Que si tal señor no tiene autoridad moral para acusar a Fulano de que no sé qué; que si tal señora menos porque antes hizo no sé cuánto; que si este grupo o más bien aquél cree tener autoridad moral y por eso se vale que digan o hagan… etcétera. Tal logorrea, que últimamente fluye a caudales, haría pensar que en el fuero público es clarísimo lo que quiere decir la autoridad moral. ¿Lo es? Del uso hasta un niño entiende que debe de tratarse de alguna clase de permiso especial, como un documento que avala la facultad legal de uno para andar de criticón con todo mundo. «¿Quiere usted acusar a alguien más de una injusticia, una falta a la ley, un atropello a los derechos, o quizá un visaje que de algún nebuloso modo hiere sus muy particulares susceptibilidades? Pues mire, antes de que haga el ridículo, necesita ir a tramitar su autoridad moral, ahí en cualquier módulo de probidad del gobierno con el primer asesor competente que encuentre. Éste le leerá su currículo de conducta en escuela y trabajo, revisará sus redes sociales en busca de exabruptos o faltas a la noble sensibilidad de los siempre buenos, y le tomará una muestra de sangre». Pero si de eso se tratara y la credencial del club se sacara habiéndose conducido según tales o cuales estándares por encima (o por debajo) de lo criticable, estaría equiparándose la autoridad al báculo regente del poder censor y moralidad vendría a ser la fuerza de los timagogos ejercida sobre el pueblo acrítico. Pero la experiencia más básica con alguien al que le reconozcamos autoridad debe bastar para sospechar de este manoseo de las palabras.

El uso más viejo que encontré de la frase «autoridad moral» aparece en las lecciones Los problemas del socialismo que dio Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle en el Ateneo de Madrid en 1848. La usa en la última de 16 sesiones, epilogando los argumentos con los que proclama que ninguna organización política que se base en la defensa de algún interés puede resolver los principales problemas a los que se enfrentan las sociedades humanas. Fue ahí donde el académico dijo que la política interesada puede ser tan sólo de tres tipos: retrógrada, revolucionaria o ecléctica; que la primera «no comprende el pasado puesto que quiere volver a él», cosa imposible, y por eso «mal puede comprender lo presente»; que la segunda «quiere aniquilar el presente en nombre del progreso. Para adquirirlo todo nuevo, quiere quedarse sin nada»; y que la tercera «lo teme todo, fluctúa entre todos, de todos toma, de todos acepta, contra todos protesta, y de todos reniega. Proclama la tutela social, y sólo cuida de las formas políticas. Invoca la autoridad moral, y no organiza más que la fuerza física. Afecta preocuparse de la riqueza pública, y sólo atiende a la cobranza del impuesto. Se impone como un deber la protección de la industria, y empieza por encarecer todos los productos, cuando no por monopolizar las primeras materias. Hace alta y ostentosa profesión de fe, y no cree en nada»1. Al aparecer aquí opuesta a la fuerza física, queda la impresión de que la autoridad moral es otra clase de fuerza o de poder. Suena como la del poder del justo, que el injusto muchas veces falsifica con pantallas y fachadas espectaculares: organiza la fuerza física mientras invoca la autoridad moral. ¿Equivale esto a que neguemos al injusto la legitimidad de su crítica, incluso si está justamente expresada? Podría ser, si se sigue pensando la autoridad como potestad para deliberar exclusiva del que es superior. Pero con una idea así, ¿a qué orgulloso demócrata no se le revuelve el igualitario estómago?

Rodó, medio siglo después en su Ariel, parece pensar no en una contraposición, sino en complementariedad en el poder: presenta a la autoridad moral como la única fuerza capaz de evitar la degradación de la democracia. «Abandonada a sí misma, –sin la constante rectificación de una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación de la vida–, la democracia extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza»2. Ahora la idea parecería ser que la autoridad moral es una fuerza subordinada a la física, cuya función es la rectificación del poder. Una clase de amortiguador de la barbarie, un afinador para que el regidor rugidor practique su solfeo. Una dupla parecida había sido publicada antes, en 1853 a la pluma de Miguel Luis Amunátegui para descalificar a la dictadura: «Un gobierno que carece de autoridad moral y de fuerza material, no puede hacerse respetar» y a la de Juan Crisóstomo Falcón seis años después: «Para hoy la revolución [la Revolución de Marzo] tiene toda su fuerza material; yo creo traerle el complemento de su autoridad moral». No era fácil concluir que las líneas de Díaz Corbelle significarían que la fuerza física no puede ser moral; sin embargo, sí podría decirse de estos últimos tres ejemplos. En todo caso, ya que el poder es el de la conquista de quien tiene las armas más letales, el de la bota marcial que amenaza con la muerte al insubordinado (cuyas botas están más viejas y amoladas), se discute si además hay otra forma del poder de la que nazca el respeto. Una que, presumiblemente, cuide la dignidad. ¿Y ésa será autoridad entonces?

Aunque aquél de 1848 sea el uso más viejo que encontré de la frase, no es la idea más antigua; Mariano Roca de Togores dice: «Su brazo [el de Carlomagno], además, elevándose a más altas regiones, dividió y consolidó a la vez y para siempre el imperio y el sacerdocio; es decir, la autoridad civil, libre como el humano albedrío a quien sirve; y la autoridad moral, soberana como la Divinidad a quien adora»3, 4. Y yéndonos todavía más atrás, aunque no sea nombrada como «autoridad moral», el problema del reconocimiento de La Ley y su relación con las instituciones convencionales es probablemente tan antiguo como el habla. Ya podríamos discutirlo desde Mateo 22, 21: «Den a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios», o el inicio de Las Leyes de Platón: «¿A un dios o a los hombres, extranjeros, toman ustedes como causa de haber ordenado las leyes?». Es en la tradición de esa honda y perenne discusión que la idea de la autoridad moral aparece como si fuera una institución. Ésta que Carlomagno distinguió; o más bien aquélla, como reconocimiento público, el que Falcón se autoconfirió y que Amunátegui le negó a la dictadura del capitán O’Higgins5. Ambas tienen espacio para que imaginemos el uso farolero del ofuscado mexicano contemporáneo y «la crueldad del cristalino matadero que se nos ha vuelto la moral», con gran preocupación por administrar el derecho a la opinión. (Que haya espacio no quiere decir que no tenga uno que apretar la noción un poquito para que entre: parece ser consecuencia ya no natural, como los brotes de los árboles, sino más bien exagerada, como los brotes de viruela). En la Wikipedia, el artículo en español de Autoridad moral es una traducción directa de uno inglés sobre Moral high ground, expresión preferida por los angloparlantes en situaciones precisamente como las que pensábamos al principio, en las querellas sobre si se vale o no amonestar, aconsejar o criticar. La traducción viene de ahí, con todo y que en esa enciclopedia en inglés existe también el artículo sobre Moral authority6. La diferencia es curiosa: el primer artículo se refiere a la respetabilidad que ostenta una persona o institución cuando tiene reputación de conducirse según estándares «universalmente» reconocidos como justos o buenos. El segundo se refiere a la autoridad que ejerce una persona o institución por su reconocimiento de verdades fundamentales de la vida humana que se erigen independientemente de la ley escrita. Sólo en este segundo sentido se ejemplifica con un poder político: el de la iglesia, como fue ostentado (o detentado, según a quien se le pregunte), durante siglos anteriores en buena parte del mundo.

Presumiblemente todo descansa, pues, en que se reconozca el poder. Si el acuerdo público es que hay una regencia eterna que convive con una regencia mutable de costumbres, resulta una cosa. Otra, si este acuerdo aboga más bien por una base única de la autoridad en una avasalladora reputación aprobatoria, aunque relativa al momento social y dada a cambiar con el tiempo. Pero entonces ¿qué puede querer decir alguien como Pablo cuando escribe que «no hay autoridad sino desde Dios»?7. No puede haber ignorado que muchos que dominan por la fuerza son profanos. Si no muchas otras cosas (que seguro sí), por lo menos parece significar que no es lo mismo tener autoridad que blandir el poder. Los habría entonces, que podrán ser reyes de reyes y pastores de hombres, como Agamemnón, pero por más berrinche que hagan no tendrán más autoridad que la que confiere uno de nuestros millones de títulos universitarios (bien o mal habidos). San Agustín parece pensar que si algo es injusto, no puede ser ley, y Santo Tomás coincide, diciendo que las instituciones injustamente erigidas, si acaso tienen autoridad, es en la misma medida en que ésta es reconocida como tal, por su disposición para la perfección humana8. Juan Donoso Cortés llamó «autoridad religiosa» a la que por derivar de la verdad de Dios se distinguía de la civil, reconocida por convención, y observando la relación de ambas en un régimen es posible comprender mejor sus leyes. Aquí la autoridad se ocupa necesariamente del bien, y por ello no puede sino ser moral. Hay muchos, pues, que al escuchar la expresión «autoridad moral» preguntarían: «¿pues a poco hay de otras?».

Si la justicia no está en la fuerza del tirano ni en el dominio del emperador, cabe pensar que tal vez no sea la autoridad moral otro poder o una fuerza. Todos estos caminos quizá se desprendan de preguntarnos si renunciar al poder es digno o indigno del ser humano. La palabra autoridad está etimológicamente emparentada con el término aumentar (así como con muchos otros, por ejemplos: auge, augur, y augusto). Ambos vienen de augere, que es aumentar, promover, hacer crecer, prosperar o progresar9. Una idea verosímil es que el autor, según el pedigrí del término, sea quien puede hacer que otro crezca, que prospere, que se vuelva mejor. ¿Y puede lograr esto quien pretende dominar al otro? El maestro de a de veras, por ejemplo, tiene a su cuidado a los jóvenes y por su disciplina éstos se nutren de todo lo bueno que pueda darles. No los hace crecer por accidente, los lleva por el camino correcto. Lo que él dice merece ser escuchado: es autoridad. Igualmente los padres, que son autoridad para los hijos. Y si queremos complacernos todavía más imaginando estas cosas tan satisfactorias, los buenos amigos constantemente se alimentan del consejo. Se diría con propiedad que una persona, institución o incluso gobierno, tiene autoridad por su capacidad para fomentar la convivencia, cuidar el bien común, hacer verdadera política. Autoridad moral será el ejemplo digno de emular. Muy lejos de la cédula del comité cuentapecados. En sus raíces, entonces, tiene sentido pensar que hay bien en la autoridad, que se le practica con justicia, que no se confiere por reconocimiento como las medallas de los caballeros de la orden británica, sino más bien al revés: el que ve bien es capaz de reconocerla allí donde está (y el miope está amolado). Esto no quiere decir que el uso haya sido muy apegado a esto en el pasado. El ejercicio del poder lleva fácilmente a la voz que nombra autoridad al que ha sido públicamente reconocido, capacitado, potestado, o facultado para hacer algo que la mayoría no. Así también desde Roma se presentó la ambigüedad con la auctoritas patrum en el senado, que recuerda a la autoridad del padre pero ejerce el poder como potestad del cargo público; y en griego exousía10 podía querer decir autoridad, poder, ministerio o también el adjetivo desposeído, desheredado. Primero, pensaría uno, aunque no nos haga mejores, vemos que Mengano es el mejor o el único calificado: es autoridad en la construcción de trirremes y fragatas, o en el aprecio numismático, o en la decodificación del dialecto abogadil; pero segundo, pasa más bien que su compadre lo puso en ese cargo y ya. Quien trate de hacer lo que sólo a él le corresponde, lo hará ilegítimamente y más le vale persignarse. Y esto ha sido desde que el español es español, como cuando Vicente Fernández –no el cantante tapatío, sino un escribano en 1356–, registró que si él registra lo que registra, es porque tiene permiso expreso para registrarlo: «por la licencia y autoridad que el alcalde me dio»11. Esto acaba por provocar cierto gusto por el poder del alcalde y de todos los de su estirpe, cierta soberbia que no hincha nomás al que agita la batuta, sino a los que le siguen la corriente. La envidia hace perfecto maridaje con el deseo de tener más poder que el que se tiene. Sin la guía de la autoridad, el deseo se desboca. Deseable es que si un potentado vanidoso no nos va a ayudar a crecer, por lo menos que no nos friegue; pero la experiencia de la vida política defrauda esa esperanza: en todas partes y en todos tiempos ha sido riguroso y esforzado el intento de impedir que el poder termine por despertar los apetitos más voraces. Al final, la autoridad termina de cabeza: Calígula fue César. Y si un Nerón latinoamericano o un Rey Sol huasteco tiene o es autoridad moral, lo demostrará antes en el bienestar, en el justo aprecio a la ley, en el cuidado por la razón, que en la censura de la opinión y el envenenamiento del discurso. Triste caso para todos, entonces, en el que acaban siendo los enemigos del bien común quienes expiden las dichas licencias y sancionan las dichas homilías, por las que el público criba quiénes sí, por ungidos, y quiénes no, por manchados, tienen permiso de acceder a la vida moral.


1 El texto está en Obras de Nicomedes-Pastor Díaz, tomo IV, RAE, Madrid, 1867. Disponible en línea aquí: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obras-de-don-nicomedes-pastor-diaz-de-la-real-academia-espanola-tomo-iv–0/html/fefe29fa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#1.

El documento es de interés. Después de lo citado, Díaz Corbelle galopa a su conclusión entusiasmado: «La armonía entre la propiedad y el trabajo, entre el capital y la ganancia, entre la producción y el consumo, entre la acumulación y la repartición, entre la pobreza y la miseria, entre las clases opulentas y las necesitadas, entre las necesidades físicas y las aspiraciones ideales, entre la conservación y el progreso, entre el dolor de la humanidad y los placeres de la vida, entre la necesidad del trabajo y la esperanza del reposo, entre la abnegación del deber y el desarrollo de la pasión, entre las sugestiones de la utilidad y los sentimientos del corazón; no, Señores, no –lo repetiré por la vez milésima–, no la encontraréis, ni en el interés de los ricos, ni en el interés de los pobres, ni en el interés de todos, ni en el interés de nadie. […] Esta armonía, Señores, tiene que ser un sentimiento moral. Esta armonía tiene que ser más que una autoridad, y más que una doctrina, más que un sistema, más que una teoría. El principio de ésta armonía tiene que imponerse más que al entendimiento; tiene que dominar al corazón, y avasallar la conciencia: tiene que poner freno a los intereses, y hacer callar la voz de las pasiones».

2 José Enrique Rodó, Ariel, 1900. En el punto sobre el desinterés hay concordia con Díaz Corbelle. Después de lo citado sigue: «La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda noble supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la igualdad social, que ha destruido las jerarquías imperativas e infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación racional».

3 La dictadura de O’Higgins, 1853; Proclama de Palmasola, 1859; Discurso de contestación a Ramón de Campoamor en su recepción ante la RAE, 1862.

4 Hice estas búsquedas con la herramienta de la Real Academia Española: Banco de datos (CORDE), Corpus diacrónico del español, consultable en línea aquí: http://www.rae.es.

5 Si uno busca «autoridad religiosa» en el CORDE, da primero con dos ejemplos de 1657, en la Crónica agustina de Bernardo de Torres. El segundo de éstos hace el siguiente contraste: «Dos años, y tres meses avía governado la Provincia Nuestro Padre Maestro Fr. Gonçalo Díaz Pineyro, con buena paz y observancia, pero no sin quexas de muchos, que juzgavan su govierno por absoluto […], les obligó con escabroso estilo a que eligiessen de nuevo al que su Paternidad desseava, con que parecía que el govierno paternal se avía convertido en dominación señoril, y la autoridad religiosa en magestad profana». Después, la tercera aparición de la frase registrada es hasta el año 1836, en las Lecciones de derecho político de Juan Donoso Cortés, que dice que «la autoridad de los herederos de San Pedro fue tutelar y legítima, porque, siendo la autoridad necesaria, sólo su autoridad era posible. A su sombra creció la autoridad de los príncipes; la autoridad civil nació del seno de la autoridad religiosa. La misión de ésta había sido constituir la sociedad; no contenta con su alta misión, quiso traspasar sus límites: proclamó el dogma absurdamente impío de la soberanía de derecho de los reyes, encadenó el entendimiento, aniquiló la ley del individuo y sofocó la libertad humana». De nuevo, el contraste se manifiesta.

6 https://es.wikipedia.org/wiki/Autoridad_moral;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_high_ground;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_authority.

7 Romanos, 13:1.

8 San Agustín, El libre albedrío, Libro 1, V, §11; Santo Tomás, Suma teológica, II-I, Cuestiones 95 y 96.

9 Según se encuentra en: http://etimologias.dechile.net/?autoridad

10 Es ésta la palabra usada en el pasaje citado de Romanos.

11 Modernicé el español original. Anónimo, Traslado de varios privilegios y franquicias concedidos por Alfonso X, según se encuentra también en el CORDE. El texto original dice: «E, porque yo Vicente Fernández, escrivano público sobredicho, fue presente ante el dicho alcalde e vi e leý los dichos previleios de los dichos reys, donde esto que dicho es fue sacado, e por la licencia e autoridad que el dicho alcalde me dio, registré los dichos previleios en mi registro e por ende fizlos escrivir, que van escritos en diez fojas de este quaderno e en fin de cada foja es escrito mío nombre, e fiz aquí este mío signo atal en testimonio de verdad e só testigo».

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