Recuerdo de la luz

Recuerdo de la luz

La ignorancia tiene un vínculo sanguíneo con la displicencia. La displicencia en el intento por conocerse un poco elude el diálogo del alma consigo misma, para sustituirlo por algo mucho más cómodo, pero, en realidad, mucho menos placentero: los enunciados trillados. La mímesis es una actividad natural, tan natural que nadie nos enseña a hacerla: crecemos echando raíces a partir de las imitaciones simples. Uno puede hacer malabares fraudulentos con esa capacidad al darse licencias en lo que se dice uno para maquillar sus pensamientos. Pero no podemos olvidar que el animal racional puede imitar porque el deseo y la voluntad van cobrando visibilidad a través de la imitación misma. El nihilismo, por eso, no es sólo un dilema teórico, académico o moral: está en el modo en que nos encontramos viviendo y pensando, en el modo en que uno se halla en la nada, en el humo. Mejor es preguntarse ¿qué es la sabiduría? La interrogante no es un antídoto o una alternativa práctica universal, una guía de salvación, sino el único camino posible para allanar la dificultad de no desesperar por falta de vigor. ¿Eros o voluntad de poder? La voluntad de poder no requiere sabiduría, sino, quizás, clarividencia histórica a través del acto poético. Eros parecería inmoral siempre que no veamos que la sabiduría sería imposible si no estuviera posibilitada por la unión de deseo y razón.

La sabiduría teorética, decimos, sólo será posible una vez consumado el proyecto en el que la ciencia se halla inmersa; el problema es que, en algún sentido, esa afirmación requiere de cierta seguridad sobre la inevitable relación entre lo sabio y lo inacabado. ¿Quién posee la sabiduría de las tantas especialidades y avances? La diferencia entre saber teórico y práctico va hacia el mismo abismo: el saber no puede ser absoluto, o no sería saber. ¿Cómo entender la práctica de muerte si sólo pensáramos en la ansiedad de consumir un proyecto inacabable por definición? ¿Cómo pensar el diálogo con la historia bajo la imperiosa necesidad de abarcarlo todo? No alcanzo a notar si es coincidencia, pero es el mismo tratado aristotélico en el que la mímesis muestra la posibilidad de las artes reproductivas y en el que se revela el carácter filosófico de la poesía en relación con la historia. El animal con logos reproduce situaciones y arquetipos en las que el alma siente y piensa un fragmento unificado de la experiencia práctica, con todo lo que ella implica. ¿Será esa la fuente de la cercanía con la filosofía?

La maestría en reproducir no debe entenderse, como ha enseñado el platonismo de escuela, como oficio para la copia. Para que la poesía sea mímesis no sólo requiere de la evocación de una acción, sino de la situación bajo la que ella misma se da a pensar y sentir. Lo trágico no es, por ello, un sello de estructura dramática, sino un nombre que apela a la manera en que la acción trágica misma se revela para quien la intenta contemplar: lo trágico mismo es lo importante. ¿No había algo de saber trágico en el decir que sólo se aprende con el sufrimiento o el padecimiento, algo que, por supuesto, difícilmente podría compartirse con la férrea conciencia positivista de la historia humana? Algo se vislumbra sobre el todo sin ser absoluto, sin requerir de una visión multitudinaria de la cultura o la naturaleza entendida a partir del concepto de ley.

Sería fútil toda reflexión que soslayara el problema diciendo que puede haber distintas sabidurías o una sabiduría que se nutriera de lo que todos dicen saber. ¿No es necesario para indagar en la vida el preguntarse por la causa de los actos? Hay que correr a las muletillas para responder, pidiendo un poco de aire: la palabra naturaleza humana lo engloba todo. Pero ¿cómo hablar de naturaleza humana sin algo que se note como regular, como medianamente inteligible? Evidentemente, esta pregunta está lejos de definir al hombre a partir de una posible ley. Es falso aquello de que las ideas son lo cognoscible: la idea de Bien permite ver, mas no es vista. Nuestros propios actos, en ese sentido, no se explican si la razón no los examina, por supuesto. Sócrates mostraba que era una imbecilidad explicar cualquier acto a partir de las razones más evidentes, como la posibilidad de moverse porque los músculos se contraen o porque los huesos están en su lugar. Lo que hace a los actos y lo que contemplamos en ellos, lo que permite revelar nuestra ignorancia, es aquello que los gobierna: la inteligencia del deseo. Debería ser fácil notar que el objeto material que parecemos perseguir nunca es la razón última, porque nunca perseguimos la materia.

 

Tacitus

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