia. Sin reducir la reflexión -como quisiera un materialista poco reflexivo- al debate por la necesidad de una prueba científica moderna del alma humana, no será tan errado decir que también la autognosis requiere de un conocimiento que se nos escapa si no pensamos en que la inteligencia y los afectos humanos comunicables nunca son sencillos: responden a problemas personales, a símbolos íntimos en los que se oculta la posibilidad de la imitación, a situaciones que apenas alcanzamos a ver en su totalidad.

Hablar de dualismo entre la materia y el espíritu deja de ser preciso cuando uno quiere explicarse a sí mismo. Ni los afectos más sencillos y comunicables parecen iluminarse en esa oposición. Uno pensaría que la historia siguió aquello que Nietzsche llamaba platonismo al extremo de llegar a exaltar la razón sin notar cómo eso encubría las desigualdades evidentes en todos. No obstante, ¿no es verdad que el platonismo es un término exitoso ante quienes se hallan lejos de la autognosis? En última instancia, ¿es la voluntad de poder algo que se conoce o se interpreta? En todo caso, la pregunta exige que busquemos e interroguemos por la posibilidad de orientar la propia vida, incluso aceptando el caos. Tal vez el problema del nihilismo consista en que no alcanzamos plenamente a descubrir la dificultad de que la palabra tenga sentido para la vida. Esa dificultad no es imposibilidad: cuando nuestras explicaciones se nos revelan insatisfactorias ante lo experimentado, nada queda sino empezar otra vez.

 

Tacitus

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Aroma en flor

(Palabra y memoria)

Es interesante pensar en las actividades primeras del hombre según el Génesis, pues siguiendo el relato, Adán y Eva realmente no hicieron nada más que disfrutar de la vida eterna y el mérito más grande que se le puede atribuir a la humanidad es el de gozar y dar nombre a las criaturas del mundo. Es decir que el gozo que tenemos cuando señalamos con la palabra, es porque aún lo hacemos como un mandato divino. Hablar es de dioses o semidioses, los animales en el jardín primero, no hablaban.

Pero hablar es también una forma de la rebeldía. El hombre habló de más y fue expulsado del paraíso, o si le creemos a Darwin, hablar no es natural. Palabrear es alejarse de dioses, dogmas, demonios o determinismos biológicos. La palabra es la forma más pura de la libertad, pues es a su vez, la parte más visible del alma. Sea como sea, para que el hombre conviva no puede prescindir de la palabra o alguna especie de logos. Aunque la palabra es lo más claro y sinuoso a la vez. Pues oculta y desoculta en la medida en que el hombre es relámpago y sombra. Ya que tan pronto lo ilumina todo como lo obscurece todo. ¿Qué es el hombre?

Desde los aforismos de Heráclito hasta la última novela de Paul Auster, la palabra es reveladora de nuestras preocupaciones, preguntas eternas, así como de nuestro talante. Según Chesterton, “nos distinguimos de los animales porque ellos no hablan cuando comen, se gruñen, pero no dicen qué delicioso te quedó este platillo”, quizá también porque no cocinan. El lenguaje nos vuelve más humanos, nos devuelve en parte al edén original o nos aleja, según entendamos las escrituras y entendamos la libertad.

Pero acaso del edén se nos olvida lo siguiente: que era un jardín cultivado por Dios. Por eso algunos, pensando en su extensión, lo ubican en el Sahara, y otros más modestos en el patio trasero de su casa; algunos más ociosos lo ubican en su alma, o dicen cultivar su espíritu, con lo que quieren decir que también la palabra se cultiva, dando buen fruto.

Para que el fruto salga ha de rastrillarse la tierra, y después el fruto ha de romper desde abajo para que brote a la vida nuestra flor. Vamos en todo del interior al exterior y viceversa. Una vez nacido el tallo, hay que procurarle los cuidados para que sea bello. De otro modo la flor se vuelve pedestre, así como el maldiciente, y no habrá quien diga, qué hermoso aroma tiene la azucena. El aroma viene del alma, la palabra se rompe y esparce su perfume que hemos de saborear por un buen tiempo si el jardinero es hábil criador.

La palabra es caricia etérea, fruto infinito para la sed del espíritu. Siempre estamos sedientos de ella, o tratando de recuperar su aroma: recuerdo. La palabra nos dice quiénes somos, porque volteamos al pasado, pero, ¿quién puede predecir el pasado, es decir, lo que vendrá a la memoria?

Javel