Este bigbandbloguero se fue de vacaciones forzadas por la fiebre.

Nos leemos en quince días.

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El soledoso arte de narrar

El soledoso arte de narrar

Algunos creen que el escritor imagina una trama completa y la distribuye habilidoso en frases. ¡Eureka, tenemos una novela! Otros más consideran que el escritor tiene una idea y va buscando modos de expresarla, tasando la gramática alquímicamente. No faltará quien piense que para narrar se requiere primero la privilegiada mirada que reconoce entre lo diario aquello que puede ser narrado. O bien, habrá quien crea que la obra literaria es producto de la planeación, el ejercicio y el profesionalismo. ¡Metodología de la obra maestra! Pues los lectores preguntamos con entusiasmo por la obra literaria, creyendo que el autor es la autoridad para respondernos todo sobre la obra. Creencia, por cierto, que encuentra su problematización más literaria en Versos de vida y muerte de Amos Oz.

La novela de Oz ofrece una apariencia inicial: se trata del discurso interno de un escritor que reflexiona sobre el arte narrativo a causa de un evento cultural en que será cuestionado sobre su obra literaria. Así, la novela nos va presentando el monólogo interior del autor (que permanece anónimo a lo largo de la obra, pero que es popular y famoso; contradicción, por cierto, con la que Oz nos permite ir más allá de la apariencia inicial. El autor se llama a sí mismo el autor en su discurso interno; nadie se nombra a sí mismo como el autor al interior de su alma. Oz es el autor de un autor que es autor de un autor), al tiempo que va desarrollando lo que parece ser la acción. La acción, empero, nunca se presenta directamente, sino por medio de lo que en la apariencia inicial es el discurso interno del escritor. ¿La acción se realiza por la narración del escritor o el escritor narra la acción realizada?

En cuanto nos percatamos que la acción de la obra siempre es incompleta, o potencial, también nos percatamos de la inexactitud de la apariencia inicial: el discurso interno del autor reúne indistintamente los pensamientos y las impresiones, las reflexiones y las imaginaciones, del personaje llamado el autor. Distinguir la indistinción es importante porque apunta al hecho literario. Cierto, el autor sentado en la mesa de un café imagina el pasado y el futuro de la mesera, la peripecia de quienes ocupan la mesa contigua, la tragedia del conocido común de los vecinos de mesa, la relación posible entre el conocido común y la mesera, o entre la exnovia imaginada del exnovio imaginado de la mesera apenas vista y el imaginado desconocido conocido común de los vecinos de mesa… El discurso interno del autor es imaginación de la experiencia cotidiana, al tiempo que narración, recreación de esa misma experiencia. ¿Las acciones ocurren realmente o es nuestro modo de reunir la experiencia lo que nos permite reconocer las acciones?

Si no hay acciones fuera del marco de un discurso, el origen del discurso es la fuente de nuestra vida diaria. Vivimos en tanto hablamos; los hablantes somos los creadores de lo que vivimos. Sin embargo, Oz no permite que lleguemos a esa conclusión tan sencillamente. El que en la apariencia inicial es el discurso interno del autor y que en una segunda mirada es la imaginación narrativa de un autor aparece pronto como el discurso interno del autor, de aquellos con los que se relaciona el autor y del punto de vista del espectador que es el lector (algo así como ese efecto único de Virginia Woolf al cambiar la fuente de la narración entre los personajes sin que ninguno agote la narración por sí misma). O bien aquello que nos narra nos hace narradores que crean el marco desde el que surgen las acciones, o bien el autor es narrador de las narraciones ajenas y la vida es la reconstrucción literaria del desconocimiento de los otros. ¿Qué es aquello que nos narra? ¿Qué autor puede ser tal que su narración reconstruya la vida de los otros?

No se trata en Versos de vida y muerte de crear con la palabra, aunque a varios lectores les podría ser fácil esa blasfemia. El título de la obra está tomado del título de una obra que forma parte del discurso interno de la obra misma. Versos de vida y muerte nos presenta en varias de sus páginas algunos fragmentos de los poemas de un personaje que intituló su poemario Versos de vida y muerte. La narración novelística crea la obra poética. El lugar de los poemas es el intrincado sitio desarrollado en la novela. En la ejecución de la obra poética encontraremos el lugar de la creación novelística.

Versos de vida y muerte (poemario) es una obra tradicional del sionismo que reivindica al Estado de Israel y a los valores del mismo Estado. Según nos enteramos por la novela, los poemas fueron muy populares en un momento anterior a aquel en que se desarrollan el discurso y la acción de la novela; ahora, no se sabe si el autor sigue vivo y sólo los mayores recuerdan los poemas. La popularidad se explica por la intención nacionalista de los versos. Los poemas arraigan entre la gente, se popularizan, se vuelven necesarios, cuando expresan las opiniones de su tiempo, cuando confirman las convicciones de sus coetáneos, cuando nos dan la razón. Versos de vida y muerte (poemario) es el opuesto a Versos de vida y muerte (novela), que ve con ironía el nacionalismo, que cuestiona las opiniones de su tiempo, que impide confirmar cualquier convicción de sus coetáneos. En tiempos en que los lectores opinan que el lenguaje es sólo un problema, Amos Oz nos hace preguntarnos sobre la distinción entre palabra e imaginación, difuminando dicha distinción. En tiempos en que algunos lectores tienen la convicción de que el lenguaje es yahvista, Amos Oz nos conduce a considerar que el lenguaje sólo es posible por la distancia que da la imaginación: los hombres no creamos con las palabras, sino que por ellas salen a la luz las creaciones. ¿Quién crea? Amos Oz crea un autor que crea un discurso que crea a un autor que crea un poemario que crea a un autor que crea un modo de vida. El autor concluye con toda autoridad: la vida es una alegría que acaba en llanto. ¿Entonces quién crea la alegría? ¿Acaso podremos evitar el llanto?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. Un accidente demasiado perfecto. Tras él, el presidente interpreta los hechos como un problema moral: que no lo acusen los neofascistas. El problema, empero, es legal. Ni el presidente por encima de la ley, ni la moral como excepción de lo legal. Fue un accidente demasiado perfecto.

Coletilla. La revista Letras Libres celebrará 20 años con su número de enero de 2019, un número imperdible, lector, que has de ir a comprar lo antes posible. ¿Por qué? Porque su portada será origen de una polémica importante; podríamos decir que la ilustración de portada llevaría por título “La Rapsodia Bohemia de López Obrador”. El artículo principal es de Enrique Krauze y está dedicado a una detallada revisión de los libros de historia que ha escrito el presidente López Obrador. El historiador muestra la distorsión ideológica de la historia que permea en las opiniones del político que se jacta de estar haciendo historia. Además, el número incluye una narración de Héctor Manjarrez (que este año publicó sus relatos reunidos en Historia), un ensayo de Ian Buruma sobre la libertad del arte y poemas de Hernán Bravo Varela. Además, se celebran cincuenta años de traducción poética de Gabriel Zaid, presentando versiones del sabio mexicano a poemas de: Voltaire, Po Chu Yi, Shakespeare, Geoffrey Hill, Paul Celan, Janos Pilinszky, Richard García, George Bataille, Jan Zych, Fouad El-Etr, Dorothy Parker, Nerval, Safo, Vidyápati y Pessoa. Imperdible, lector, Letras Libres de enero de 2019.

Andamio nocturno

Andamio nocturno

Nuestro rostro no tiene brillo natural alguno: por eso la máscara ritual de los cosméticos sólo es un trazo esquivo de polvo. Diría Voltaire que la máscara nos puede distinguir de Adán; nuestro padre de barro no conocía, según el francés, el placer civilizado de sanear la imagen decadente, como no conocía ­—por ser padre antiguo— refinamiento alguno. Pero en la noche nos perdemos para los demás; quizá sólo nos queda la voz envuelta en los sentidos titubeantes, como dejados a la suerte de la experiencia y el recuerdo. Nadie se sabe voz errante en tanto confunda las tinieblas con la luz; sólo Dios pudo separar lo que había creado en un día, algo imposible para esa carne sostenida como imagen animada de sí mismo, cuya fragilidad sobrevive muy cerca en realidad del vigor fortalecedor de la vida genuina. Era en medio de la penumbra vuelta drama metafísico que Descartes salía avante con su luz natural, a la que parecía corresponderle ese nombre por haberla visto en sí mismo. Pero ¿qué penumbra había para un hombre tan instruido como él? Quizá era sólo la duda lo que parecía sostener toda la luz ajena como algo inservible. ¿Qué habían de ser las palabras sino emisarias de aquella luminosidad geométrica en la cual se interpreta a la naturaleza desprendiéndola de la materia para el uso humano? El camino de la arquitectura metódica requería también del baño en la quietud de la reflexión. ¿Será sólo pasión biográfica o pericia retórica la que presenta dicho cuadro? La luz natural redescubre las posibilidades del arte. Pero la luz no es un fenómeno tan simple como para disiparse por nuestra voluntad. Sólo hasta que la palabra revela la manera en que la sequía habita nuestra boca, uno comienza a recobrar el sentido de la sed. De la penumbra y el desierto uno habla siempre con terror por las pasiones que lo habitan. Pero el agua no es sólo el remedio natural para la sed, es también un símbolo de muerte. La boca es la puerta de entrada natural de la comunión necesaria con el mundo. Uno se revela indigente y desnudo frente a la intensidad del Verbo. Uno es ese niño del que todos se burlan por permitirse sufrir ante lo ignoto. Pero incluso en medio del frío la pasión es todavía posible. Las flores sufren el embate del tiempo; se abren y cierran exhalando un enunciado de vida en la belleza y el tiempo. ¿Cómo no ver un deseo de lo estable en el argumento de la luz natural, lo cual lo transforma en algo herético? La herejía y la falsedad en nuestras palabras serían algo imposible sin la vecindad lejana con lo que no se mueve. En la penumbra, aún queda el misterio que la imagen de la caverna (algo natural) nos intenta mostrar.

 

Tacitus

 

Reflexión del fin

Reflexión del fin

Y el último a quien parió fue al sagaz Cronos,

el más terrible de sus hijos, que cobró odio a su padre vigoroso.

Conócete a ti mismo.

Uno de los primeros conocimientos metafísicos a los que tuvo acceso el hombre fue, sin bacilar, la idea de movimiento y reposo, es decir, cambio y permanencia; con ellos, el fin del movimiento también fue de su preocupación. El primer movimiento al que pudo relacionar consigo mismo fue, muy seguramente, el de la vida, y con ello también apareció la muerte. El hombre comenzó a ser consciente de su fin; supo algo de sí que hasta entonces como animal no había podido contemplar, pues si bien es cierto que los animales saben y perciben el olor y la forma de la muerte, no por ello se preocupan en cómo tratar de vivir mejor, más allá de satisfacer sus necesidades cotidianas. Sólo quien sabe de su irremediable fin comienza a preguntarse por el mejor modo de vida. Sólo aquel que sabe que no sabe de sí, comienza a filosofar.

He dado un salto enorme de la idea de movimiento a la pregunta ética. Porque para ello es necesario que exista el lenguaje, y también es necesario que no demos por sentado que el hombre es un ser temeroso de su fin al que trata de ponerle remedio o al menos una distracción por medio de la fabricación de mentiras. La política sería, en este caso, un acuerdo entre mentirosos y cobardes. El otro aparece por la necesidad de saber quién soy, y no sólo para placer mío como lo dice el progreso. Por ello, hemos de darle otra connotación al hombre. Aceptemos para esto que el lenguaje es algo artificial, un paso de lo natural (lo que crece por sí mismo) a lo creado por el hombre. Aceptemos también que no podríamos dar un solo paso si, para empezar, no creyésemos ni siquiera en la existencia del piso que nos sostiene, es decir, el lenguaje que es un invento, atiende a la naturaleza de las cosas. O lo que es lo mismo, el lenguaje trata de estar lo más próximo a lo que es lo primero por naturaleza.

El hombre es un parlanchín que quiere vivir mejor. El problema del hombre es que dejó de ser natural para descubrirse natural. Sólo hasta que pudo nombrarse: darse propiedades, es que pudo comenzar a ver quién era. El desarrollo de esta segunda naturaleza ¿Lo acerca más a sí mismo o lo aleja de su ser?

¿Hacia dónde va el hombre con todo esto? Es claro que a descubrirse o redescubrirse. Se mueve sin dejar de ser lo que es. Pero también le aterra saber lo que es bajo la mirada de los otros. Pareciera que lo más sensato es permanecer en sí mismo como el salvaje, pues saber de mí por el otro es entregarme a la vanidad. Siempre estaré azotado por el rencor de no ser lo que el otro quiere que sea y este fuego lo azuzará la idea que yo tenga de mí. Mejor no entablar relación con el otro, a menos que pueda rendirme, que en este caso es falsearme, y eso sólo lo logra Ashenbach, personaje ridículo. Entonces, ¿por qué entablamos relaciones con los demás hombres? Pues para dialogar y salir del estado de naturaleza, para ser hombres: animales que se preguntan por sí, bajo el ideal de verdad y justicia. En esta definición el otro ya no es un ser terrible ni un medio para mi placer, sino aquel con quien comparto el ideal de verdad y justicia. Sólo cuando el ideal es tan natural y por ello alto, el juicio de los convencionalismos no es más que paja en mi andar: Sócrates y Quijote parecen ridículos, seres ensimismados en sus mentiras, pero son acaso por ello los más libres. Ellos creen en el piso en que caminan, ríen a costa suya porque así es más fácil amarlos, así es más fácil saber que su lucha es más real y justa, aunque no por ello clara.

Javel

La transformación de Roma

Cuentan algunos que tras la muerte de Tarquino el Soberbio el gobierno en Roma se transformó, dando inicio a la República, de la que muchos se sentirían orgullosos y en algún momento anhelantes.

Roma cambió en varias ocasiones, dejó se ser un sitio sin orden a ser gobernada por unos fundadores, tras la muerte de un rey se sucedió otro y al llegar al séptimo se le expulsó tras una revuelta que dio poder al Senado.

El Senado en Roma con jerarquías toda la vida de los romanos ordenaba, desde el calendario hasta las fiestas determinaba; muchos buscaban convertirse en cónsul, sólo uno cambió el consulado por un efímero reinado.

Cuentan que al transformar a Roma para que dejara de gobernarse por los dictámenes del Senado, se pusieron de acuerdo Julio César, Pompeyo y Craso, de modo que siendo César cónsul de lo que todavía no era el imperio Romano, se dictaran leyes que beneficiaran al triunvirato.

Como los senadores se negaban a votar favorablemente, Julio César los mandaba golpear, en algunos casos hubo quien perdió la vida, y así Roma se transformaba para beneficio de quien siendo joven perteneció al partido que se distinguía por estar en contra de los oligarcas, y a favor de quienes por ellos explotados se sentían.

Cuando las reformas se hicieron, fue necesario mandar lejos al cónsul, así que Carso y Pompeyo hicieron a un lado a César, quien se fue a las Galias a conquistar nuevas tierras, para trasformar sin tiranía a la ciudad que tanto decía amar.

Tras cruzar el Rubicón, César vio huir al Senado, y para perseguirlo dejó a Roma sumergida en el hambre y el desorden que impidió a los ciudadanos vivir como seres humanos, para ordenar las cosas fue necesario transformar nuevamente a Roma y borrar la República que con tantos trabajos se había levantado.

Cuatro cambios sufrió Roma desde que se erigió hasta que inició con la etapa que marcaría la historia de pueblos conquistados e ignorados, cuatro cambios hubo en la ciudad que sería recordada por los gobiernos de varios tiranos, como Calígula o Nerón, quien para cambiar a la ciudad primero la hubo quemado.

Con tantos cambios cabe preguntar por la importancia de conservar lo que se ve como logrado, o quizá es mejor desordenar todo para que al cambiarlo de lugar de todos modos quede igualado a lo que se supone se quería dejar de lado.

Maigo.

Una anécdota

Ahora me doy cuenta que no quería hacerlo. La semana pasada decía que me habían convencido de hacerlo. Pero no soy tan tonta como para no saber que fui yo quien desde el principio decidió echarle la culpa a los otros de lo que hice. Lo hago con frecuencia. Así no me siento tan mal conmigo misma. Pero lo que hice hace un mes es distinto a cualquiera de mis cagadas. No es como arruinar una amistad por un chisme. O decirle gorda y dejada a mi tía en su cumpleaños 40 enfrente de 200 invitados. El aborto es cosa seria. Una decisión completamente individual.

¿Realmente es individual? Me hacían dudar mis amigas y amigos. La individualidad no es igual al egoísmo, es independencia, libertad. Antes no contábamos con lo que contamos ahora. Me decían cada 5 minutos. Pero ellos qué saben. Ellos no tuvieron a alguien adentro por casi 50 días. Nunca estuve sola, es verdad. Pero estar demasiado tiempo acompañada no es lo mío. Tal vez sí quería hacerlo y mis dudas eran provocadas por un fuerte rechazo de mi madre a hacerlo. Ella que me tuvo cuando era muy chiquita, que no tenía dinero para tragar pero que aun así quiso tener una hija, y que nunca le faltara nada. “Me valía madres que tu papá no nos ayudara. Estabas chiquita. Yo me fajaba la herida de la cesárea y me ponía a chingarle. Nunca te hizo falta nada.” La escuchaba constantemente en mi cabeza cuando estaba en la sala, esperando mi turno. Iba sola. Casi todas iban acompañadas por gente que parecían ser parejas o mejores amigos. Creo que ahí fue cuando la duda se me hizo un poco pesada. Me empezó a apretar el cuerpo lentamente. Casi me empezó a costar trabajo respirar. Pero vi a una mujer que lloraba y decía “todo es cuestión de amor; no lo merecía.” Por fin lo había entendido. Y lo hice.

Yaddir

Noche Buena

Tomó su osito de peluche y lo apretó contra el pecho intentando calentarse bajo las cobijas de su cama. Las sábanas estaban heladas. Habían tomado el tono de aquella flor que tanto le gustaba y que sólo florecía en esa época del año. Se sentían húmedas, pegajosas. Pero esta vez no se trataba de la humedad amarillenta con la que se teñía su cama cada Noche Buena en la ansiosa espera de Santa. Esta humedad era distinta. Era la humedad de quien ha dejado de creer, de quien ha madurado. La humedad rojiza de la desesperación y de la última salida. Santa ya no llegaría a esa casa, a ese cuarto, a esa cama. Junto a la cálida sensación del osito en sus brazos, sintió el frío acero del revolver, mientras entraban desde afuera los cálidos destellos de unas luces rojiazules a través de la ventana.

Gazmogno