¿Navi…dad?

Pensar en la cena, en el vino y los invitados, y especialmente en los invitados, también puede ser ocasión para renovar los rencores que se decían olvidados.

La cena se especia con las desconfiadas miradas, el vino se marida con amargas añoranzas y se bebe y avinagra mientras se habla de ánimos renovados, y de paz y amor, siempre que se deje a los otros olvidados.

Las reuniones navideñas, que hoy en día se celebran, forman comunidades, unen a los comunes y excluyen a los dispares, no difieren mucho de las redes sociales, donde se despotrica y maldice, pero sólo entre los iguales.

Cuando el centro de la cena era un pedacito de pan y no todo el fausto de hoy día el alma se nutría y lo que se formaba no era una comuna, era una hermandad. Pero el pan no llena a los estómagos siempre hambrientos, y menos a los tiranos que para los primeros trabajan atentos.

Añoro el pedacito de pan, tranformado en Cristo, porque eso de los rencores y los sinsabores de vivir en comunidad quedaba de lado, especialmente al ver en el otro al hermano y no sólo a un miembro de una sociedad.

Maigo.

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