El pueblo sumergido

Se dice que en Xilpatlilco las lágrimas no se ven. El 9 de agosto de 1966, Xilpatlilco de San Onofre fue voluntariamente inundado. Tal vez no deba tomarse eso con literalidad. La voluntad no fue la de los lugareños, ni precisamente de los causantes, tampoco. Es más, hasta podría decirse que al pueblo se lo chupó el agua por casualidad, por mala suerte, como «daño colateral», o algo así. Éste fue un típico pueblo mexicano, alguna vez cuna de un estilo de mariachi muy percusivo sin metales, y del mixiote más rico en 20 kilómetros a la redonda. Más famosa que por todo eso debía haberlo sido por la extraordinaria indiferencia de su gente para cuidarse de los acontecimientos circundantes; y hablando de fama, ahora la ganaría por sus adornos de algas y sargazos si hubiera quien corriera el rumor. No hay. Una guerra politiquera cundía desde entonces: una de ésas que mata de hambre al ya de por sí famélico estado desde hace más de 50 años y que produce discursos esperanzadores como producen lama los tinacos. Se batían dos grupos de profesionales de la rapiña cuyos nombres hoy ya no sirven ni para calles del despoblado. Reñían que por si «la planta» se cerraba o no, que si «el programa Fuerza Social» entraba en vigor en serio o se moría de anemia, que si la gente del sindicato movía más o mucho más…, etcétera; la cosa es que varias jugadas de hábil administración convencieron de cambiar pueblo por presa a un funcionario que en ese instante tenía en sus manos la posibilidad de hacerlo, y así fue como se firmó la institucionalizada inundación para Xilpatlilco de San Onofre con miras a una presa que, abandonada más tarde, ahora no es sino un lago. Malo fue que nadie les avisó cuando pasó.

Lo sorprendente en realidad no es la falta burocrática cuyos vericuetos soporíferos dejaron a los habitantes desinformados del torrente que venía, sino la calma con la que los xilpatlilquenses se lo tomaron cuando empezaron a caer los manguerazos. Habrían podido avisarles que ya había subido la tarifa del transporte público y se habrían preocupado lo mismo. Un día vivían entre el trabajo y las fiestas de los santos, al siguiente ya estaban tapados por litros sobre litros de agua. Casi sesenta años después, durante una transferencia rutinaria de archivos de un formato a otro nuevo (para que el nuevo programa pudiera leerlos antes de que llegara el programa más nuevo) el licenciado Fósforo Rincón se encontró el acta de todo el procedimiento. Él era un funcionario típico mexicano, y como es muy típico, tenía una que otra sorpresa escondida. ¡Qué suerte! Resultaba que además de licenciado, Fósforo era un buzo aficionado bastante capaz. ¡Qué curiosidad! ¿Estaría todavía la iglesia al centro del pueblo? ¿Se notarían las calles trazadas con sus nombres en las esquinas de los edificios? ¿Habría signos de los niños que jugaron en el parque, con bancos de peces paseándose entre los columpios oxidados, anguilas deslizándose donde alguna vez se jugó futbol y mantarrayas bajando y subiendo en torno a los subeibajas? ¡Qué ambición! Si su expedición salía bien (por supuesto que ya estaba planeando la expedición), podría salir de ahí con cualquier cantidad de tesoros y baratijas que de todos modos ya no estarían usando los xilpatlilquenses más que para hacer bulto entre las corrientes.

En tan poco tiempo que no hubo ni para sacar la cuenta, lámpara a la frente, aletas a los pies, tanque lleno con oxígeno, Fósforo estaba puesto ya para hundirse en el pueblo al fondo del lago. El clavado tronó como latigazo en la lluvia. La señora Caraspina fue la primera en ahogarse del puro susto. Le siguieron los hermanos Abadejo y luego un pastor borracho al que le decían «El Tobo». Pudo haber sido peor. Y es que cualquiera se espantaría a morir si de pronto viera deslizarse suavemente por los aires a un buzo, con todo y las burbujas enfrente de los gogles, pataleando hacia uno cuando uno no está haciendo más que estar como se ha estado toda la vida, ocupado de sus propios asuntos. Pobres: apenas se daban cuenta de que habían estado viviendo bajo el agua, terminaba con ellos la urgencia por llenarse la boca de aire. El funcionario no daba crédito a lo que había hallado, pero no empezaba todavía a entenderlo cuando, muy a tiempo, se dio cuenta el alcalde de Xilpatlilco de San Onofre, don Memo, de lo que pasaba (su nombre completo era Nicanor Amnemo de Jesús Torres Gálvez). Ya había sido más que bastante de tragedia. Don Memo invitó al licenciado a una cena en su casa, a una cuadra de la iglesia y éste, educado en lubricología de influencias por sus años de servicio al gobierno (ora de unos, ora de otros), aceptó de inmediato. Al día siguiente fueron los funerales, y se dijo que una plaga había enfermado a los ahora difuntos. Se les lloró como se debe y no se indagó más. Y ahí todavía descansan hoy los cuerpos de Caraspina, los hermanos Abadejo, el Tobo, y el nunca suficientemente ducho Fósforo Rincón.

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