Aroma en flor

(Palabra y memoria)

Es interesante pensar en las actividades primeras del hombre según el Génesis, pues siguiendo el relato, Adán y Eva realmente no hicieron nada más que disfrutar de la vida eterna y el mérito más grande que se le puede atribuir a la humanidad es el de gozar y dar nombre a las criaturas del mundo. Es decir que el gozo que tenemos cuando señalamos con la palabra, es porque aún lo hacemos como un mandato divino. Hablar es de dioses o semidioses, los animales en el jardín primero, no hablaban.

Pero hablar es también una forma de la rebeldía. El hombre habló de más y fue expulsado del paraíso, o si le creemos a Darwin, hablar no es natural. Palabrear es alejarse de dioses, dogmas, demonios o determinismos biológicos. La palabra es la forma más pura de la libertad, pues es a su vez, la parte más visible del alma. Sea como sea, para que el hombre conviva no puede prescindir de la palabra o alguna especie de logos. Aunque la palabra es lo más claro y sinuoso a la vez. Pues oculta y desoculta en la medida en que el hombre es relámpago y sombra. Ya que tan pronto lo ilumina todo como lo obscurece todo. ¿Qué es el hombre?

Desde los aforismos de Heráclito hasta la última novela de Paul Auster, la palabra es reveladora de nuestras preocupaciones, preguntas eternas, así como de nuestro talante. Según Chesterton, “nos distinguimos de los animales porque ellos no hablan cuando comen, se gruñen, pero no dicen qué delicioso te quedó este platillo”, quizá también porque no cocinan. El lenguaje nos vuelve más humanos, nos devuelve en parte al edén original o nos aleja, según entendamos las escrituras y entendamos la libertad.

Pero acaso del edén se nos olvida lo siguiente: que era un jardín cultivado por Dios. Por eso algunos, pensando en su extensión, lo ubican en el Sahara, y otros más modestos en el patio trasero de su casa; algunos más ociosos lo ubican en su alma, o dicen cultivar su espíritu, con lo que quieren decir que también la palabra se cultiva, dando buen fruto.

Para que el fruto salga ha de rastrillarse la tierra, y después el fruto ha de romper desde abajo para que brote a la vida nuestra flor. Vamos en todo del interior al exterior y viceversa. Una vez nacido el tallo, hay que procurarle los cuidados para que sea bello. De otro modo la flor se vuelve pedestre, así como el maldiciente, y no habrá quien diga, qué hermoso aroma tiene la azucena. El aroma viene del alma, la palabra se rompe y esparce su perfume que hemos de saborear por un buen tiempo si el jardinero es hábil criador.

La palabra es caricia etérea, fruto infinito para la sed del espíritu. Siempre estamos sedientos de ella, o tratando de recuperar su aroma: recuerdo. La palabra nos dice quiénes somos, porque volteamos al pasado, pero, ¿quién puede predecir el pasado, es decir, lo que vendrá a la memoria?

Javel

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