Año Nuevo

Luces teatrales, incandescentes y cada vez más cercanas, iluminan el fondo a la mitad de la noche. Sufres una palpitación al percibir las luces de colores que se funden en una irradiación blanca. Recuerdas lo que hiciste en el día: cuando jugaste al principio, cuando entraste fatigado a casa y decidiste comer, y rumbo al atardecer te esmerabas por acabar tus tareas. Es el borde de la noche. La música festiva suena en bocinas desgastadas y el ritmo, a los oídos, se vuelve lento sin dejar de ser atractivo. Risas de niños y alegría de padres se reúnen ante cada vuelta. Ves caballos marrones, negros, blancos; cada uno con su silla adornada, con listones al costado de sus lomos, dispuestos a ser montados y empezar la carrera. Asumes que el reto para ganar no es sólo rebasar a los otros, sino controlar al caballo que crees indómito. Lo difícil es no perder la dirección y mantenerse en el carril. Escuchas a tu lado personas que te animan y confían que llegarás a la meta. Envalentonado escoges el tuyo, por el que despertó mayor seguridad, y lo esperas después de otro. El caballo sigue y sigue y sigue y sigue y sigue y sigue. Así dos vueltas. Tú observas con una sonrisa optimista.

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