Digresión del espejo

Digresión del espejo

¿A qué doctrina recurre uno para reconocer sus falsedades? ¿Cómo comprender que la historia de las doctrinas es irrelevante? Doctrinas morales ha habido muchas: puede creerse que todo se resuelve logrando argumentar a favor de una por medios personales. Pero lo importante de lo moral es la comprensión de nuestros actos. Y la comprensión no se agota teniendo claros los medios y fines. Eso sólo es facultad de planear, no comprensión de uno mismo. Incluso la palabra doctrina ha perdido sabor bajo la especialización. Al pensar que la doctrina es un conjunto de enunciados y proposiciones que se coordinan para señalar un punto de vista, el problema se ha evadido. Para que haya doctrina tiene que haber algo por saber, algo enseñable, para lo cual no es necesario que todos estén facultados para conocerlo todo. La tecnocracia requiere adornar con datos y evidencias el altar del vacío: cree que lo importante para las audiencias y la educación es la información clara. ¿Ese tropiezo invalida la educación moral?

Afrontar la dificultad de educarse requiere de reflexión sobre la hermenéutica en general. Dado que somos entes de palabras, no puede esperarse que la interpretación se limite a la comprensión de libros. Leer sería imposible si a cada momento tuviésemos que parar para reconocer si acaso las grafías encarnan átomos unidos al azar. La lectura es sabrosa cuando sabe a algo que se vive. El problema de vivir, una vez visto bajo la luz adecuada, es el conocimiento de sí. Dicho así, pareciera que el que escribe ha adquirido la omnisciencia de su propia disposición y naturaleza. Acaso sea ya demasiado afirmar que el autoconocimiento es un problema visible desde cualquier lado que se le mire: es difícil no creer que la palabra apunta sólo a un escrutinio de sí, a un análisis de sus propios afectos y aversiones, a una definición dramática de la personalidad propia. ¿Un encuentro con los humores y la anatomía clásica? Hacer taxonomía de la pasión es imposible sin palabra e imaginación: para reconocerse en las elucubraciones propias no hace falta serenidad impersonal, sino ansia de descubrirse, de enunciar lo que pueda decirse verdaderamente. Quizá sin ese ímpetu pocas cosas puedan en verdad ser decepcionantes en cuanto a nosotros mismos se refiere: sólo veremos mediocridad por huir al éxito, vaguedad en el discurso, apoltronamiento.

Pero esta digresión no puede olvidar aquello de la interpretación. ¿Qué hay más dramático y difícil que las palabras cuidadosas? ¿Qué mayor atención que la presentación pública de algo problemático? La pregunta no puede ser confundida con la afirmación de que todo problema puede ser público, ni de que todo lo que se presente como problemático de manera pública tenga que serlo. La moral no es problemática sólo por lo que se deja ver en público; todo lo moral sería imposible si, a fin de cuentas, cualquier modo de ser fuera deseable. Vemos que a veces lo público es impenetrable, pero eso no implica que nosotros mismos dejemos de ser entes públicos. Aunque otros no vean justamente lo que somos, ¿qué haremos con nuestra propia mirada cuando busca orientación? Tal vez por eso las “doctrinas” nos emocionan tanto: encubren una pérdida recóndita de uno mismo.

 

Tacitus