Infamia

En un rincón del mundo ha nacido el redentor. Envuelto en un paño, y recostado sobre la paja de un pesebre, yace inmóvil ante los ojos atónitos de los que lo rodean. Todos, desde su madre hasta un pastorcito descalzo se han congregado allí para alabarlo y agradecer al Cielo de santos pintados que Dios ha cumplido su promesa. Ha enviado a nuestro salvador.

La noche más brillante del año se ha visto de pronto oscurecida por una sombra que la historia no recordará. Los congregados atónitos, se quedan petrificados ante tan horrenda situación. En menos de lo que sus padres o siquiera el burrito que lo calienta con su aliento pueden salir de su estupor, un hocico infame arrancó al Santo Niño de su lecho. No hay mucho que decir, sonaron crujidos por todo el recinto, los rostros petrificados de los asistentes no pudieron cambiar aunque hubiesen querido. Los gritos mudos se quedaron atorados en sus eternas gargantas, las lágrimas nunca salieron de sus ojos eternamente secos. Miraron con horror y sin poder parpadear, el destrozo total de la promesa que Dios había cumplido ya para con los hombres ahora insalvables.

Conde no tardó mucho en devorarlo como si fuera cualquier cosa (y si me lo preguntan, no sé por qué después no lo regurgitó, no tosió, no lo escupió, no lo vomitó ni se aclaró su garganta. Todo fue simple y sencillamente masticar su marmóreo cuerpecito y tragar, tragar y masticar, como el mismo Dios nos condenó hacer para sobrevivir en esta buena tierra). Como toda bestia, alegre y desentendido de la divinidad, con las orejas afiladas en alto y moviendo el rabo, se alejó jadeando a mear el confesionario.