Descuido

Por fin había sucedido. Los apóstoles del fin, fueron los más alegres el día en que la raza humana se extinguió. Los predicadores del sobrecalentamiento global estaban un tanto decepcionados, ya que su quiniela no había resultado ganadora. Aunque en parte tuvieron razón, La Madre Naturaleza sabia y despiadada, a final de cuentas terminó con esta plaga llamada humanidad. Un virus mortal, un montón de terremotos y erupciones volcánicas todas desatadas al mismo tiempo, habían logrado el objetivo de erradicarnos. La Tierra se preparaba para su regeneración, la biodegradación de millones de años destruiría toda la basura y contaminantes con las que el hombre la había maltratado tanto tiempo, y una nueva esperanza de vida se vislumbraba lejanísima en el horizonte.

Es una pena, que la victoria no le hubiera durado tanto, su gusto y esperanza de engendrar nuevas criaturas y de matarlas como solo ella sabe hacer, se vio oscurecida a los diez días después de la extinción de la raza humana. Era la madrugada en algún lugar del planeta, cuando todas las alarmas nucleares de todas la ciudades ahora desiertas comenzaron a sonar, advirtiendo una inminente catástrofe nuclear. La Madre Naturaleza tan sabia y tan sorda, nunca se enteró de lo que sucedía. Era una pena que la Madre Tierra se hubiera empeñado más en destruirnos que en aprender nuestros lenguajes, de esa manera, tal vez se hubiera enterado que no le quedaba mucho tiempo de vida. O tal vez, de algún modo, hubiera podido darle mantenimiento a todas las plantas nucleares y a todas las armerías del mundo durante millones de años, en lo que lograba su cometido. En fin, las alarmas fueron tan ruidosas y constantes, que ahogaron los lamentos del planeta que explotaba en un estruendoso juego de pirotecnia que jamás fue escuchado en ningún lugar del vasto cosmos que la rodeaba. Parece que, a final de cuentas, el ser humano en su último y más ambicioso acto de cólera, logró cobrar venganza a su asesina.