Don Paco, historiador y administrador

Poner el gobierno al servicio del pueblo es una de las máximas de la cuarta transformación. Tal cosa puede verse en los cambios emprendidos últimamente. El nuevo gobierno intenta ser más cercano y deshelar las barreras tecnocráticas. Combatir la maquinación neoliberal con la justicia sincera y cálida. Un símbolo de esta lucha puede verse en las trincheras menos imaginadas: el Fondo de Cultura Económica. Paco I. Taibo II, su director a cargo, la representa perfectamente. A diferencia del sexenio anterior, donde hubo un funcionario escasamente público y asociado al salinismo, ahora el director en turno goza de una popularidad inmensa. Tiene ovaciones y muestras de respeto en la misma aldea donde el salinismo es el mito nuevo de la Caída. Asimismo su promoción cultural es celebrada. Recuerdo un tuit donde una usuaria lo defendía aduciendo que era un luchador social y un promotor comprometido con la difusión cultural. Un historiador que escribe para el pueblo, viste como si fuera del pueblo y habla como si fuera del pueblo. Frente a eso, en cualquier comparación, sale perdiendo el banquero disfrazado de letrado.

Bajo estas expectativas, la Estrategia Nacional de Lectura enciende. No sólo por la aceptación popular que tiene la lectura, sino por la persona que la encabeza. Su trabajo en Para Leer en Libertad entusiasma por todo lo que han hecho: bibliotecas remotas abastecidas, ferias de libro puestas en las aceras, libros obsequiados por el triunfo de la izquierda. En contraste con las simulaciones en administración de cultura, la brigada toma por asalto las calles y a los ciudadanos de a pie. Ponen manos a la obra cuando otros delinean estrategias que avanzan tan lento que ni terminan por concretarse. Sus primeras medidas como director de la FCE van por el mismo rumbo: poner en marcha los librobuses, rebajar los precios de varios libros y fusionar el Fondo con el Educal y la DGP (decisión criticada por Zaid).

La Estrategia Nacional de Lectura enciende, mas no promete. Está basada en la política de grandes masas y se sostiene por un prejuicio: la lectura es buena y es deseable por todos. Si no hay muchos lectores, ha sido por las condiciones materiales e ineficiencias en la educación. Sostiene el señor Taibo que las editoriales han abusado en sus precios y eso ha vuelto inaccesibles los libros. El mexicano no es leído por el mundo capitalista y los salarios bajos. Desafortunadamente la realidad es más cruda. Hay muchos mexicanos que no tienen dinero para comprar los libros que pudiera, sin embargo hay más a los que no les interesa. Cada año aumentan los precios en cines, desde entradas hasta botanas, y el volumen de clientes no parece disminuir drásticamente. Gran parte de los visitantes en las librerías de viejo son compradores que, con facilidad o penurias, son capaces de adquirir en las grandes cadenas. Aquellos que no mantienen como prioridad la lectura, que no buscan para conseguirla, no son lectores en potencia. Venderles ejemplares más baratos atiborra su casa, no asegura lectores habituales. La motivación y curiosidad son más complejos que un ajuste entre venta y salario.

En una de las entrevistas, el señor Taibo mencionó haber negociado con 20 o 30 escritores para que accedan bajar sus precios. Afirmó que les conviene: menor precio, mayor atractivo; mayor atractivo, mayores ventas; mayores ventas, mayor ganancia. (Ecuación cultural.) Deja pensando qué sucede si un escritor no accede: ¿no sería publicado por el Fondo? ¿Qué pasa si es un autor asiduo o perteneciente a una colección? También preocupa cuál sería la relación con otras editoriales para las coediciones. En un mercado difícil, ellas tienen su derecho a velar por sus intereses. Muchas sobreviven al ser absorbidas por grandes casas editoriales. Si una de ellas no le conviene el trato, ¿el FCE aplicaría el principio de respeto entre todos los individuos (físicos o morales) y la negociación se cerraría? ¿O se la comerían doblada?

Principalmente estas preguntas causan intriga debido al temple del director. Sus muestras pasadas como bravucón deben complicar el manejo de una empresa cultural y sus relaciones de negocio. Sobre todo si sus planes de venta y distribución parecen estar basadas en la cruzada moral llamada Cuarta Transformación. Quienes no cooperen podrían ser vistos como mezquinos y anti-nacionalistas por no contribuir al progreso nacional. Hacer al FCE una empresa rentable con una oferta atractiva, junto con una reedición que la revitalice, aseguraría su continuidad y servicio a futuras generaciones. Le daría más libertad y autonomía frente al Estado. Subestimar al Fondo no es tan diferente al desinterés que tienen los tecnócratas por él.

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