Vaga naturaleza

Vaga naturaleza

Vagar no siempre es un cese de la verdadera actividad. Eso supondría que uno puede manipular su propia alma para indicarle cómo dividir estrictamente el tiempo que uno usa. Usar el tiempo no es lo mismo que consumirlo: cada palabra tiene un matiz que la hace habitable, conversable, pensable. Usar el tiempo parece pedir de una maniobra con las horas como van presentándose, parece pedir de nosotros una especie de conocimiento del fin que va dando cabida a la diferencia en las horas subordinadas a nuestra inteligencia. ¿Puede el tiempo ser un medio? Consumirlo es acabarlo, y eso pide de una especie de orientación mínima en la que la actividad se realiza. En realidad acabamos el tiempo cuando no podemos continuar por alguna razón: no se acaba la posibilidad de reanudar una actividad, se agota nuestra capacidad de discurrir. En sentido estricto, cuando pensamos consumir el tiempo, quizá somos nosotros los que estamos acercándonos al término de algo. En todo caso, ¿no es vagar una actividad que requiere tiempo como otras?

Vagar no es andar bajo total ausencia de sentido. El vago quizá es ajeno a la resolución, pero no por ello evade la vida. Dirán que es ausencia de definición, pero no se puede vagar sin elocución mínima. ¿Será el desarraigo lo que preocupa de la vagancia? El drama se acentúa en ese caso a niveles vulgares: dirán que andar errante, moverse sin un objetivo es igual a estar perdido. ¿No podría ser cierto que a veces la claridad de un objetivo, la sensación de notar los límites de un cuadro evade la posibilidad de descubrir la imaginación de la geometría? Lo que muchas veces se concibe como tranquilidad euclideana no pasa de ser un chasco de pizarrón. Puede objetarse que no puede haber disciplina donde la vagancia es elemento de la vida. Pero también la disciplina busca soltura, orientación del hábito para notar que no nacemos libres. Si es cierto que no puede haber disciplina bajo el desorden, también es cierto que la capacidad para la vagancia en nada impide que podamos musitar el orden intelectual de lo que podemos aprender.

¿Hay algún centro determinado en la experiencia cotidiana además de lo que yace bajo las plantas de nuestros pies? ¿Cómo determinamos aquello que es pérdida de tiempo, sin pensar en una actividad específica que se preferible? El problema del diseño de calles es que buscan llegar rápido a donde sea, lo cual generalmente siempre se queda en el propósito, en el caso de las ciudades grandes y mal planeadas. La necesidad del camino, no obstante, fue lo que empezó con el diseño. Para el neófito, no hay mapa alguno; siempre necesita pregunta y confiar. Eso si le preocupa tener alguna certeza sobre a dónde habrá de llegar. Cuando no hay tal urgencia, ¿no sería cosa de que los pasos mismos nos vayan diciendo sobre la relación entre lo que queda atrás y lo que se avizora? Vaya que al menos podría esa ser una interesante medición personal de la distancia. Por ello, ser vago no es lo mismo que haber perdido todo sentido común. Lo mejor sería el sabor siempre fresco de buscar el misterio de la cartografía. ¿O me dirán que ese afán de tener una imagen certera dictada por una fémina con acento de la madre patria surge de lo seguro que tenemos el terreno que nos exige encontrarnos en él? La practicidad no era originalmente la fidelidad demostrada al seguir las instrucciones.

 

Tacitus

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